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Categoría: ética

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07.06.11

Permalink 23:50:00, por Sebastián Lalaurette Email , 1489 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, blogoverso, medios, política, periodismo, periodistas, orbitando

Feliz día, a pesar de todo

A veces el Día del Periodista pasa sin pena ni gloria. Otras, sin embargo, ocurre algo que justifica o provoca la reflexión sobre lo que significa, no el día, sino la profesión, esta profesión que hemos elegido quién sabe por qué o para qué y que a veces, no siempre ni demasiado, se parece a lo que creíamos que era antes de meternos en el baile. Una de esas veces fue hace tres años, cuando la muerte de Bernardo Neustadt trajo a colación (para quien quisiera pensar en ello) el tema del papel de los periodistas en la esfera pública/política y su variación en las últimas décadas, entre sus años de estrellato y su ocaso definitivo.

Ahora no murió nadie (nadie que resulte relevante para esta discusión, quiero decir, y que yo sepa), pero llegamos al 7 de junio en medio de dos debates que tienen mucho que ver con el papel de los medios en general y de la prensa en particular, con los posicionamientos de los periodistas, con su relación con las empresas que los emplean y con el Estado, que también emplea a algunos. Uno de esos debates ya está dando sus coletazos finales y es el que se generó con la visita de Beatriz Sarlo al programa televisivo oficialista 6 7 8. El otro, el virulento cruce de acusaciones entre dos figuras señeras de la profesión periodística en la Argentina, como lo son Eduardo Aliverti y Jorge Lanata, otrora compañeros y aliados ideológicos, hoy (por lo que se ve) enemigos acérrimos. Que se inscribe, a su vez, en la discusión sobre el tratamiento que los grandes medios le están dando al escándalo por las denuncias de corrupción en contra de Sergio Schoklender en su papel de apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.

Del mutuo pase de facturas no voy a hablar, pero sí conviene anotar su existencia: no es habitual que dos referentes históricos del periodismo vernáculo se fustiguen a través de los medios masivos en forma tan agresiva (la cosa no es de ahora, por cierto). Tanto en el cruce Sarlo/Barone como en la batalla Lanata/Aliverti salen a relucir pasados imperfectos, traiciones, reacomodamientos, omisiones culposas en los curriculums. No importa el contenido específico de lo que esta gente se acusa de haber hecho o no hecho en tales y tales años, pero sí las nociones que subyacen a tales enfrentamientos. Porque para que puedan darse, para que puedan ser reproducidos y amplificados y tomados como objeto de debate serio, tienen que apoyarse en ciertos presupuestos, y esos presupuestos también deberían ser sometidos a juicio.

Late, primero, en el fondo de estas acusaciones la noción de que un periodista es un ser capaz de decidir serenamente y sin ningún tipo de condicionamientos dónde va a trabajar y para quién. Sólo así puede sostenerse con cierto asomo de contundencia, como si se hubiera sorprendido al otro en una falta, la frase “vos estuviste en tal diario en tal año". Para que esto sea una falta tiene que estar la posibilidad cierta, racional, de optar por un medio u otro según los propios intereses y la propia inclinación ideológica. La imagen que conjuran estos entredichos es la de un profesional que no necesita un trabajo con urgencia, que puede permitirse esperar hasta que el menú de ofertas laborales sea de su agrado; la de un trabajador privilegiado, capaz de anteponer la elección de jefes y compañeros al pago del alquiler, el gas y las expensas.

Son pamplinas, por supuesto. Un tornero no elige en qué fábrica trabajar: entra donde lo tomen, porque respondió a un aviso clasificado o porque un amigo suyo trabaja ahí o porque conoce al dueño de la empresa o por lo que sea. Un maestro recién recibido no especifica a qué escuela quiere ir a dar clases: se presenta a concursos y actos públicos y es feliz si logra tomar las horas disponibles en alguna que no le quede demasiado lejos. Ningún analista de sistemas anda pispeando los sistemas de diferentes empresas y luego decide de cuáles se va a hacer cargo. ¿Por qué debería ser diferente con los periodistas? Un periodista trabaja en el medio en el que consigue trabajo. Así es al menos hasta que el talento, el trabajo duro y la suerte le permitan hacerse un nombre propio y rechazar las ofertas laborales que no le interesen en favor de los trabajos en los que sí se sienta cómodo. Como en cualquier otra profesión, bah. Parece mentira que haya que andar aclarando esto.

