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Échenle un vistazo a esta instantánea que acabo de tomar. Lado a lado, las tapas de Los Tigres de la Malasia y su continuación, Sandokán. Ambas obras son de Emilio Salgari y comparten personajes, ambientes, situaciones y ese pathos aventurero con que el entrañable autor italiano tiñó nuestras infancias. Era obvio que me iba a hacer de ambos libros ni bien salieran (corresponden a la última reedición de una pequeña parte de la colección Robin Hood, de la vieja editorial El Molino).
Todo bien, todo muy lindo, muy emotivo. Pero… pero…
… ¿no lo notan un poco amariposado a Sandokán en la tapa del segundo volumen?
Cuando era chico conocí las aventuras de los piratas malayos a través de una serie de fascículos que alternaban texto y viñetas a color (bajo el título conjunto de Los Tigres de la Malasia) y, luego, leí Sandokán en la versión publicada por, si mal no recuerdo, la Biblioteca Billiken. En los dibujos de los fascículos y en la tapa del libro el líder de los piratas estaba dibujado con la misma indumentaria: algo como lo que se ve en la foto en la versión de la izquierda, pero en rojo. Ambas versiones, independientes, coincidían: el atuendo de Sandokán era amplio, de largos faldones, ornamentado, pero definitivamente masculino.
Ahora, lo que está en la tapa de esta edición de Sandokán… eso es un vestido de mujer. Un vestido floreado, de chica, con faja y todo. No me digan que no.
Al pirata Rodríguez NUNCA le va a pasar. Lo prometo.
A veces el Día del Periodista pasa sin pena ni gloria. Otras, sin embargo, ocurre algo que justifica o provoca la reflexión sobre lo que significa, no el día, sino la profesión, esta profesión que hemos elegido quién sabe por qué o para qué y que a veces, no siempre ni demasiado, se parece a lo que creíamos que era antes de meternos en el baile. Una de esas veces fue hace tres años, cuando la muerte de Bernardo Neustadt trajo a colación (para quien quisiera pensar en ello) el tema del papel de los periodistas en la esfera pública/política y su variación en las últimas décadas, entre sus años de estrellato y su ocaso definitivo.
Ahora no murió nadie (nadie que resulte relevante para esta discusión, quiero decir, y que yo sepa), pero llegamos al 7 de junio en medio de dos debates que tienen mucho que ver con el papel de los medios en general y de la prensa en particular, con los posicionamientos de los periodistas, con su relación con las empresas que los emplean y con el Estado, que también emplea a algunos. Uno de esos debates ya está dando sus coletazos finales y es el que se generó con la visita de Beatriz Sarlo al programa televisivo oficialista 6 7 8. El otro, el virulento cruce de acusaciones entre dos figuras señeras de la profesión periodística en la Argentina, como lo son Eduardo Aliverti y Jorge Lanata, otrora compañeros y aliados ideológicos, hoy (por lo que se ve) enemigos acérrimos. Que se inscribe, a su vez, en la discusión sobre el tratamiento que los grandes medios le están dando al escándalo por las denuncias de corrupción en contra de Sergio Schoklender en su papel de apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.
Del mutuo pase de facturas no voy a hablar, pero sí conviene anotar su existencia: no es habitual que dos referentes históricos del periodismo vernáculo se fustiguen a través de los medios masivos en forma tan agresiva (la cosa no es de ahora, por cierto). Tanto en el cruce Sarlo/Barone como en la batalla Lanata/Aliverti salen a relucir pasados imperfectos, traiciones, reacomodamientos, omisiones culposas en los curriculums. No importa el contenido específico de lo que esta gente se acusa de haber hecho o no hecho en tales y tales años, pero sí las nociones que subyacen a tales enfrentamientos. Porque para que puedan darse, para que puedan ser reproducidos y amplificados y tomados como objeto de debate serio, tienen que apoyarse en ciertos presupuestos, y esos presupuestos también deberían ser sometidos a juicio.
