Hace varias semanas que me vienen preguntando por la suerte que corrió La bonaerense, el blog de Agostina Di Stefano, a quien entrevisté hace unos meses. No he logrado que la propia Agostina me confirmara la versión de que una denuncia de una docente hizo que las autoridades educativas de la provincia de Buenos Aires la obligaran a cerrar ese espacio en la Web.
Pero ahora, si bien sin detalles, la propia Di Stefano confirmó públicamente esa versión al responder a una consulta en Twitter.
Entonces sí: a Agostina la denunciaron y tuvo que cerrar el blog. Es así nomás.
ACTUALIZACIÓN: También hablan de esto en Aventuras y desventuras de un docente bonaerense, La desmadeja, Sudacaland y El mundo de los docentes.
Por primera vez en sus seis años de vida, There's a place tiene el orgullo de presentar a un blogger invitado. O a una blogger, en este caso. Trotamundos es el seudónimo de una joven escritora argentina a la que hace tiempo quería tener por acá: soy fan de sus textos frecuentemente cargados de humor o de melancolía y siempre, como podrán apreciar aquí mismo, de delicada belleza. Pueden leer más material suyo en Muppets de balcón, el blog que mantiene junto a La Mujer Imperfecta.

Como en A tale of two cities, una parte de mi vida sucedió entre dos ciudades (y entre dos hemisferios, dos idiomas, dos cosmovisiones. Más bien dos universos paralelos, diría yo). Y no sé si habrá sido eso lo que me provocó un estar siempre en tránsito, yendo hacia alguna parte y necesitar sentarme siempre cerca de una puerta o elegir el pasillo en los aviones o micros.
Hay gente que lo hace de fóbica controladora, pero en mi caso es de puro vicio, por una necesidad de vivir siempre en posición de largada, irme lo más rápido posible, lo más lejos que alcance, en el instante en que yo quiera y sin que nada me obstruya el camino.
Es una mezcla de impulso de escapar, mezclado con un tic de estar siempre, siempre en alguna otra parte.
El otro día leía en un libro que en las bibliotecas no importa quién, ni cómo, ni cuándo. Que en las bibliotecas sólo importa dónde.
Lo mismo pasa con los celulares, recordé mientras leía y cuando estaba por subrayar la frase me sonó un mensajito: dónde estás.
Algo bastante difícil de determinar en mi caso si se tiene en cuenta que nunca estoy, que siempre me estoy yendo.
Apreté unos botones, ensayé frases confusas, esquivas. No fue a propósito. A veces, de verdad, quedo atrapada en el medio de mis dos universos (casi siempre vienen de dos las cosas que me suceden). Y esa nube, ese aeropuerto mental en el que estoy casi todo el tiempo, es posible que sea lo que me hace entender las cosas por la mitad.
Creo que la manía de estar siempre cerca de las puertas empezó una noche en que me perdí en la oscuridad de mi habitación. Era chica, estaba oscuro y necesitaría ir a despertar a alguien; pero cada vez que abría una puerta para salir, resultaba que siempre era la del placard. Tampoco encontraba la llave de luz, no podía distinguir nada en mi desesperación. Y no era un sueño donde entonces todo al final se resolvía pasando a otro plano de la realidad, caminar por la pared hasta la ventana y atravesar los edificios como un fantasma. Me tuve que quedar así, ahí, en ese hueco de alfombra donde finalmente me quedé cuando el cansancio venció al sonambulismo.
Pero es raro. Lo del vicio de escapar. A veces es un alerta demasiado temprano, otras es jugar con fuego y hacer un escape bien hollywoodense, saltar terrazas como Jackie Chan, romperme todos los huesos en la hazaña, pero goao, qué salto mortal.
A veces es un acto de magia. Otras, los escapes son silenciosos, imperceptibles. Casi como si no me estuviera escapando en realidad, casi como quedarme de más en un lugar equivocado, como un animal que cree que su mejor defensa es camuflarse en otra cosa que tenga a mano, una rama seca o pantalones de combate.
Alguien que pasó una guerra siempre queda como perdido. Y cualquier susurro se convierte en un estruendo de bombas amenazantes, sin escalas entre una cosa y la otra.
A mi tía abuela le pasaba eso, en especial cuando escuchaba el motor de un avión. Me llevaba a la plaza y comíamos maní (de esos que hay que pelar). Cada tanto se escuchaban unas turbinas y yo saludaba el cielo porque para mí los aviones siempre traían regalos y juguetes.
Ella, en cambio, disimulada, enderezaba la espalda, me agarraba la mano y la bolsa de maní por si después no teníamos qué comer.
El avión pasaba, mi tía abuela volvía a sonreír, me decía palabras cariñosas en su idioma. También solía repetir mucho "Dios me libre y me guarde", y yo entendí así, que quería decir eso: que me libre si necesito escapar, que me guarde si me tengo que esconder.
