
Alfonsín fue el portador de toda la alegría que yo podía sentir en el terreno de la política; las decisiones que tomó después, difíciles, cuestionables, empañaron el entusiasmo inicial hasta que tuve que lamentar su caída temprana. Pero nunca dejé de admirar a ese hombre que, torpe a veces, equivocado otras, terco las más, nunca descendió al abismo de la mediocridad en que muchos de nuestros representantes pasaron toda su carrera.
Raúl Alfonsín murió entre las ruinas del partido que renovó, pero murió también tras un cuarto de siglo de democracia, una democracia que no se tambalea a pesar de todos los graves problemas que la aquejan. Hoy, que lo perdimos, es bueno pensar hasta qué punto todo podría haber sido diferente si él no hubiera sido el que fue.

La muerte de Raúl Alfonsín en los medios
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en cinco pataletas
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