| « Naím en librerías | Firme » | Post al azar |
Ay, ay, ay, qué tapa.
Ay, ay, ay, qué ilustraciones.
Ay, ay, ay, qué libro.
Sí: es español. Sí: el precio está en euros. Sí: cuesta.
Pero también está en evook.
Sí: en evook, con ve corta. Ya lo había explicado más o menos acá. Vayan y vuelvan, en todo caso.
Bueno, ahora está ya disponible, en papel o en formato digital (sin DRM), el cuarto volumen de El camino de los mitos: la antología que reúne a los premiados en el certamen de literatura mitológica “La Revelación", organizado por la editorial española Evohé, y en el que un servidor alcanzó el segundo lugar.
El libro en papel es hermoso, fíjense. Cuesta, ay, dieciséis euros con cuarenta: casi cien mangos nacionales. Es caro, ya sé, aunque el precio se ajusta a su tamaño y calidad de impresión. (Realmente no es caro… para los europeos.)
¡Ah, pero está la opción digital! Sin DRM, recuerden: un PDF o EPUB legible en cualquier máquina, sin rollos y para siempre. En este caso son dos euros con cuarenta (€2.40) que, además, pueden ser gratis si se registran ahora como usuarios nuevos, ya que el registro viene con cien puntitos (cinco euros) de regalo.
Acá, la lista de relatos y poemas premiados:
EL CAMINO DE LOS MITOS IV
(premiados del IV concurso “La Revelación")
RELATOS
1º “Jerome Perceval, el crítico voraz", Daniel Tubau
2º “Abajo, para siempre", Sebastián Lalaurette
3º “El huésped de Anníceris", Beatriz García Sánchez
4º “Elíptica de Saturno", Alejandro Martínez Turégano
5º “Anteo y la playa de los cobardes", David Villar Cembellín
6º “El laberinto", Alejandro Vázquez Ortiz
7º “Anacreonte de Teos", Alejandro Vázquez Ortiz
8º “Crono, Tulio y Urano", Eduardo E. Rosenzvaig
POES?�A
1º “Mares como ojos", David Villar Cembellín
2º “Los pies de Ulises", ?�ngela Gentile
3º “Carta de Ulises", Carlos Mazarío Torrijos
Y acá, un fragmentito (no el principio ni el final) de “Abajo, para siempre", el cuento aportado por un servidor:
—¡Tú! —vuelve a rugir. —¡Mi amigo!
Su voz es aún un gruñido salvaje, pero esa palabra la suaviza de una manera casi imperceptible, humanizándolo. Esta bestia agresiva, esta criatura de músculos formidables, reflejos de gacela y garganta de león, era, en efecto, mi amigo.
Se llama Enkidu y hemos compartido aventuras que los hombres cantaron durante siglos. Ahora, sin embargo, solo podría mencionar un puñado, e incluso éstas se me aparecen vagamente, casi sin nombres, rostros ni voces. Están enterradas en el abismo de mi cerebro, que ha surcado el mar del tiempo mientras las civilizaciones nacían y caían a su alrededor. Sumer, Grecia, Roma, China, Babilonia, Cuzco, Prusia, Israel, Britania, América, Europa, Rusia, Oceanía, Japón: lo he visto todo, he estado en todas partes, y no sé si he ganado algo.Quizás Utnapishtim mintió cuando me dijo que no podía darme la inmortalidad, que ese era un don que los dioses le habían otorgado solo a él y que no podía transferirlo. Creo que tal vez no quiso. Que entrevió que la vida perpetua en un mundo que se desgaja se parece demasiado a una maldición. Hasta es posible que él mismo desee este destino mortal: ¿soñará a veces, allá en su isla del lejano horizonte, que finalmente baja a la Tierra de los Muertos, tal como yo lo hago ahora?
Pero nada hay de deseable en esto. Yo habría demorado el momento definitivo de no haber sido por el tedio, el tedio atroz, y por la culpa de estar vivo. Jamás hubo un hombre que arrastrara la culpa por tanto tiempo. Y aquí, al final de todas las cosas, está el origen de esa culpa: el hombre al que le fallé un día de ya no sé qué milenio.
Enkidu.
No tengo excusas para ofrecerle.
¿Qué esperan para comprarlo, viejo?