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Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa. El blog que estás leyendo es el segmento "literario" del multiblog There's a place; si querés pispear los otros rincones, donde también hablo de política, arte, periodismo, cine y peces espada, hacé clic acá.
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Canoncito

22.10.07

Permalink 16:07:59, por Sebastián Lalaurette Email , 905 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: libros, escritores, leer, orbitando

Canoncito

Cada tanto (léase "frecuentemente") surge, en el ámbito literario, la discusión sobre el canon, es decir sobre el tronco principal de lo que llamamos literatura, las obras que componen ineludiblemente su cuerpo, algo así como la lista de los libros fundamentales de una cultura (pero ¿hay tal cosa?).

El público en general suele ser ajeno a esas discusiones, pero hace algo más de una década la palabrita se puso de moda con la edición de El canon occidental, de Harold Bloom, un libro donde el crítico no sólo elabora una lista de este tipo sino que ofrece una muy personal teoría de cómo el canon se constituye y sobrevive y, además, aprovecha para fustigar incansablemente a quienes propugnan otros modelos.

Porque los hay: muchos críticos dicen que el canon no se conforma por la mera fuerza de las influencias literarias, como sostiene (algo contradictoriamente, hay que decirlo) Bloom, sino que existen otras fuerzas que lo establecen y consolidan y que, además, no hay un solo canon sino muchos. Otros reconocen la existencia de un canon central pero abogan por cambiarlo o suprimirlo.

Para el lector común, todo esto del canon tiene un interesante beneficio secundario y es que se puede ver como una lista de "los libros que hay que leer sí o sí". Es una quimera, pero, como la vida es corta y la literatura es larga, todos necesitamos un poco de orientación. Incluso Bloom.

En la Argentina, lo más parecido al canon son los resultados de una encuesta realizada hace veinte años por Juan Martini en la revista Humor. Martini les pidió a cincuenta escritores nacionales (bueno, a cuarenta y nueve, porque él mismo se incluyó en la encuesta) cuáles eran las diez novelas argentinas más importantes. El resultado, que se puede ver por ejemplo acá, es revelador por varios motivos y muestra que hasta 1987 nuestros narradores tendían a valorar lo clásico más que lo contemporáneo. La encuesta estaba destinada, como todas las de este tipo, a la polémica, y no faltaron observadores agudos que se sumaron a la discusión. También por eso la discusión sobre el canon, a partir incluso de algo tan trivial como una encuesta, enriquece.

Yo tengo mi propio canon o, mejor dicho, hay una especie de canon concreto, material, que opera sobre mí desde la niñez. Fue uno de mis primeros contactos con la alta literatura y aún vuelvo a él en busca de ese placer denso y casi perfecto. Es la Biblioteca Básica Salvat, una colección de cien libros que mis viejos fueron comprando a mediados de los ochenta y que se convirtió en la única biblioteca completa que posee la familia Lalaurette. La BBS es compacta: acabo de comprobar que entra cómodamente en un estante y medio de la pequeña repisa a los pies de mi cama "B" (la "A" está en La Plata), y en total estaremos hablando de unas, no sé, 18 000 páginas.

Esa bendita biblioteca fue la fuente de buena parte de mis lecturas adolescentes, si bien durante mucho tiempo no me animé a entrarles a muchos volúmenes porque parecían aburridos o porque sus títulos y autores no me llamaban la atención. Pero devoré obras insoslayables como Hamlet (en un par de horas aniquiló mi prejuicio contra el teatro), Werther, La metamorfosis (que en ese momento no me gustó), 2001. Una odisea espacial, los Viajes de Gulliver, Las mil y una noches (bueh, una selección, en realidad), Bola de Sebo, Cuento de Navidad, Robinson Crusoe, 1984 (¡con la delicia adicional de haber sido comprado en 1984!), La vida es sueño, Antígona o La isla del tesoro. Hay otras obras clásicas cuya lectura aún me debo: Don Segundo Sombra, La muerte de Iván Ilích, La muerte de Artemio Cruz, El jugador, El astillero, Una vuelta de tuerca (me aburrió pero debería intentarlo otra vez), los Cuentos de Canterbury, El difunto Matías Pascal, El retrato de Dorian Gray...

Como toda selección de "lo mejor", en literatura o en lo que sea, la BBS es fácil objeto de crítica y polémica. No está el Quijote, pero sí está la Aproximación al Quijote de Martín de Riquer, el más prestigioso trabajo crítico sobre la obra de Cervantes (dicho sea de paso, también Riquer tiene ahora su canon). No están, de Balzac, Eugenie Grandet ni Papá Goriot pero, en cambio, tenemos Un asunto tenebroso. En lugar de Rojo y negro o La cartuja de Parma, de Stendhal, hay un volumen de cuentos: "Vanina Vanini", "Los Cenci" y otros. De Zola, en vez de Yo acuso, nos encontramos con Una página de amor. Virginia Woolf no está con Al faro u Orlando sino con Flush (un perro). La literatura rusa no aporta las obras más importantes de Tolstoi, Chéjov o Pushkin.

No importa: la Biblioteca contribuyó a formar mis gustos literarios, me dio un horizonte nada desdeñable. Puede discutirse la idea misma de canon, puede argumentarse que no conviene quedarse pegado para siempre a los clásicos; pero tener siempre a mano a Shakespeare, Borges, Heine, Böll, Poe, Goethe, Kafka, Sófocles, London, Onetti, Maupassant... nunca está de más.

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