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En la edición de esta semana de la revista ñ el artículo de tapa (escrito por Andrés Hax) se ocupa de la impermanencia esencial de los archivos digitales, de las dificultades de recuperar la información producida hace tan sólo unos pocos años y del peligro de que nuestra era sea considerada “oscura” por los historiadores futuros. Recordé, al leerlo, este poema que había escrito hace un par de años. Lo comparto ahora, porque cualquier excusa es buena.
Los Antiguos dejaron su cultura en
montañas de papel corruptible
que el tiempo consumió en un suspiro,
palabras al viento, sus sonrisas
descoloridas y después nada:
polvo al polvo, donde ahora duermen.
También dejaron estas finas cajitas de plástico inservible
con extraños caracteres imposibles de descifrar,
unos discos capaces de decirlo todo
y sin embargo frágiles, fugaces.
Nada por aquí tampoco.
Y luego se abandonaron a la música.
Pusieron sus palabras en el aire y las dejaron correr,
y la corriente se hizo densa y saltaron dentro.
Nunca nadie había escrito tanto. Seguro que estaban seguros
de la eternidad, de dejar huellas eternas.
Pero todo se apagó.
¿Cómo eran? No lo sabremos.
Apenas llegamos a conocer a sus abuelos, a sus padres.
Ellos, en cambio, no dejaron rastro alguno.
Amaban escribir, pero la historia de sus vidas se ahogó en un río
eléctrico, un río de códigos
perdidos para siempre.