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Me acabo de comprar un lápiz y un sacapuntas. Hace, a ver, por lo menos catorce años que no hacía tal cosa. Nunca me gustó usar lápices; soy un hombre de birome y teclado. No dibujo, además, salvo los garabatos que todo el mundo hace para pasar el tiempo, y para eso uso tinta, la misma que para escribir. No sé si es por el trazo definitivo o por el tacto del plástico o el metal (aborrezco manipular esas varitas hexagonales de madera), pero no hay caso, el lápiz no me va ni para los crucigramas, donde los errores se me transforman rápidamente en jeroglíficos gracias a la copulación de las diferentes letras. Pero hoy, recién, hace un rato, me compré un lápiz y un sacapuntas.
¿Por qué lo hice? No es que vaya a cambiar mis hábitos de escritura ni que piense empezar a dibujar. No señor. Pero sí hay un hábito que creo que ya puedo adquirir, a pesar de que lo he evitado durante toda mi vida: el de subrayar los libros.
Siempre me costó horrores hacerlo, incluso con los apuntes de la Facultad (fotocopias, en el noventa y nueve por ciento de los casos): es como si los libros tuvieran algo de sagrado, como si fuera una afrenta rayarlos, alterar sus líneas armónicas, introducir ruido en la perfección de la página y también en próximas lecturas.
Sin embargo, siempre fui consciente también de que esta reticencia mía tiene sus desventajas. Subrayar los libros permite encontrar más rápido un pasaje que nos gustó particularmente, acudir a una referencia, a una frase de resonancia extraña, al párrafo que para nosotros justifica toda la obra. Si uno no marca tiene que recurrir a su memoria lectora, que es en parte memoria visual (se me da bien, y por eso, tal vez, pude vivir durante tanto tiempo sin subrayar una sola línea: puedo recordar con bastante precisión en qué parte del libro figuraba una cita notable, si era página par o impar, si estaba por arriba o por el medio o por abajo...). Pero la memoria tiene limitaciones en el espacio y en el tiempo. Además, y como corolario digamos, el subrayado evita la necesidad de una relectura de la obra completa, algo que no siempre podemos o queremos hacer.
Hay libros, por cierto, que se prestan a un subrayado asiduo; que son tan buenos, que ofrecen tantas joyas, que uno siente la necesidad de resaltarlas para volver sobre ellas. Y ocurre que estoy leyendo uno de esos libros. Pero no es que ahora me haya golpeado la revelación ni nada parecido: ocurre también que este libro me lo prestaron ya profusamente subrayado, marcado, incluso con alguna observación al margen. Es un ejemplo de lo que me he estado perdiendo por esa absurda aprensión a marcar el papel, a alterar su pureza por decirlo de algún modo.
Da la casualidad, o no, de que los pasajes subrayados son, en general, los mismos que yo habría destacado si el libro fuera mío y hubiera acometido su lectura sobre el papel virgen. No sé si la dicha de haber descubierto esto influyó para que finalmente me decida a intentarlo; a animarme, digo, a tener un lápiz HB (punta blanda) y un sacapuntas en el mismo cajoncito donde guardo los señaladores.
Y no, tampoco es eso, estoy mintiendo. Para decir la verdad tengo que hablar de una de esas mujeres que te cambian la vida en el sentido más literal. Quiero decir: una de esas mujeres por las que un hombre abandona su carrera y se mete en otra, una de esas mujeres que traen consigo un maletín de entusiasmos y traspapelan los hábitos de uno como si fueran billetes. Además tengo que decir, y esto ya es entrar en el terreno de la tragedia, que esta mujer (la hermosa, la ajena, la subrayante) me prestó el libro y ese libro es casi lo único que tengo de ella y casi lo único que llegaré a tener.
Por si fuera poco, se acerca el día de devolvérselo.
Así que esto es, esta pretensión infantil que me da un poco de vergüenza, señora, señor. Un adolescente se pone a estudiar inglés para impresionar a la vecina que viajó a los Estados Unidos y a la que tal vez nunca se decida a hablarle; una viuda se interesa por las cosas que leía su marido y que nunca antes le habían llamado la atención; yo siento que copiar, asumir, heredar ese gesto de alguna manera la trae.
Nuevamente: es infantil. Aprehender su hábito no me va a acercar a ella, parecernos también en eso no la hará mía. Pero siento, absurdamente, que si hago eso habrá algo de ella en mí: un hábito a la vez sereno y desesperado.
Por eso me compré el lápiz y el sacapuntas. Consideren este post, al menos provisionalmente, como un alegato de la defensa.