Late, primero, en el fondo de estas acusaciones la noción de que un periodista es un ser capaz de decidir serenamente y sin ningún tipo de condicionamientos dónde va a trabajar y para quién. Sólo así puede sostenerse con cierto asomo de contundencia, como si se hubiera sorprendido al otro en una falta, la frase “vos estuviste en tal diario en tal año". Para que esto sea una falta tiene que estar la posibilidad cierta, racional, de optar por un medio u otro según los propios intereses y la propia inclinación ideológica. La imagen que conjuran estos entredichos es la de un profesional que no necesita un trabajo con urgencia, que puede permitirse esperar hasta que el menú de ofertas laborales sea de su agrado; la de un trabajador privilegiado, capaz de anteponer la elección de jefes y compañeros al pago del alquiler, el gas y las expensas.
Son pamplinas, por supuesto. Un tornero no elige en qué fábrica trabajar: entra donde lo tomen, porque respondió a un aviso clasificado o porque un amigo suyo trabaja ahí o porque conoce al dueño de la empresa o por lo que sea. Un maestro recién recibido no especifica a qué escuela quiere ir a dar clases: se presenta a concursos y actos públicos y es feliz si logra tomar las horas disponibles en alguna que no le quede demasiado lejos. Ningún analista de sistemas anda pispeando los sistemas de diferentes empresas y luego decide de cuáles se va a hacer cargo. ¿Por qué debería ser diferente con los periodistas? Un periodista trabaja en el medio en el que consigue trabajo. Así es al menos hasta que el talento, el trabajo duro y la suerte le permitan hacerse un nombre propio y rechazar las ofertas laborales que no le interesen en favor de los trabajos en los que sí se sienta cómodo. Como en cualquier otra profesión, bah. Parece mentira que haya que andar aclarando esto.
De esta realidad (de que el periodista es un asalariado sometido a las reglas del mercado de trabajo, como cualquier otro) se desprenden varios corolarios, la mayoría de los cuales son obvios y no los voy a mencionar. Uno de ellos es que la ideología de un periodista no tiene por qué coincidir con la línea editorial del medio en el que trabaja. De hecho, es muy habitual que los periodistas pasen de una empresa a otra, y en estos pases no juega para nada el factor ideológico: hay quien pasa de un diario afín al gobierno a otro que es fuertemente crítico, o a la inversa; quien hace carrera en la televisión privada y luego desembarca en la estatal; y hay trayectorias que vuelven, años de trabajo en un medio de clara tendencia izquierdista, luego una etapa en un diario conservador, y una vez más a los medios progresistas. Es lo más natural del mundo.
No. Lo que debe leerse en las estocadas de Barone a Sarlo o de Aliverti a Lanata, y viceversa en ambos casos, es la comprobación de que no tienen sentido. No lo tienen, por cierto, cuando se les buscan “pecados” de juventud: los diarios o canales en que trabajaron cuando eran licenciados recientes y totalmente desconocidos. Sí, tal vez, cuando se refieren a las opciones que han tomado últimamente, ahora que todos son grandes nombres y pueden darse el lujo de decir “Ahí no voy".
Pero hay más. Porque lo que ahora se está discutiendo abiertamente en la televisión, y también en el resto de los medios masivos, es la cuestión del posicionamiento político de los periodistas. ¿Está bien o mal que se expliciten las propias posiciones políticas? ¿Hasta qué punto trabajar en determinado lugar condiciona la visión de la realidad? ¿Es deseable la objetividad? ¿Es posible? ¿Se puede uno mantener neutral, frío, alejado de los hechos? (Aliverti diría que sí, salvo en ocasiones excepcionales en que uno debe hacerse cargo de sus entrañas, movidas por la revulsión, y éste es uno de esos casos. El problema es que lo dice siempre. O, mejor dicho, cada vez que quiere atacar a un colega. En ese momento utiliza su asco, su indignación moral, para descalificar al otro. Niega que sea posible asumir un lugar de santidad, pero en la práctica lo asume y demoniza a los demás: no somos, dice en referencia a sí mismo, la misma mierda que ellos. A esto ha llegado esa mente preclara. Es el nivel de argumentación que maneja.) Esta discusión se da ahora en la esfera pública amplia, no se limita a la academia y a los círculos que rodean estrechamente a la profesión: todo el mundo opina de esto, sabe al menos de qué se trata, y eso es saludable.