De esta realidad (de que el periodista es un asalariado sometido a las reglas del mercado de trabajo, como cualquier otro) se desprenden varios corolarios, la mayoría de los cuales son obvios y no los voy a mencionar. Uno de ellos es que la ideología de un periodista no tiene por qué coincidir con la línea editorial del medio en el que trabaja. De hecho, es muy habitual que los periodistas pasen de una empresa a otra, y en estos pases no juega para nada el factor ideológico: hay quien pasa de un diario afín al gobierno a otro que es fuertemente crítico, o a la inversa; quien hace carrera en la televisión privada y luego desembarca en la estatal; y hay trayectorias que vuelven, años de trabajo en un medio de clara tendencia izquierdista, luego una etapa en un diario conservador, y una vez más a los medios progresistas. Es lo más natural del mundo.

No. Lo que debe leerse en las estocadas de Barone a Sarlo o de Aliverti a Lanata, y viceversa en ambos casos, es la comprobación de que no tienen sentido. No lo tienen, por cierto, cuando se les buscan “pecados” de juventud: los diarios o canales en que trabajaron cuando eran licenciados recientes y totalmente desconocidos. Sí, tal vez, cuando se refieren a las opciones que han tomado últimamente, ahora que todos son grandes nombres y pueden darse el lujo de decir “Ahí no voy".

Pero hay más. Porque lo que ahora se está discutiendo abiertamente en la televisión, y también en el resto de los medios masivos, es la cuestión del posicionamiento político de los periodistas. ¿Está bien o mal que se expliciten las propias posiciones políticas? ¿Hasta qué punto trabajar en determinado lugar condiciona la visión de la realidad? ¿Es deseable la objetividad? ¿Es posible? ¿Se puede uno mantener neutral, frío, alejado de los hechos? (Aliverti diría que sí, salvo en ocasiones excepcionales en que uno debe hacerse cargo de sus entrañas, movidas por la revulsión, y éste es uno de esos casos. El problema es que lo dice siempre. O, mejor dicho, cada vez que quiere atacar a un colega. En ese momento utiliza su asco, su indignación moral, para descalificar al otro. Niega que sea posible asumir un lugar de santidad, pero en la práctica lo asume y demoniza a los demás: no somos, dice en referencia a sí mismo, la misma mierda que ellos. A esto ha llegado esa mente preclara. Es el nivel de argumentación que maneja.) Esta discusión se da ahora en la esfera pública amplia, no se limita a la academia y a los círculos que rodean estrechamente a la profesión: todo el mundo opina de esto, sabe al menos de qué se trata, y eso es saludable.

No es eso lo que preocupa aquí. Lo que preocupa, lo que más debería preocuparnos a nosotros, pobres periodistas sometidos a todos los vaivenes habidos y por haber (políticos, económicos, culturales, incluso a los vaivenes semanales de la opinión pública y el rating), es que, aun cuando estas discusiones sean saludables, ocurren a destiempo. El debate sobre el rol de los medios y los periodistas se da, por un lado, en momentos en que la esfera de la comunicación pública ha estallado en un millón de fragmentos (blogs, microblogs, pequeños medios digitales), y, por el otro, en una época de declive muy marcado en el interés por todo lo que se ubica fuera del espectáculo. El resultado es que el concepto de “noticia” se ha vuelto relativo y los estándares de la profesión periodística (no sólo los éticos, sino también los de calidad o excelencia) se aplican sólo a un pequeño subconjunto, cada vez más reducido, de la información reclamada por un público poco fiel. Por tanto, estos cruces acalorados se plantean en términos de espectáculo, no son vistos por la mayoría como algo “realmente” importante. Finalmente, se trata sólo de periodistas, de tipos que se arrogan el dominio de la verdad cuando tal cosa (dicen, errados) no existe.

El mayor problema de la prensa hoy, la nube más negra en el horizonte, no es la presión del Estado ni la autocensura ni la condición comercial de los medios, sino el fantasma de la irrelevancia. Vivimos en un mundo que ya no nos reclama. Pronto desapareceremos, y no está claro que algo bueno vaya a ocupar nuestro lugar.

Hasta entonces, y mientras duremos, feliz día, colegas.

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01.06.11

Permalink 19:13:00, por Sebastián Lalaurette Email , 529 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, política, TV, pensamiento

Sarlo y la influencia de los medios

Para muchos teóricos, Celebrityland es un lugar de juego y de esparcimiento al que sus públicos recurren pero en el que no creen. En un sentido esto es así: el público tiene una vida y pueda (sic) comprobar que en ella no rigen las reglas que acepta para la televisión que mira unas cuantas horas por día simplemente para distraerse. Pero en otro sentido, Celebrityland tiene influencia. En primer lugar, porque ese tipo de esparcimiento lúdico habla de sus consumidores y de las destrezas que poseen o están dispuestos a comprometer tanto en el ocio como en otro tipo de actividades.

