Hace algo más de un mes, cuando la noticia de que había ganado un premio importante en España aún estaba fresca, tuve el gusto de entrevistar a Leonardo Oyola, un escritor argentino que viene pisando fuerte desde hace cuatro años. Después de una larga e infructuosa serie de intentos de colar esa entrevista en un medio mucho más prestigioso que Sangría francesa, la ofrezco en este humilde rincón de la Web. Sí, ya sé: ahora Oyola tiene una novela nueva en la calle y la entrevista, basada en una novela anterior (la que le valió el premio), está un poco obsoleta en algún sentido. Pero la colgué igual porque Oyola dijo algunas cosas interesantes que no tienen fecha de vencimiento. Y porque se me canta.
Traducir poesía es difícil, muy difícil: decir esto ya es un lugar común. Como tal, encierra una verdad incontestable; también como tal, viene bien someterlo cada tanto a examen, entrar nuevamente en contacto con esa verdad.
Lo primero que me viene a la cabeza sobre esto es que quienes traducen verso blanco lo tienen considerablemente más sencillo que los otros: es al enfrentarse a la necesidad de mantener al menos la métrica de una composición rimada, un soneto por ejemplo, cuando el traductor tiene que hacer su mayor esfuerzo y ajustar a una forma precisa y simétrica un sentido que, en el idioma de destino, se expresa de manera muy diferente. Por eso suele decirse que sólo un poeta puede traducir poesía: la tarea requiere un talento creativo y un pulso especial que no tiene cualquier traductor.
Por eso suele elogiarse también el (claramente elogiable) trabajo de Manuel Mujica Lainez al encarar la versión castellana de medio centenar de sonetos de William Shakespeare. Nuestro idioma es más largo que el inglés, necesita más sílabas que esa otra lengua para decir lo mismo; pero Mujica Lainez se las arregló, a fuerza de genio literario, para vertir los pentámetros de Shakespeare en endecasílabos, que vendría a ser lo mismo, sin perder casi nada del sentido original; o recurriendo, en algún caso, a transformaciones que dan un sentido equivalente.
Pablo Ingberg, en su propia edición bilingüe de los sonetos del Bardo (compuesta por las traducciones realizadas por Mujica Lainez y las versiones españolas hechas por él mismo del resto de los poemas), Pablo Ingberg realiza este mismo elogio del trabajo de su antecesor y admite que en su caso no le hubiera bastado el endecasílabo para captar todo el sentido de los originales. Es así que el libro alterna entre versiones en endecasílabos (las de Mujica Lainez) y en alejandrinos (las de Ingberg) de los originales shakespearianos, ejecutados en pentámetros yámbicos.
Pues bien, hoy me acercaron (¡gracias Carolina!) la versión inglesa de las dos primeras estrofas de las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, realizada por Henry Wadsworth Longfellow. No conozco los poemas de Longfellow, pero a la vista de esta traducción tengo la certeza de que fue un gran poeta:
O let the soul her slumbers break,
Let thought be quickened, and awake;
Awake to see
How soon this life is past and gone,
And death comes softly stealing on,
How silently!Swiftly our pleasures glide away,
Our hearts recall the distant day
With many sighs;
The moments that are speeding fast
We heed not, but the past, --the past,
More highly prize.
Vamos a recordar que el original, vertido a un español moderno, es el siguiente:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Es muy interesante comprobar en la traducción del español al inglés el fenómeno inverso del que provoca la traducción del inglés al español. Si a Mujica Lainez le quedaba corto el endecasílabo y tenía que comprimir las ideas de Shakespeare para mantener la longitud de los versos, y si a Pablo Ingberg no le queda otra que pasar del pentámetro yámbico al alejandrino, a Longfellow le sobran sílabas, tiene que complejizar el concepto para no quedarse corto ("the moments that are speeding fast/ we heed not" no está en Manrique, y en otros momentos el bardo inglés tiene que expresar más ricamente una línea más despojada, repetir un concepto --"awake,/ awake to see"-- o romper la continuidad de una enumeración y pasar a una oración nueva en la segunda estrofa).
La poesía será siempre, en última instancia, intraducible. Pero el intento nos permite apreciar también estas maravillas: en la adaptación vislumbramos el trabajo de la maquinaria creativa del poeta que la encaró.
Que Quintín dedique parte de un post suyo a responderme está bueno.
Que yo le deje un comentario para responderle y él me pida precisiones quiere decir que le prestó atención a lo que le comenté, lo cual también está bueno.
Que yo deje otro comentario a la una menos diez de la mañana diciendo que el personaje X no me gusta y confunda el personaje no está bueno.
Por eso, y porque el pedido de borrado de ese segundo comentario (vía un tercer comentario) evidentemente no tuvo eco, aclaro acá: no es cierto que no me guste el "personaje" Diego Máteryn. No tengo nada contra Máteryn y, de hecho, no lo conozco. Me gustó mucho su cuento en Uno a uno y también las respuestas al cuestionario planteado en Hablando del asunto; y esas cosas son todo lo que sé de él. Sencillamente, me confundí de escritor: cosas que pasan cuando uno escribe comentarios a la una de la mañana. No debería hacerlo más. Diego, seas quien seas, todo bien.