No es eso lo que preocupa aquí. Lo que preocupa, lo que más debería preocuparnos a nosotros, pobres periodistas sometidos a todos los vaivenes habidos y por haber (políticos, económicos, culturales, incluso a los vaivenes semanales de la opinión pública y el rating), es que, aun cuando estas discusiones sean saludables, ocurren a destiempo. El debate sobre el rol de los medios y los periodistas se da, por un lado, en momentos en que la esfera de la comunicación pública ha estallado en un millón de fragmentos (blogs, microblogs, pequeños medios digitales), y, por el otro, en una época de declive muy marcado en el interés por todo lo que se ubica fuera del espectáculo. El resultado es que el concepto de “noticia” se ha vuelto relativo y los estándares de la profesión periodística (no sólo los éticos, sino también los de calidad o excelencia) se aplican sólo a un pequeño subconjunto, cada vez más reducido, de la información reclamada por un público poco fiel. Por tanto, estos cruces acalorados se plantean en términos de espectáculo, no son vistos por la mayoría como algo “realmente” importante. Finalmente, se trata sólo de periodistas, de tipos que se arrogan el dominio de la verdad cuando tal cosa (dicen, errados) no existe.
El mayor problema de la prensa hoy, la nube más negra en el horizonte, no es la presión del Estado ni la autocensura ni la condición comercial de los medios, sino el fantasma de la irrelevancia. Vivimos en un mundo que ya no nos reclama. Pronto desapareceremos, y no está claro que algo bueno vaya a ocupar nuestro lugar.
Hasta entonces, y mientras duremos, feliz día, colegas.
Para muchos teóricos, Celebrityland es un lugar de juego y de esparcimiento al que sus públicos recurren pero en el que no creen. En un sentido esto es así: el público tiene una vida y pueda (sic) comprobar que en ella no rigen las reglas que acepta para la televisión que mira unas cuantas horas por día simplemente para distraerse. Pero en otro sentido, Celebrityland tiene influencia. En primer lugar, porque ese tipo de esparcimiento lúdico habla de sus consumidores y de las destrezas que poseen o están dispuestos a comprometer tanto en el ocio como en otro tipo de actividades.
En segundo lugar, porque el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades, las preferencias, los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples. Celebrityland mantiene abierta una gigantesca escuela de aprendizajes y lo que se aprende allí luego no se emplea sólo en ese ámbito hechizado, no concierne sólo a sus estrellas aristocráticas o plebeyas ni a sus súbditos y seguidores. Como un campo magnético, expande su zona de influencia a casi todo lo que sucede en otras esferas. La política, por supuesto, también la política.
En tercer lugar porque, y aquí voy al centro de la cuestión que me interesa ahora, es un modelo que pesa sobre la política hasta un punto que muchos políticos son casi únicamente celebrities (para riqueza y provecho de sus asesores de imagen).
—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010
Ha habido quienes, en el debate producido en la emisión del 24 de mayo del programa televisivo oficialista 6 7 8 (sobre el que ya he escrito algo, como todo el mundo), creyeron ver en algunas de las cosas que dijo Beatriz Sarlo la afirmación de que los medios “no influyen en la opinión pública” o, peor, de que “no influyen en la sociedad". Digo “creyeron ver” pero en algunos casos sería más apropiado decir “eligieron ver", ya que he comprobado, a través de la discusión vía Twitter con un puñado de periodistas profesionales (uno de ellos “columnista político” de la cadena CN23), que lo que dijo Sarlo es mal citado adrede, a través de un proceso de “interpretación” (estoy siendo amable) basado en lo que conocen de Sarlo y las intenciones que le atribuyen.
Por cierto, las citas textuales de lo que dijo en el programa están acá y el video relevante es éste. Cualquiera que le preste la mínima atención a lo que Sarlo efectivamente dijo sabe que no dijo que los medios no influyen en la sociedad. Para “interpretar” eso hay que suponer: primero, que la única forma de influencia es la incidencia política; segundo, que la influencia sólo puede ser permanente y cotidiana; y tercero, que “a veces inciden y a veces no” significa “no inciden nunca".
