Estimados y estimadas, en este humilde acto les presento mi primer libro. O, más bien, el primer libro que es todo todito mío (ya que, como bien saben, he publicado algunas cosas en antologías, aquí y en España). Aunque debería decir: mío y de Pablo Picyk, el ilustrador.
Rodrigo y el libro sin final es el texto ganador del Premio Sigmar 2010 de literatura infantil y juvenil, y lo escribió un servidor. Estará próximamente en las mejores librerías (y en las otras también) y, si todo va bien, hará las delicias (?) de niños y niñas a lo largo y a lo ancho de la República Argentina.
Jamás pensé que mi primer libro fuera a ser una historia para chicos. Pero los caminos de la vida y de la literatura son extraños.
Con todo el cariño que me tiene (y un poco de violencia, para qué lo vamos a negar), la amiga Verónica Sukaczer cuenta un poquito de la “cocina” de este cuento en un emotivo y divertido post en su blog.
Ah, ¿quieren saber de qué se trata? Esto es lo que dice el pirulito de contratapa:
A Rodrigo le encantan los libros de aventuras. Para poder leer muchos, se hace socio de una biblioteca. Retira uno de piratas y cuando llega al final del libro… ¡la historia no termina! Intrigado y bastante enojado, le reclama al bibliotecario. Pero allí descubre a un misterioso hombrecito y juntos se embarcan en una insólita aventura: ¡encontrar el final de la historia del libro sin final!
Sólo voy a agregar que en este libro hay un pirata, una princesa, una patineta, sirenas, pájaros de colores y no una, sino dos historias de amor. El que quiera saber más, ya puede ir a la librería y reservar su ejemplar.
Tanto Rodrigo y el libro sin final como sus compañeros de promoción (los cuentos que obtuvieron el segundo premio y las dos menciones) se presentarán en un acto menos humilde que éste, que tendrá lugar en la Feria del Libro y al que están toooodos invitados. La cita es el miércoles 28 a las seis de la tarde, en la sala Alfonsina Storni, en el Pabellón Blanco del predio de La Rural. Va a haber brindis y todo. Por cierto, también en la Feria se podrá comprar mi libro: estará en el stand 1022, en el Pabellón Verde.
Aquí, la lista de ganadores:
Primer premio ($12.000 y publicación de la obra)
Rodrigo y el libro sin final, por Sebastián Lalaurette (¡yo!)
Dijo el jurado: “Relato original, muy bien narrado. El trabajo del escritor, el proceso de escritura de una novela, su estructura formal, la conexión de sus episodios, la creación de personajes y su función dentro de la trama, todo eso está presente en la historia de manera natural”.Segundo premio ($6.000)
El secreto de la caverna, por Martha Perotto
Dijo el jurado: “Tiene misterio, suspenso y acción muy bien dosificados. Una historia muy bien estructurada. Destacamos una excelente puesta en escena en la Patagonia”.Menciones especiales del jurado
Oliverio y los Dlobs, por Ana Beatriz Vexler
Dijo el jurado: “Relato ágil, original y divertido. Narrado en primera persona por un niño que, accidentalmente, entra en contacto con pequeños seres extraterrestres”.Vidas piratas, por Martín Blasco
Dijo el jurado: “Relatos sumamente originales, muy bien escritos, con humor e ironía del principio al final. Diálogos ágiles e ingeniosos”.
¡Felicitaciones a Martha, Ana Beatriz y Martín! Espero poder leer pronto sus historias.
ACTUALIZACIÓN: Después del acto y el brindis, o sea más o menos a las ocho menos algo, estaré firmando ejemplares en el stand de Sigmar (1022, Pabellón Verde).
¿Se acuerdan de lo bien que les hablé de las presentaciones de la revista Pasajes? ¿Y se acuerdan de cuánto me gustó el espectáculo “Recortes” del grupo de danza Devenir? Bueno, mañana van a poder tener las dos cosas juntas. Se presenta el sexto número de la revista (o sea el número 5) en el Centro Cultural Estación Provincial, calles 17 y 71 de esta ciudad de diagonales. La cita es a partir de las 21.30 y, esta vez, la cuota de performance la van a poner las chicas del grupo Devenir, que van a bailotear entre el público en las pausas en la lectura de los autores y traductores que contribuyeron para esta edición.
Ya saben: Grupo Pasajes + Grupo Devenir, viernes 16 de abril a las 21.30, Centro Cultural Estación Provincial, 17 y 71. Entrada libre y gratuita, pero lleven unos mangos para la birra y para la revista, que es buena y barata.
No pasaron muchos días y está todavía fresco el debate de cada año sobre el significado del 24 de marzo, al que en esta ocasión me sumé con un post sobre la forma de recordar a los desaparecidos en Facebook y otros rincones digitales. En este debate hay una situación que se da con frecuencia: alguien pronuncia las palabras “golpe militar” y su interlocutor le propone que “golpe cívico-militar” sería una expresión más adecuada, porque da cuenta de algo que la otra expresión esconde, a saber, la complacencia de buena parte de la población civil para con ese arrebato del poder del Estado, arrebato destinado a derivar en un horror que puede no haber estado anunciado con luces de neón pero cuyas premisas básicas (detener a la guerrilla, recuperar el orgullo nacionalista, imponer el orden haciendo a un lado a la democracia que se consideraba demasiado débil) estaban claras.
