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En las noticias de las ocho, Bruno Masure anunció que una sonda norteamericana acababa de detectar huellas de vida fósil en Marte. Se trataba de formas bacterianas, seguramente de arqueobacterias metánicas. Así que en un planeta cercano a la Tierra unas macromoléculas biológicas habían sido capaces de organizarse, de elaborar vagas estructuras autorreproductoras compuestas de un núcleo primitivo y de una membrana poco conocida; después todo se había detenido por culpa, sin duda, de un cambio climático: la reproducción se había vuelto cada vez más difícil y al final se había interrumpido del todo. La historia de la vida en Marte era modesta. Sin embargo (y Bruno Masure no parecía darse cuenta en absoluto), este brevísimo relato sobre un fracaso más bien soso contradecía violentamente todas las construcciones míticas o religiosas con las que suele deleitarse la humanidad. No había un acto único, grandioso y creador; no había pueblo elegido, ni siquiera especie o planeta elegidos. En el universo había, un poco por todas partes, tentativas inciertas y en general poco convincentes. Además, todo era de una irritante monotonía. El ADN de las bacterias marcianas parecía ser idéntico al ADN de las bacterias terrestres. Este hecho, más que cualquier otro, le sumió en una ligera tristeza, que en sí ya era un signo depresivo. Un investigador en su estado normal, un investigador en condiciones tendría que haberse alegrado de esa coincidencia, ver en ella la promesa de síntesis unificadoras. Si el ADN era idéntico en todas partes debía de haber razones, razones profundas relacionadas con la estructura molecular de los péptidos, o quizá con las condiciones topológicas de la autorreproducción. Tenía que ser posible descubrir esas razones profundas; cuando era más joven, según recordaba, esa perspectiva le había llenado de entusiasmo.
Sin los informes y los libros que atestaban las estanterías, el despacho de Desplechin parecía enorme. “Sí…", dijo con una discreta sonrisa. “Me jubilo a finales de mes.” Djerzinski se quedó con la boca abierta. Uno ve a la gente durante años, a veces décadas, y poco a poco se acostumbra a evitar las cuestiones personales y los temas realmente importantes; pero tiene la esperanza de que en algún momento, en circunstancias más favorables, tendrá ocasión de abordar esos temas, esas cuestiones; nunca desaparece la perspectiva, aplazada una y otra vez, de un modo de relación más humano y más completo, porque ninguna relación humana encaja bien en un marco preestablecido y definitivamente estrecho. Así pues, sobrevive la idea de una relación “auténtica y profunda"; sobrevive durante años, a veces décadas, hasta que un acontecimiento brutal y definitivo (normalmente la muerte) le dice a uno que es demasiado tarde, que esa relación “auténtica y profunda” con la que había soñado nunca se hará realidad, igual que todas las demás. En quince años de vida profesional, Desplechin era la única persona con la que había deseado establecer un contacto que fuera más allá de la simple relación casual, puramente utilitaria, indefinidamente aburrida, que constituye el clima natural de la vida laboral. Pues bien, se había acabado. Miró anonadado las cajas de libros que se amontonaban en el suelo del despacho.
—Michel Houellebecq: Las partículas elementales
Hace poco (03.10.10) Sonia escribió Un sueño psicotrópico. ¿Qué esperás para leerlo?