Por si hacía falta, sin embargo, aporto esta cita del último libro de Sarlo, el que acababa de publicar cuando fue invitada a 6 7 8, el programa al que le dedica un capítulo entero. Lo hago, no porque sea intelectualmente novedoso ni particularmente interesante, sino como una prueba adicional de que pensar que Sarlo cree que los medios no influyen en la sociedad es una pavada absoluta.
Me retiro.
Beatriz Sarlo estuvo anoche en el piso de Canal 7 para participar de 6 7 8, la avanzada catódica del gobierno nacional. La visita de Sarlo fue muy anticipada y generó un torbellino de reacciones en Twitter a medida que transcurría el programa.
Para los que no lo hayan visto:
Aquí, nueve notas sueltas sobre lo que pasó ahí. Otra vez ofrezco observaciones laterales, fragmentarias, ya que es mucho lo que se ha escrito antes y después del debate y no me parece necesario repetir lo que ya se ha dicho en demasía.
Es una postura muy habitual. A mí me parece errónea. Así lo dije en algunos comentarios al primer post mencionado y, ya que voy a repetir argumentos, mejor copio y pego acá las partes relevantes, es decir, me autocito:
Lo que cuestiono es justamente esa idea de que prestarse al debate es dar pábulo, “dar prensa” al oponente. Es como si Sarlo ya hubiera perdido antes de abrir la boca; como si todo lo que pudiera decir, todo lo rico y complejo que pueda surgir de esa discusión, quedara anulado por una especie de sensación general y muy básica de que su mera presencia “legitima” algo. Es una noción achatadora, pobre (…) Usé “dar prensa” en el sentido más general en que se entiende esta frase: dar lugar a cierto discurso desde un espacio que se considera legítimo, socialmente funcional. (…) Esta noción impugna de entrada todo resultado propio del debate en sí, toda chispa que pueda encender en el pensamiento, toda sinapsis nueva que pueda surgir de él. (…) Es como si todo terminara en el momento en que Sarlo se sienta en la silla de los invitados y es presentada al aire. Qué forma de subestimar el poder de las palabras y las ideas.
¿Por qué no iba a ser justamente 678 un lugar de diálogo? Los debates políticos (o de cualquier otro tipo) no tienen lugar nunca en un espacio etéreo y balanceado, no hay quien alise perfectamente la cancha antes del match: los debates realmente existentes se ubican siempre en un campo desnivelado, en el territorio de alguien. Corolario: siempre se producen utilidades laterales al centro del debate, siempre hay usos que tienen que ver con la legitimación, el prestigio, el balance de fuerzas. Pero esto no los invalida. Sarlo podrá hacer aportes a pesar de la utilización de su presencia, así como Barone, pongamos por caso, podrá encontrarle alguna fisura y aportar también cosas interesantes. Luego estas cosas podrán ser recordadas, podrá haber rebotes visibles o invisibles, etc.
En fin, si Sarlo fuera a otro ámbito diferente de 678 podría estar más cómoda y evitar esta utilización que señalás, pero también se perdería de llegar directamente, sin filtros, al público de 678. El precio de llegar al otro es acercarse lo suficiente, ponerse a tiro.

Sarlo es televisiva. Es la más televisiva de las personas que anoche poblaban el estudio de 6 7 8. Ni los avezados Orlando Barone y Sandra Russo, ni el conductor Galende, ni los humoristas Barragán y Cabito (cuya función sería justamente introducir espontaneidad, descontracturar, televisivizar un programa que al fin y al cabo es de ideas y tiene un núcleo árido), ni los invitados Forster y Mariotto ni mucho menos la pobre Nora Veiras lograron compensar la presencia en cámara de la antagonista. El caso de Veiras (repito: pobre) es notable, porque su intervención, temblorosa, vacilante, casi tartamudeante, fue la única que logró desacomodar a Sarlo y obligarla a pilotear la respuesta a una acusación que fisuraba su credibilidad. Yo no sé si Sarlo dijo la verdad o mintió al afirmar que lo que Veiras leyó en la revista Debate no fue lo que ella dijo, pero sí sé que la imputación (aun carente de peso real, porque en todo caso se hubiera tratado de encontrarle a la invitada una falla menor, de sorprenderla en un renuncio) debió haber sido un mazazo en cámara, un punto indiscutible para el programa, y sin embargo todo se resolvió en un duelo de actuaciones del que Sarlo salió airosa, mientras que su interlocutora cedía implícitamente el derecho a la palabra por su indecisión y su falta de timing.