Y tal vez también lo saqué de ahí. No sé.
Pero más allá del origen, lo que me quedó claro en el último tiempo es que mi impulso de escapar no está muy refinado. Tal vez las formas, sí (aunque depende, ninguna es demasiado elegante). En general creo que se trata de un vicio mal canalizado y bastante fallido. Porque a veces me pueden sonar un gong entre las orejas y no me voy a mover ni un milímetro de donde creo que tengo que estar y otras alcanza con una sola letra, con leer mal una sola letra de un mensajito de texto para que suenen las sirenas a los refugios, a los refugios.
A veces, tal vez, se trata de quedarse. De esperar diez segundos más, respirar hondo y olvidarse de los planes de evacuación, de puertas, ventanas (reales, virtuales), picaportes, pasaportes, estar en tránsito, quedar en trance.
En las bibliotecas todo lo que hay es un dónde, decía en el libro.
Dónde es un comienzo, capaz. Como un hola en el celular.
Releí el mensajito. Traté de concentrarme en lo que verdaderamente decía, no pensé en Matrix, en cuando Morpheus le dice Tank, I need an exit y que los celulares permiten un estado de limbo constante y que vivo en un limbo constante de nubes de densidad variable por donde vuelan los aviones que asustaban a mi tía abuela.
Algunos libros necesitan a gritos de un tercer acto que los defina hacia alguna parte. Quedarse en algún lugar para que se desarrolle ese tercer acto.
A veces, aunque ningún lugar sea un espacio verdaderamente seguro, a veces tiene que existir un dónde.
No de otra manera elijo contarles que, esta vez, mi participación en el concurso de cuento "La Revelación", en España, sólo me permitió alzarme con el quinto puesto. El premio monetario que me toca es más bien simbólico (cien euros), pero de todas maneras el cuento con el que participé, H, será publicado en la antología resultante, que a todas luces tendrá la gran calidad de las anteriores, o sea que da para estar contento.
A los que no lo sabían les cuento que el "esta vez" tiene que ver con que hace dos años me fue bastante mejor en el mismo certamen. Esa vez pude cambiar la compu. Ahora pensaba darme una vueltita por Grecia; no podrá ser. A lo sumo, por General Belgrano.
Bromas aparte, lo que realmente más disfruté de todo el asunto fue la tarea de escribir H. Más allá del resultado final, realmente lo pasé muy bien durante las semanas que le dediqué al cuento. Ah, the joy of writing.
Omar Genovese linkea a una nota de Patricio Pron en la revista cultural Etiqueta Negra (PDF) y en su blog estalla el debate. No hace falta, creo, que les presente a los protagonistas de esa nota ni que les hable de los motivos de tanto encono cruzado: se trata, una vez más, de los nuevos, de la Joven Guardia, de la Nueva Narrativa Argentina de la que ya nos ocupáramos acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá y acá.
ACTUALIZACIÓN: Inés Pereira suma a la discusión un post en Nación Apache con el que no estoy muy de acuerdo (y nos peleamos un poquito).
Tenemos la convicción que nos une el amor por nuestra Argentina y como parte de una nueva generación debemos asumir el compromiso de ser protagonistas de la vida política e institucional de nuestra patria. Necesitamos nuevos líderes que lleven adelante un proyecto de país que consolide y garantice gobernabilidad y rescate los valores fundacionales de nuestra nación, la ética, la solidaridad y el compromiso colectivo.
El párrafo transcripto arriba aparece en un spam político enviado por Guillermo Justo Chaves, en el que me invita (seguramente también a otros miles de personas, claro) a sumarme al "Proyecto Generación Bicentenario", un movimiento que busca nuevas ideas y liderazgos sin "tropezar con ideas y personajes del pasado al cual nadie quiere volver".
Esto no quiere decir que nuestros próceres hayan sido poco éticos y solidarios, por supuesto. Lo que digo es que mal puede decirse que hayan sido estos valores los que fundaron el país. No lo fueron, y el parrafito de Chaves sólo viene a demostrar que la generación del Bicentenario es tan propensa a adaptar los discursos a la altisonancia del momento como todas las anteriores.
No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos, y nuestros próceres de antaño lo hicieron, vaya si lo hicieron. Con su discurso blanquecino y fragante, no parece que Guillermo Justo Chaves esté dispuesto a lidiar con el inevitable enchastre. La única manera que tiene de romper los huevos, parece, es enviar spam.
Nuevo ejercicio en el taller online. ¡A ver quién se inspira y me sorprende!
zaba a algunos que durante la represión del otro terrorismo, el de las bandas subversivas, se hubiera movilizado, como abogado y político, en defensa de los derechos de quienes pedían protección. Prestó ese concurso de manera resuelta, mientras el fanatismo de los detractores se expresaba con encono en periódicos subalternos, subvencionados no pocas veces por organismos del Estado."
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en cinco pataletas
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