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Nunca aprecié demasiado a Borges (Jorge Luis, se entiende) como cuentista o ensayista; no terminan de convencerme sus personajes, que me parecen reducibles a meras fórmulas para decir lo que quiere decir, o su hábito de reproducir nociones filosóficas elementales sin aportar nada nuevo aparte de cierta retórica arcana fácilmente identificable; detesto también su amor por el adjetivo "arduo,dua" y su manera de insertar con fórceps la autorreferencia en una historia ancha y ajena (El cautivo).
Como poeta es otra cosa. Borges produjo algunos sonetos magistrales y es fácil encontrar en sus versos el aire emotivo, confesional que falta en su prosa. La atmósfera decididamente intelectual que los caracteriza no entierra de ningún modo al doloroso yo; al contrario, en sus poemas el escritor conjuga lo mejor de ambos mundos, de una manera envidiablemente eficaz. Porque la filosofía que subyace a sus versos es inseparable de cierta angustia o tristeza o terror de la carne mortal, porque hablar de los espejos no es sino hablar del propio miedo.
Ayer (bueno, a esta altura antier) una amiga citó libremente el Poema de los dones. Por eso, por esa relectura y por las otras relecturas a que llevó, estoy escribiendo ahora este breve elogio de la luz borgeana. Todos los que me conocen bien saben que no me gusta Borges el prosista; casi nadie sabe del placer íntimo que me provocan algunos de sus poemas. Éste que citó mi amiga, por ejemplo, es una obra memorable: la angustia está ahí desnuda a pesar de sus ricas vestiduras, el Borges erudito no avasalla al hombre sufriente que en una amarga egolatría nos prohíbe que, al apiadarnos de él, manchemos a Dios. Somos invitados, sí, a compartir su agonía como algo grandioso, pero Georgie también nos asesta un placer estético impagable.
Vale, entonces, decir esto: Borges fue un buen, probablemente un gran, poeta. Eso debería bastar.