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No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo cientÃfico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en lo otro. BastarÃa, en definitiva, con maravillarse ante esta variedad de clases discursivas como se hace ante la de las especies animales o vegetales. Lamentarse de la “pérdida del sentido” en la postmodernidad consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo. Se trata de una inconsecuencia.
[El saber narrativo] une a su incomprensión de los problemas del discurso cientÃfico una determinada tolerancia con respecto a él: en principio lo acepta como una verdad dentro de la familia de las culturas narrativas. La inversa no es verdadera. El cientÃfico se interroga sobre la validez de los enunciados narrativos y constata que éstos nunca están sometidos a la argumentación y a la prueba. Los clasifica en otra mentalidad: salvaje, primitiva, subdesarrollada, atrasada, alienada, formada por opiniones, costumbres, autoridad, prejuicios, ignorancias, ideologÃas. Los relatos son fábulas, mitos, leyendas, buenas para las mujeres y los niños. En el mejor de los casos, se intentará hacer quela luz penetre en ese oscurantismo, civilizar, educar, desarrollar.
Esta relación desigual es un efecto intrÃnseco de las reglas propias a cada juego. Se conocen los sÃntomas. Constituyen toda la historia del imperialismo cultural desde los comienzos de Occidente.
—Jean-François Lyotard: La condición postmoderna
En una universidad de Ohio donde reina la corrección polÃtica, los estudiantes varones, en sus tratos sexuales con las mujeres, deben observar un código de preguntas y respuestas para evitar la fatal acusación de acoso. Se debe dar un asentimiento verbal expreso a cada avance. “¿Puedo desabrochar el botón superior de tu blusa?” “SÃ.” “¿Puedo desabrochar el segundo botón?” “Bueno, sÃ.” Etcétera. El código, reproducido en la prensa británica, ha provocado burlas a costa de la ingenuidad y la obtusidad yanquis. Pero los que se rÃen obviamente ignoran lo que sucede en nuestras tierras.
En Oxford, por ejemplo, hay ahora 267 asesores en acoso. Hay 93 departamentos universitarios —¡oh dioses!— y cada cual tiene dos. Hay una junta central de siete. Los asesores son obligatorios aun en los parques de la universidad, los archivos, la unidad de transporte y —quizá con cierta justicia— el temido cuerpo docente de TeologÃa.
Es raro recordar que hace exactamente cien años las mujeres de Oxford luchaban para escapar de la sobreprotección. Oxford and Oxford Life (Londres, 1892), cuya autora es K. M. Gent de lady Margaret Hall, incluye un capÃtulo sobre la educación femenina en Oxford.
Ansiaba demostrar que las chicas lo pasaban bien. No estaban obligadas a ir a la capilla, aunque “un tono escéptico acerca de la religión” se consideraba “el colmo de la mala crianza". Cualquiera que se acercara a un colegio de señoritas esperando “encontrar largas hileras de muchachas pálidas y ojerosas agachadas sobre los libros en una encantadora tarde estival” quedarÃan “jadeantes de sorpresa” al descubrir “la gran cantidad que jugaba en el parque con energÃa y entusiasmo". Aunque el hockey se consideraba “demasiado rudo", el gimnasio era “escenario de gran diversión” y habÃa muchas muchachas que “no desdeñaban el juego del escondite en la casa, con las persianas cerradas".
Parece la Arcadia, ¿verdad? La señorita Gent señala que “las muchachas “masculinas” o livianas son tan excepcionales que mencionarlas serÃa cosa personal". Por cierto, “las relaciones con los varones de la universidad eran limitadas". Pero “mientras esté con una acompañante aprobada por el director", una estudiante “goza de las libertades comunes en ese sentido". Si “conoce hombres en Oxford", incluso puede entrar en sus habitaciones, “cumpliendo las antedichas condiciones". Por otra parte, sólo puede invitar “amigas” a tomar el té en su habitación, “pues ni siquiera los hermanos se admiten” sino que deben ser “agasajados formalmente en la sala de estar".
Las muchachas con acompañante podÃan “ir en ocasiones a fiestas nocturnas, siempre con excepción de los bailes, pues están prohibidos". La mayorÃa de las muchachas, concluye la señorita Gent, entendÃan que “tan delicioso perÃodo de relativa libertad nunca se repetirá” y cita a una estudiante que se despide: “Nunca seré tan feliz. Ha terminado la parte más grata de mi vida".
Soy un poco escéptico en cuanto a lo último, aun tratándose de niñas apasionadas por el escondite. Pero es fácil entender que las mujeres jóvenes e inexpertas fueran más felices observando un conjunto de convenciones que reflejaban una vieja tradición que sometiéndose a un código nuevo y feroz impuesto por los fanáticos del género. Desde mi experiencia, sospecho que la mayorÃa de las muchachas que van a Oxford, habiéndose matado a estudiar para llegar allÃ, esperan con cierta ansiedad un poco de acoso sexual. A fin de cuentas, ¿qué es el acoso sino un término moderno de reprobación, acuñado por los puritanos de la guerra de los sexos, para designar los hechos comunes del cortejo? ¿Cómo puede un hombre llegar a algo con una mujer sin acosarla?
—Paul Johnson: Al diablo con Picasso (1996)
Otra mujer quemada por su pareja. Y van…
AquÃ, un cuento breve de Giselle Aroson.
Como suele suceder, Natalia Moret da en el clavo: su narración de algo que le pasó en Colonia llega, cala, se mete y se queda. ¿De algo que le pasó, digo? Qué sé yo. No sé si le pasó, si lo inventó; no importa: el relato, como tal, es contundente, sencillamente conmovedor. Lo que fui a hacer a Colonia.
Ya todo el mundo compartió este link en Twitter y en Facebook e imagino que por mail también, pero quiero compartirlo yo también por acá, entre otras cosas para que quede, para que no se pierda en la marejada diaria de actualizaciones. Especialmente porque tiene que ver con la continuidad, con la elaboración a través del tiempo de hechos horrosos o con su imposibilidad; porque es un texto que aspira a algo más que un asombro fugaz.
Hablo de la contratapa del Página/12 de hoy, desde donde Marta Dillon comparte con todos nosotros lo que le pasó, le pasa, a partir del hallazgo de los restos de su madre, secuestrada y asesinada durante la dictadura. Un texto notable porque si bien, como acabo de decir, se lanza hacia cierta permanencia, no tiene aspiraciones de grandeza ni de relato común. No es una epopeya, es una historia individual, común, que nos involucra por su fuerza, por lo que tiene de universal, y no porque quiera forzarnos a compartir cierto ángulo de cámara, como suele suceder en otros casos y desde diversos rincones, incluida esa misma contratapa.
“Los últimos ritos” se titula el texto de Dillon y ya desde ahà remite a lo humano más allá de las circunstancias o de la historia: toda sociedad tiene sus últimos ritos, sus entierros, sus formas de adiós y de liberación para la memoria. Desde ahÃ, nos toca a todos. Pero no renuncia a nada: la historia, las circunstancias, la polÃtica están ahÃ. DifÃcil dar cuenta en tan poco espacio de tantas cosas, y sin embargo Dillon lo logra, en un texto que convoca desde lo periodÃstico, desde lo literario, desde lo polÃtico, desde lo humano.
Razón más que suficiente para dejar aquÃ, en este pequeño espacio, un link permanente. Ojalá que el enlace permanezca también en la mente, más allá de Twitter, de Facebook, de la corriente imparable de vinculitos en azul, o en celeste, como los ojos de esa madre.