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—Tengo ganas de escuchar un cuento —le dije a Cristina. Y ella, mientras miraba por la ventana, y luego de aclarar que sería un cuento todavía no escrito, sólo pensado, empezó a contar:
—Hay un hombre en una cabaña, que está muy triste porque está muerto: espera que lo vengan a buscar. Es un viejo cazador. La cabaña es lo único que le queda de la vida. Afuera hay paisajes de selva o de mar, montañas de picos agudos, bosques de troncos azules y copas plateadas, lagos insondables, nubes viajando al ras del suelo. Pero el hombre sabe que todo aquello pertenece a la muerte, y no sabe si elegir todo eso o su pobre cabaña, que pertenece a la vida, y en la que le quedan algunas cosas muy queridas. Primero cree que alguien lo va a venir a buscar; después tiene la certeza de que es él el que debe salir. Amigos y familiares muertos antes que él golpean sonrientes las ventanas. Él los mira con extrañeza, detrás del vidrio empañado; le parece que los otros flotan, como si la cabaña estuviera en el fondo del océano. Por último se despide de todas sus cosas, en una ceremonia final a la vida; se despide de lo único que le ha quedado de su paso por la tierra. Y sale de la cabaña llevando en el bolsillo una cruz de plata que había pertenecido a su esposa, muerta hacía mucho tiempo, y una flor.
—Pablo de Santis: El Palacio de la Noche