Lo iba a decir en su momento, al ocuparme de su cuento, pero ya que estamos lo digo ahora: el personaje que no me gusta es éste, es decir éste. Nuevamente, no lo conozco, y obviamente no estoy hablando de la persona sino del personaje virtual que asume al postear en su blog o al rellenar cuestionarios; el relato, en cambio, me pareció bastante bueno, como pronto se verá.
Además de un narrador diestro y más que entretenido, Andrés Diplotti es un analista sesudo de la sociedad posmoderna, como lo demuestran sus Reflexiones en la terminal de Retiro.
Los "Jueves literarios" que el grupo editor Mil Botellas organizó para junio giran en torno de la poesía. En el Centro Cultural Islas Malvinas, bajo la amable coordinación de Ramón Tarruella, se desarrolló anoche la segunda de esas jornadas, de la que participaron los poetas Fabián Casas, Santiago Llach, Rodolfo Edwards y el local Mario Arteca.
Los cuatro escritores hablaron de lo que para ellos significó la década del '90, los autores que influyeron en su formación, la función de la crítica literaria, el estado de la poesía argentina, el papel de las antologías poéticas y la relación con el rock, entre otros temas.
Nuevamente: ni siquiera intento brindar una crónica de la noche, sólo aproximo una selección de las frases que me parecen más significativas o más capaces de disparar reflexiones interesantes.
Ayer se presentó en la sede de la Asociación Médica de Almirante Brown (que nada tiene que ver con el evento, se entiende) el primer libro de poesía de Paola Solorza, Contigüidades: Un mundo. Es un lindo libro, ya desde la tapa, bellamente ilustrada por Nélida Grau, también responsable de las ilustraciones interiores en blanco y negro; a 25 pesos, tiene también un precio razonable para los tiempos que corren.

La edición es de Botella al Mar, casa en la que algunos poetas reconocidos (Alejandra Pizarnik, por ejemplo) han hecho sus primeras armas, según se encargó de recordar Alejandrina Devescovi al abrir el acto.

El libro está prologado por el poeta y profesor Emil García Cabot, que, en el acto de ayer, se refirió brevemente a la omnipresencia de lo circular en el libro, como traducción de la idea de contigüidad. Después, Roxana Palacios analizó el contenido con bastante más detalle, haciendo hincapié en textos como "Sombra" y "Ver" que, según dijo, condensarían el quehacer poético de la autora. Finalmente, la propia Solorza (mail) y Susana Raimondo se turnaron para leer algunos de los poemas.
De "Ver", justamente, proceden estos versos que elegí para brindarles una pequeña muestra de lo que Contigüidades suma al panorama poético local:
Pupilas
hambrientas de luz,
sedientas.En contacto
con esa otra vacuidad
que clausura el espejo.
El post se titula La formación de un lector, pero habla también de la formación de un escritor: Guillermo Martínez. Y, vía cita de una entrevista a otro palabrista, pone ambas cosas en paralelo (también Vanoli, Gorodischer y Schierloh dijeron alguna cosita sobre eso el otro día). Escribe Leandro Vives, en Hablando del asunto, acerca de un charla entre Martínez y Alejandra Laurencich en Eterna Cadencia. Interesante, como mínimo.
Diego Vecino reacciona desde La Contrarreforma al post en que reflejé algunos dichos de Samanta Schweblin y Flavio Mogetta en el segundo de los "Jueves literarios" dedicados a los escritores más nuevos, que vienen teniendo lugar en el Centro Cultural Islas Malvinas. Hace profesión de amor por Schweblin, que, según parece, nombra a ese blog de jóvenes revoltosos cada vez que puede (también señala que Hernán Vanoli sumó su recomendación este último jueves), y en cambio arremente contra Mogetta porque... bueno, léanlo. Los argumentos están ahí, no hace falta que yo agregue nada.
(Y no, juro que mi apellido no es artístico, es el de mi papá. También la "N." lo refiere. Es la segunda vez que me cuestionan el origen familiar, muchachos; léanse esto, por favor, y no rompan más.)
El tercero de los "Jueves literarios" que el grupo editor Mil Botellas viene convocando en el Centro Cultural Islas Malvinas, bajo la amable coordinación de Ramón Tarruella, se desarrolló anoche con la presencia de cuatro escritores nucleados en la supuesta nueva generación literaria que se ha dado en llamar "nueva narrativa argentina" (NNA, por sus siglas en español): Violeta Gorodischer, Oliverio Coelho, Eric Schierloh (platense) y Hernán Vanoli. A Vanoli y Gorodischer los une formar parte de la editorial independiente Tamarisco.
Los cuatro miembros de la también llamada "Joven Guardia" disertaron, debatieron y respondieron sobre cuestiones tales como la utilidad de los talleres literarios, el papel de la formación académica en un escritor, las diferencias entre las grandes editoriales y las independientes, la función de las revistas literarias y la figura del lector.
Como ya es costumbre, no voy a brindar un full report de lo que fue la velada, sino un punteo de citas representativas o curiosas.
