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(Un cuentito escrito hace unos años, que fue publicado en la revista literaria marplatense El Brote, lamentablemente ya extinta.)
Mirar el techo sin preguntarse cómo o cuándo empezó todo. Detenerse en el humo azul que sube en volutas morosas. Oír el silencio. Recordar que hay que pagar el gas dentro de dos días. Chupar el cigarrillo una vez. Exhalar con desgano. Abandonar la idea de seguir leyendo el libro de la mesita de luz.
Pensar en el auto que no tiene luces. Pensar en afeitarse. Pensar en ella. Sentir cómo la barba pica en el pliegue del cuello. Acomodar la cabeza en la almohada. Correr los pies de la cama para que las zapatillas queden afuera. Apartar las cenizas del pulóver azul. Oír el auto que se detiene en algún lugar allá abajo. Pensar en afeitarse.
Mirar el reloj. Procesar el número que marcan las agujas. Advertir que son las doce y media. Oír cómo se abre la puerta del edificio. Apagar el cigarrillo en el cenicero. Culparse por no haberla llamado. Recordar que ella esperó inútilmente en el bar frente al cine. Pensar en el examen de la semana que viene. Escuchar los pasos de dos o tres personas en la escalera. Mirar el diario que quedó en el suelo y hace que el cuarto parezca desordenado. Pensar en levantarse para ponerlo en su lugar.
Abandonar la idea de levantarse. Cerrar los ojos unos momentos. Abrirlos y ver el humo azul del cigarrillo que todavía no se disipó. Sentir el golpe en la puerta. Ver cómo la cerradura se rompe y los tres hombres entran al cuarto. Empezar a levantarse. Ser aferrado y volteado sobre la cama. Sentir los golpes en la espalda y la nuca. Recordar la cena sin razón aparente. Ser encapuchado. Ver la oscuridad mientras se es levantado por las axilas. Perder el sentido de la orientación. Ser empujado hacia la nada. Desaparecer.
--Sebastián N. Lalaurette