Se conoce la opresión en el pecho, la piedra que se va formando como una perla a medida que se depositan los golpes; la estrella que empuja ahí adentro y gira y desgarra, que convoca a las lágrimas aunque finalmente no aparezcan. Después va bajando y se acomoda en la panza: un dolor respecto del cual es imposible confundirse, una náusea honda y desesperada. Por último sube hasta la boca del estómago y es ahí donde queda alojada la tristeza, el más auténtico de los sentimientos humanos.
Como tantas otras cosas, no es siempre igual a sí misma. Hay ataques, bruscos resurgimientos que la ubican nuevamente en el pecho, por ejemplo, o la hacen despertar violentamente en la garganta, y otra vez la expansión que llega hasta el fondo de los ojos. Entonces se llama angustia. O vuelve a bajar y aparece de improviso el malestar orgánico, el revoltijo de tripas y azares y memoria, y recibe el nombre de desesperación. O se apodera de brazos y piernas y los exprime hasta dejarlos con apenas la fuerza para moverse débilmente, y entonces es desaliento.
Es posible, como se ve, trazar una especie de anatomía. Pero el sustrato, el fondo permanente, es eso, la tristeza lisa y llana, una especie de llanto incesante y silencioso, una cosa que está más allá de cualquier artificio o autoengaño o elaboración racional.
Se puede atribuir casi cualquier otro sentimiento a cierto tipo de confusión. Se puede dudar del amor, del odio, e incluso confundirlos entre sí; la alegría es fácilmente soluble en un cuarto de vaso de lógica. Qué decir de la ira, en apariencia indubitable pero a veces pasajera y frecuentemente confusa en cuanto a su objeto: uno suele preguntarse si está furioso con otro, con los otros o con uno mismo. La lealtad, el respeto, el apego, la confianza y todas las otras cosas que, unidas en haz, conforman lo que llamamos amistad son relativas si se las toma por separado. Esto es otra cosa.
Uno está triste. Es imposible dudar de la tristeza.
Hay, sí, algunos sentimientos que podríamos llamar subsidiarios, que se prestan a la deconstrucción y a la reconstrucción, que se montan sobre arena o son meros reflejos de perfil. La melancolía, por ejemplo, esa especie de tristeza literaria, casi siempre autoimpuesta, surgida a propósito de una escena que va tomando forma de resolución. Uno se sienta a tomar un café y mira por la ventana del bar y decide ver el mundo con ese prisma, en última instancia inofensivo. La nostalgia también es como una derivación, más auténtica, más arraigada en la realidad (ya que no hay nada más real que el pasado), pero aun así mayormente engañosa.
¿De dónde puede surgir la tristeza? Es mejor no pensar en eso. Porque hacerlo lleva a una comprobación aterradora: puede venir en cualquier momento y de cualquier parte. El mundo es un campo minado y si algo es seguro, tanto como la muerte y los impuestos, es que en algún momento vamos a caer en ella. Son tantos los lugares de donde puede provenir que resulta imposible protegerse.
La muerte de un ser querido. La frustración. El fracaso. Un amor no correspondido. Un amor que se va destiñendo. Un accidente. La pérdida del contacto con la persona a la que uno se volvió adicto. La prolongación dolorosa del contacto con la persona a la que uno se volvió adicto. Una puerta que se cierra. Las arrugas. El desprecio de un hijo o un hermano. La soledad. El estancamiento. La sensación de ser incomprendido. Todo eso puede dispararla.
¿Cómo deshacerse de ella? Créanme que me gustaría saber. Hay algunas recetas (divertirse, distraerse, enfocar la mente en otras cosas) pero suenan absurdas cuando la tristeza ya está viajando de víscera a víscera. Porque muchas veces uno no quiere librarse de ella. Paradójicamente, es un remanso, un refugio doloroso. Entonces uno quiere que la tristeza lo cubra y lo bañe y lo aloje y quedarse ahí. Para siempre, o hasta que alguna otra cosa tenga sentido.
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