“Never rush an old man. I am from Mississippi, and I carry a knife.”
Fue uno de los varios chistes que hizo Riley “Blues Boy” King en su recital de anoche en el Luna Park. El más famoso cantante de blues del mundo mundial le pedía así a su baterista, Anthony Coleman, que apaciguara un poco su instrumento para dejarlo hablar. “Bring it down, bring it down", le dijo al batero y también al bajista, luego, y al tecladista también. Dijo que podía acuchillarlos a todos. Era un buen chiste, pero quizás también puede leerse en él el reclamo de un hombre de ochenta y cuatro años que mantiene la voz y la magia intactas pero que brindó un show con gusto a poco.
B B King pidió, en efecto, que lo dejaran hablar, y lo dejaron. Y habló. Todo el recital de anoche estuvo surcado de momentos graciosos y emotivos en los que el cantante gozó de la compañía de su público sin apresurarse. Pero, en un show de algo menos de dos horas, esto le quitó espacio a la música, y el público lo notó.
Por ejemplo, cuando, casi al principio, se refirió a su afecto por la Argentina. “I am happy to be here, but I’m sad because one of my great friends is not here anymore: Pappo", dijo B B King, y el estadio prorrumpió en aplausos y coreó el nombre del malogrado cantante. Luego haría una prolongada referencia a Chile y a Haití y pediría que todos los presentes elevaran una oración por las personas que sufrieron y sufren esas tragedias.
También hizo una referencia oscura a la guerra y a la política exterior del gobierno norteamericano, que primero fue acompañada por aplausos y luego recibió un apoyo mucho más moderado. Es que eligió empezar diciendo “I hate wars", para luego agregar: “I hate wars. But if someone breaks into your house, you do everything you have to do to end it.” No aclaró si se refería a los hogares norteamericanos o, por caso, a los iraquíes, y tal vez esa ambigüedad le evitó un momento frío.
B B King dialogó con el público, hizo varias veces referencia a su edad (fue aplaudido cada vez), les pidió a las mujeres que a la cuenta de cuatro besaran “a alguien” (había una rubia cerca que ni me miró), hizo mínimos amagues con el español e intercambió chanzas con los músicos. Y también, por supuesto, cantó. No voy a describir cómo cantó, ni cómo tocaron él y el resto de la banda, porque es imposible. Baste con decir que la performance fue magnífica. Apenas unas diez canciones, sí, y algunas de ellas incluso abreviadas, pero una performance magnífica de todas maneras. Como si hiciera falta, el blusero demostró que a los ochenta y cuatro es capaz de sacudir y conmover a un estadio completo con la fuerza nítida de su voz. Verlo y escucharlo en vivo es una experiencia de dimensión inalcanzable mediante un CD o DVD. Suena igual (prolijo, potente, fino), pero a la vez suena totalmente diferente, mucho mejor, mucho más de todo. Impagable.
Y se fue. Demasiado pronto, tal vez (según conjeturaron algunos) porque después de todo tiene ochenta y cuatro años y la performance exige mucho de él. No se notó en ningún momento, salvo cuando, en el diálogo directo con el público, ya acabado el show, se negó repetidamente con gestos elocuentes a hacer apenas un bis. “One more, one more", reclamaba la tribuna, pero no hubo caso. Era el fin y fue el fin.
Así se fue B B King, lamentando no poder quedarse un par de días más en nuestro país. ¿La última vez que lo vemos?
Gusto a poco, efectivamente. Si la mercadería no hubiera sido tan buena, habría dolido menos. Pero los que esperábamos al menos una o dos canciones más, un bis, unas sílabas apenas como cierre, nos quedamos con las ganas. Se escuchó de varias bocas un comentario sardónico ("Devolvé la guita") mientras nos escurríamos hacia la salida. Una pena, pero el balance fue absolutamente positivo. Sí, nos dio poco, pero lo que nos dio fue maravilloso y ¿quién nos lo quita? Gracias, Blues Boy.