En efecto, la dictadura sólo pudo instaurarse por el apoyo tácito de una masa crítica de la población, que conservó durante años hasta la derrota de Malvinas. En eso pensaba al ver un video que está colgado en Shutub y que ha circulado por las redes sociales, entre las que, claro, incluyo al email. El video condensa el discurso de un joven soldado estadounidense que peleó en la guerra de Irak. Esto es lo que dice Mike Prysner (cuyo apellido, curiosamente, se pronuncia igual que “Prisionero"):
Es imposible ver esas imágenes y oír las palabras de Prysner y no estar al menos un poco de acuerdo con lo que dice. Habla de una realidad que subleva a la conciencia humana, muestra el sufrimiento y el horror y muestra también la inmaterialidad de las etiquetas que se usan para enmascarar la violencia y la opresión ("el verdadero terrorista era yo"). En un momento traza una línea divisoria: pone de aquel lado, del lado del enemigo, no a los iraquíes, sino a la corrupción moral de gobiernos que utilizan el miedo, el dolor y la muerte como instrumento para perpetuar un sistema explotador.
Es fácil entender los aplausos que genera el discurso del soldado. Yo mismo me siento tentado de aplaudirlo. Sin embargo, esa línea, esa línea divisoria… tal vez no sea tan clara. A lo mejor no está bien trazada. A lo mejor el público de Prysner… pero quiero que miren el video otra vez. Tiene música y otros sonidos de fondo, pero no es difícil darse cuenta de en qué momento empiezan los aplausos. Registren ese momento.
(Sí, el material está editado, pero en los pocos cortes que hay antes de ese aplauso se nota que el joven va a seguir hablando sin que lo interrumpa palmada alguna; hay tiempos más o menos estándar para esto, no sé si me explico.)
¿Lo registraron? Es a los dos minutos cuarenta y siete segundos. Precisamente cuando Prysner habla de dinero.
El dinero es lo que movió a esta gente a aplaudir. No los muertos ni los mutilados ni los que quedaron sin hogar.
Me parece notable, porque, según se ha dicho, cualquier clase de paz es preferible a una guerra, y el problema de las guerras no es que gasten plata sino que gastan sangre. La ocupación estadounidense puede ser un problema para los estadounidenses en medio de una crisis económica pero es un problema mucho mayor para los pobres iraquíes que hubieran preferido la tiranía de Saddam a esta prepotencia internacional que convirtió sus vidas en un infierno. Y aun no teniendo en cuenta eso, el sufrimiento de quien no tiene un seguro de salud no es comparable al sufrimiento del joven soldado que recibe una bala en el estómago y muere desangrado.
Cabe imaginar qué habría pasado si la invasión de Irak hubiera sido rápida y fácil para los Estados Unidos (cuatro bombas por acá, cuatro por allá, Saddam derrocado y muerto y volvemos a casa). Arriesgo: el discurso de Prysner no habría tenido lugar, las bajas norteamericanas habrían sido lloradas más bien privadamente y las iraquíes no habrían ocupado el mínimo espacio en las mentes de esas personas.
Para decirlo de otro modo: un presidente norteamericano puede hacer cualquier cosa, como determinar la muerte de miles o decenas de miles de personas en algún punto remoto del mundo, mientras no sacuda demasiado las vidas de los norteamericanos. Por supuesto que esto no es patrimonio de ese pueblo. ¿Les suena “Yo, argentino"? No es tan distinto.
No cuestiono la integridad y la sinceridad de las personas que estuvieron presentes durante el discurso del soldado. Pero, como dice el proverbio, el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones. En este caso, se trata de las buenas intenciones de personas con una visión periférica tan limitada que resultan ciegas a los horrores que propician en otros países y a las causas del odio antinorteamericano en la mayor parte del mundo. Caramba, hay decenas de miles de muertos y ellos asisten impávidos a la enumeración, aplaudiendo sólo ante la mención del bolsillo.
En los yanquis se entiende porque, según una extendida opinión que comparten amigos míos que viven allá, son un país obsesionado por el dinero. Pero la falta de empatía que subyace a esto que muestra el video, la escasez de visión periférica, no es exclusiva de la gran Norteamérica.
Si la guerra de Irak hubiera sido corta y efectiva, los norteamericanos ya ni pensarían en ella… Y los argentinos ¿qué onda?
¿Y si la dictadura hubiera ganado Malvinas?
Ningún Videla, ningún Bush, pueden llegar a tales extremos si una parte importante de la población no les da, al menos, la anuencia implícita del desinterés.
Ustedes disculparán lo ingenuo de mi pacifismo pero, por más vueltas que le dé a la cosa, sigo pensando igual. Hasta Rodolfo Walsh, a quien respeto y admiro, en su célebre “Carta abierta a la Junta Militar”, cae en una relativización imperdonable del horror que venía describiendo hasta la línea anterior:
Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.
No. Las peores violaciones a los derechos humanos son todo lo que había descripto antes: ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones, destierros, asesinatos políticos. De un plumazo, en el punto seis cinco de su “Carta", Walsh subordina todo ese horror a un plan económico nefasto. Como Prysner, cierra el discurso y gana el aplauso elevando lo menos importante a una categoría superior, como si los muertos fueran un accesorio. Nunca he leído esta crítica puntual a Walsh que estoy haciendo ahora, pero siempre me pareció que esta cuestión resaltaba bastante en el texto, que se lee en todas las facultades de periodismo.
Realmente, ambos discursos son bastante paralelos, y (salvando las distancias y sólo en este punto) ambos dejan un mal sabor. Es curioso este paralelismo porque la subordinación de la vida al dinero proviene de extremos opuestos en la escala de conciencia (awareness, diría un anglosajón): al yanqui promedio le importa muy poco lo que su gobierno haga en el resto del mundo y, de hecho, lo ignora completamente hasta que las consecuencias lo alcanzan; Walsh, en cambio, batallaba desde la lucidez de una posición ideológica fuerte y definida. Posiciones opuestas que entregan como subproducto una aberración igual.
He dicho.
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