Buenasssss...

Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa. El blog que estás leyendo es el segmento "literario" del multiblog There's a place; si querés pispear los otros rincones, donde también hablo de política, arte, periodismo, cine y peces espada, hacé clic acá.
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Los monstruitos y yo

18.10.10

Permalink 02:06:00, por Sebastián Lalaurette Email , 1187 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: escribir, libros, eventos, orbitando

Los monstruitos y yo

Voy a contarles algo que pasó el viernes y algo que pasó hace dos meses. Lo de hace dos meses quería contarlo antes, pero me demoré, no sólo por razones prácticas (mucho trabajo, varios proyectos en curso) sino también porque ni bien pienso en ello empiezo a retroceder en el tiempo, como si tuviera que empezar a contar desde atrás, desde hace, digamos, treinta años atrás.

¿Qué pasó el trece de agosto? Nada terrible, por cierto. Algo, en realidad, de lo más común para un escritor: fui a dar una charla a una librería. Ya saben, el tipo sentado ahí con el micrófono, la gente haciéndole preguntas, exétera.( No, pequeñines, ya sé que no se escribe así.) Nada del otro mundo.

Excepto que en esta ocasión “la gente” eran cuarenta monstruitos de entre nueve y once años.

Rodeado y sin escape.

La cita fue en la librería Rayuela, de gente amable y conocedora, y el formato fue el de conferencia de prensa, aprovechando que uno de los grupos estaba integrado por pequeños periodistas que tienen un programa en Radio Universidad, “La hora de los chicos” (link para los que usan Facebook). Había gurises de dos escuelas, la Anexa y la Lincoln, y no sólo habían leído y trabajado en clase Rodrigo y el libro sin final sino que hasta me habían googleado para averiguar cosas sobre mí. Podemos decir, en suma, que estaban mejor preparados para su trabajo que un periodista adulto promedio.

Si ellos estaban dispuestos y pertrechados para la ocasión, ¿cómo estaba yo? Aterrorizado.

Acá es donde empiezo a retroceder. No mucho por ahora: sólo tres años. Es decir, al momento en que, en un tirón de sólo unos días, escribí el cuento, que por entonces se llamaba “Rodrigo, el hombrecito y el pirata". Mi sobrinito, el Rodrigo de la vida real, tenía seis años y acababa de aprender a leer; estaba en esa etapa, ustedes ya saben de qué hablo, esa etapa de maravilla en la que se vuelve imperioso descifrar cada cartel, cada etiqueta y cada paquete de yerba o galletitas.

Durante la charla me preguntaron, obviamente, de dónde había salido la idea para el cuento, y sólo ahora me doy cuenta de que era el paralelo entre él y yo, el descubrimiento de la lectura, lo que andaba dando vueltas por mi cabeza en esa época. El Rodrigo del cuento es un chico que ya es lector y que se convierte (perdón: SPOILER) de alguna manera en escritor, pero lo que ese personaje comparte conmigo y con mi sobrinito es ese entusiasmo por el prodigio de los libros que transportan a la fantasía.

De modo más general, y retrocediendo unos años más, puedo decir que Rodrigo es el primer chico con el que entablé una relación importante en mucho tiempo. Hasta entonces veía a los bajitos con cierta desconfianza, como si fueran una especie de alienígenas bonitos. Aupar a un bebé me producía terror y en general mis conversaciones con niños eran esporádicas y breves.

Tendría que remontarme, acá, a los años en que yo mismo era un chico, hablar de cómo era mi relación con mis compañeros y amigos, con mis hermanas y primos y demás, pero este post se volvería demasiado largo hasta para mí. Baste repetir que tener un sobrino (y después otro, Naím) me puso de nuevo en contacto con la niñez. Y si algo tiene de maravilloso, para mí, la publicación de Rodrigo y el libro sin final es que ha ampliado ese contacto, me ha llevado a tener charlas con chicos, no sólo mediadas (a través de la literatura) sino también personales.

La primera fue la charla en Rayuela, ocasión que me tenía nervioso porque estaba absolutamente seguro de que los pequeños monstruos se iban a aburrir de lo lindo. Parece que no. Se mostraron interesados, se rieron varias veces (incluso ante “chistes serios” que hice, si ustedes me entienden) y no querían irse cuando el tiempo se iba acabando. O sea que mal no la pasaron. Yo, por mi parte, la pasé fantástico.

Entre las preguntas que me hicieron (fueron muchas) estaban las previsibles pero también algunas que me obligaron a reflexionar sobre mi propio trabajo. (¡Nada mal para unos seres de este tamaño!) Y hubo, tal vez sorprendentemente, varias preguntas que indagaban en el proceso de escritura, preguntas que identifican, tal vez, a pequeños escritores en potencia. “¿Por qué tanta precisión en el manejo del tiempo en la historia?” “¿Por qué Lorenzo siempre está tomando una bebida distinta?” “¿Por qué se le cae dos veces el licuado?” (Ahí tuve que confesar una debilidad; no lo haré en este post.) En suma, unos peques sagaces, desenfadados y genuinamente interesados en el tema. (Podría no haber sido así, claramente: colijo que esto era para ellos una excursión, la ocasión de zafar quién sabe de qué materia por un par de horas, pero todos parecían tener ganas de estar ahí.)

El viernes pasado reincidí, pero esta vez fui yo quien visitó a los gurrumines en su medio: el Colegio del Centenario, donde los alumnos también trabajaron con el libro. No sólo lo habían trabajado en clase, sino que habían dibujado al pirata Rodríguez y al resto de los personajes y (junto con Paola, su maestra) habían armado una cartelera en la que contaban qué era lo que más le había gustado a cada uno en la historia:

* Lo que más me gustó fue que Rodríguez tuvo un amor que se llamaba Terralina.

* Lo que más me gustó de la historia del pirata Rodríguez: fue cuando se quedó atrapado en la telaraña.

* Lo que más me gustó del cuento es cuando Rodrigo le dice a Lorenzo: “¿Qué? ¡Cuatro meses, 120 días, 2880 horas, 172.800 minutos, diez millones trescientos sesenta y ocho mil segundos!”

* Cuando Parabolio le cuenta a Rodrigo la historia de él y Asíntota.

* Me gustó la parte en que andaba en la patineta.

* Lo que más me gustó fue cuando Maremoto secuestra a las sirenas negras y las pone en peceras.

* A mí la parte que más me gustó del cuento
Rodrigo y el libro sin final es cuando Parabolio y Rodrigo se pusieron a escribir juntos. ¡ESTÁ BUENÍSIMO EL CUENTO!

Y así.

Debo admitir que me emocioné.

Ahí estaba yo, con una botellita de agua, un vaso y una pila de dibujos inspirados en la historia que había escrito. Y los chicos pidiéndome más: “¿Tenés ganas de escribir una historia de terror?” “¿Te gustaría escribir una historia romántica?” “¿Algún día vas a escribir una novela de aventuras?” Y me dejaron sus dibujos, y todos querían su firma, y saludarme, y se fueron coreando mi nombre.

¿Esto era el público?

Esto era el público. Los monstruitos eran amables, despiertos, generosos, sinceros y entusiastas. Más de lo que yo hubiera pensado.

Sé que es normal; que para otros escritores es cosa, digamos, de todos los días, que uno llega a acostumbrarse al efecto que una historia puede producir en otra gente. Yo espero no acostumbrarme nunca.

Estoy conociendo a los monstruitos, y está bueno.

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