Por eso no me sorprende el papel que Mariotto hizo en el debate de anoche. Su papel fue defender hasta la hipérbole las acciones del gobierno nacional, y en el proceso olvidó casi todo el contenido de los textos sobre teoría de la comunicación que se ven en primer y segundo año de la facultad que tuvo a su cargo, optando por pintar a los mass media según la óptica de una teoría en particular, la hipodérmica, que ya ha sido suficientemente superada. Sarlo se lo hizo notar, pero no hubo caso: para Mariotto, para el gobierno, los medios son dueños de una capacidad inmediata y absoluta de influir sobre los cerebros del público, de ahí que se los demonice tanto. Elementalidad, falta de matices, apelaciones a lo popular y a lo emotivo ("Rodolfo Walsh está en el corazón de todos"). Nada nuevo, en fin.

Yo más bien creo que vos has asumido un posicionamiento, absolutamente válido desde tu mirada, que lee esta época desde una perspectiva que lleva la forma, en general, de la artificialidad, la impostura, la ficcionalización, la herencia bajo nuevos formatos mediáticos de lo que era la trama menemista.
En mi barrio, eso es piña. Sarlo rechazó la acusación ("Nunca fui partidaria de Baudrillard"), pero lo que estaba dicho estaba dicho. Sin embargo, no hay ahí demasiada profundidad. Lo que creo que manejó bien Forster, además del lenguaje, es el clima: cada una de sus intervenciones fue calma y trajo calma al ambiente, aun cuando estaba diciendo esas cosas terribles. Incluso sus protestas ("Beatriz, te aseguro que he leído tu libro con mucha atención") fueron moderadas, caballerosas.
Por otra parte, a Forster se lo notaba como obligado a constreñirse a cierto discurso, y hacia el final de la emisión había descendido a la mera reproducción de la jerga política cotidiana. Una pena. A mí me habría gustado que Mariotto no estuviera y que Forster y Sarlo hubieran podido trenzarse un poco más; para eso habría hecho falta, sin embargo, que Forster se despojara un poco de su corset cartabiertista y se animara a encajar alguna crítica al kirchnerismo, porque se le pueden hacer muchas.
Esta diversidad de interpretaciones abona la lectura del crítico sanclementino, por cierto: parecería que los kirchneristas han obtenido un triunfo más allá de todo lo que se dijo en las dos horas de charla, o al menos así lo ven. Yo sólo puedo insistir en que lo que había de este lado de la pantalla eran miles, decenas o cientos de miles de cerebros, y que mucho de lo que se dijo ahí puede haber abierto ojos, establecido sinapsis, ligado cabos mentales en un sentido u otro. Reafirmo que los debates están para darlos, no para eludirlos. Los usos de lo que ocurrió anoche se han puesto en marcha de inmediato, pero sus resultados profundos, lo que implica para el pensamiento, son invisibles, como sucede habitualmente con las operaciones de la dialéctica y la razón.
ACTUALIZACIÓN: Un apunte adicional acerca de lo que Sarlo dijo/no dijo sobre la influencia de los medios.
28 de abril de 2011: Sergio Olguín, editor de Cultura de El Guardián, acompaña la “retractación” de Juan Terranova con un recuadro firmado en el que se niega a ceder a las demandas de la artista de stand-up Inti María Tidball-Binz.
Por otra parte, es importante aclarar que los periodistas de este medio gozamos de libertad para expresar nuestras ideas, equivocadas o no. Despedir a un periodista, por más guarango, amenazante o equivocado que sea es un procedimiento que se contradice con los principios básicos de la libertad de expresión. Ningún periodista de este medio ni de ningún otro se quiere sentir intimidado porque una organización internacional reclame despidos.
3 de mayo de 2011: El Guardián despide a Juan Terranova.
El martes de esta semana me reuní con Olguín y Daniel Capalbo, director de la revista, y entre los tres decidimos que mi columna se discontinuara para evitar que Hollaback/Atrevete siguiera presionando a los anunciantes, ya que esto ponía en peligro la totalidad del proyecto editorial.
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