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Hambre feroz.
Brama el perro. Baila una muñeca fastidiada.
Hay whisky. Hay tres flores. Hay un tremendo
bullicio o balido o querencia.
El hambre feroz es mal fusil.
Hay orden, hay falsía, dice el dueño. Busquemos
el momento dorado, dice el dueño.
El aprendiz repite: orden, falsía, bondad, marcapasos.
Es fácil el hambre.
Es fácil querellar entre bambalinas.
Es fácil morir quemado.
Susurra salidas la muñeca. Incubar un grillo. Montar
iguanas fértiles, cincelar el rizo. Callar.
Callar, repite el aprendiz. Busquemos el momento dorado.
El perro brama. Los mártires no son fecundos.
Hambre feroz.
Joven argentino: si ya tienes tu ejemplar de Naím y el mago fugitivo, o si piensas comprarlo en tu librería amiga, o si vas a andar por la Feria del Libro este martes 24 y recuerdas a ese sobrinito tan monono que anda por los diez, doce años, debes saber que:
ESE DÍA ESTARÉ FIRMANDO EJEMPLARES EN LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES.
La cita es a partir de las 18 en el stand 1901, de Ediciones del Naranjo, que amablemente publicó el libro en 2011. Voy a estar con la grossísima Verónica Sukaczer, que también, por supuesto, firmará (sus libros, no los míos).
Así que ya sabes.
Mi columna sobre Kirchner, Videla, el “relato” oficial y la realidad política como fantasma desvaído de la violencia, en el número actual de la revista La Tecl@ Eñe (que viene cargadísima).
Microrreseña de mi libro Naím y el mago fugitivo en el blog Leer x leer, dedicado a la literatura infantil.
El camino de los mitos IV, en ebook, se puede comprar baratísimo desde cualquier parte del mundo (casi). Incluye “Abajo, para siempre", posiblemente el mejor cuento que he escrito a la fecha.
Fin de los autobombitos. En próximos posts retomaré la costumbre de hablar de otras cosas y otra gente.
Padre nuestro, que estás en el cielo.
Padre nuestro, que nos ofenden, así en la tierra como en la tentación:
Amén. Padre nuestro, que nos dejes caer en el cielo. Amén.
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Reino.
Hágase tu Reino.
Hágase tu Nombre.
Hágase tu voluntad en la tentación.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que están en el cielo.
Santificada sea tu voluntad en la tierra:
también nosotros perdonamos a tu voluntad.
Venga a nosotros perdonar a los que están en el cielo.
Hágase tu voluntad en la tentación, y líbranos del mal.
Amén.
Amén, Padre nuestro, aquí en la tierra.
En la edición de esta semana de la revista ñ el artículo de tapa (escrito por Andrés Hax) se ocupa de la impermanencia esencial de los archivos digitales, de las dificultades de recuperar la información producida hace tan sólo unos pocos años y del peligro de que nuestra era sea considerada “oscura” por los historiadores futuros. Recordé, al leerlo, este poema que había escrito hace un par de años. Lo comparto ahora, porque cualquier excusa es buena.
Los Antiguos dejaron su cultura en
montañas de papel corruptible
que el tiempo consumió en un suspiro,
palabras al viento, sus sonrisas
descoloridas y después nada:
polvo al polvo, donde ahora duermen.
También dejaron estas finas cajitas de plástico inservible
con extraños caracteres imposibles de descifrar,
unos discos capaces de decirlo todo
y sin embargo frágiles, fugaces.
Nada por aquí tampoco.
Y luego se abandonaron a la música.
Pusieron sus palabras en el aire y las dejaron correr,
y la corriente se hizo densa y saltaron dentro.
Nunca nadie había escrito tanto. Seguro que estaban seguros
de la eternidad, de dejar huellas eternas.
Pero todo se apagó.
¿Cómo eran? No lo sabremos.
Apenas llegamos a conocer a sus abuelos, a sus padres.
Ellos, en cambio, no dejaron rastro alguno.
Amaban escribir, pero la historia de sus vidas se ahogó en un río
eléctrico, un río de códigos
perdidos para siempre.