En segundo lugar, porque el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades, las preferencias, los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples. Celebrityland mantiene abierta una gigantesca escuela de aprendizajes y lo que se aprende allí luego no se emplea sólo en ese ámbito hechizado, no concierne sólo a sus estrellas aristocráticas o plebeyas ni a sus súbditos y seguidores. Como un campo magnético, expande su zona de influencia a casi todo lo que sucede en otras esferas. La política, por supuesto, también la política.

En tercer lugar porque, y aquí voy al centro de la cuestión que me interesa ahora, es un modelo que pesa sobre la política hasta un punto que muchos políticos son casi únicamente celebrities (para riqueza y provecho de sus asesores de imagen).

—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010

Ha habido quienes, en el debate producido en la emisión del 24 de mayo del programa televisivo oficialista 6 7 8 (sobre el que ya he escrito algo, como todo el mundo), creyeron ver en algunas de las cosas que dijo Beatriz Sarlo la afirmación de que los medios “no influyen en la opinión pública” o, peor, de que “no influyen en la sociedad". Digo “creyeron ver” pero en algunos casos sería más apropiado decir “eligieron ver", ya que he comprobado, a través de la discusión vía Twitter con un puñado de periodistas profesionales (uno de ellos “columnista político” de la cadena CN23), que lo que dijo Sarlo es mal citado adrede, a través de un proceso de “interpretación” (estoy siendo amable) basado en lo que conocen de Sarlo y las intenciones que le atribuyen.

Por cierto, las citas textuales de lo que dijo en el programa están acá y el video relevante es éste. Cualquiera que le preste la mínima atención a lo que Sarlo efectivamente dijo sabe que no dijo que los medios no influyen en la sociedad. Para “interpretar” eso hay que suponer: primero, que la única forma de influencia es la incidencia política; segundo, que la influencia sólo puede ser permanente y cotidiana; y tercero, que “a veces inciden y a veces no” significa “no inciden nunca".

Por si hacía falta, sin embargo, aporto esta cita del último libro de Sarlo, el que acababa de publicar cuando fue invitada a 6 7 8, el programa al que le dedica un capítulo entero. Lo hago, no porque sea intelectualmente novedoso ni particularmente interesante, sino como una prueba adicional de que pensar que Sarlo cree que los medios no influyen en la sociedad es una pavada absoluta.

Me retiro.

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05.05.11

Permalink 12:01:00, por Sebastián Lalaurette Email , 162 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, medios, periodistas

The Incredible Toad-Swallowing Man

28 de abril de 2011: Sergio Olguín, editor de Cultura de El Guardián, acompaña la “retractación” de Juan Terranova con un recuadro firmado en el que se niega a ceder a las demandas de la artista de stand-up Inti María Tidball-Binz.

Por otra parte, es importante aclarar que los periodistas de este medio gozamos de libertad para expresar nuestras ideas, equivocadas o no. Despedir a un periodista, por más guarango, amenazante o equivocado que sea es un procedimiento que se contradice con los principios básicos de la libertad de expresión. Ningún periodista de este medio ni de ningún otro se quiere sentir intimidado porque una organización internacional reclame despidos.

3 de mayo de 2011: El Guardián despide a Juan Terranova.

El martes de esta semana me reuní con Olguín y Daniel Capalbo, director de la revista, y entre los tres decidimos que mi columna se discontinuara para evitar que Hollaback/Atrevete siguiera presionando a los anunciantes, ya que esto ponía en peligro la totalidad del proyecto editorial.

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23.04.11

Permalink 19:25:00, por Sebastián Lalaurette Email , 2461 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, blogoverso, medios, escritores, periodistas, ley, sociedad

Diez observaciones sobre el affaire Terranova/Hollaback

ATENCIÓN: Este post incluye lenguaje soez. Quien se sienta molesto por eso está invitado a detener la lectura en este punto. Gracias.

Ya todos saben*de qué se trata, me parece, pero por las dudas les dejo el link a este post de Facundo Falduto en el que resume sencillamente lo que pasó. Por comodidad les dejo también otros cuatro links básicos:

Ahí están los elementos fundantes del Piropogate (o Pijazogate, para los más rebeldones), así que ya estamos básicamente en la misma página. En la blogosfera hubo todo tipo de reacciones y este post es una más, tardía sin duda: siempre llego último a los debates. La ventaja de eso es que uno puede obviar todos los argumentos ya meneados hasta el cansancio y limitarse a enfatizar lo que no se ha dicho o se ha dicho poco. Que es exactamente el punto de mira de los tentativos párrafos que siguen. Sobras de debate, podríamos llamarlos: restos de un festín de notas, comments y mails. No más que eso.

1.

Terra no va a violar a Inti María Tidball-Binz. No se lo propone, no lo propuso en su columna, y la denuncia de la delegada de Hollaback en Buenos Aires es una deformación transparente de la irónica expresión de deseos del final de la columna de El Guardián. Una operación cínica, teniendo en cuenta que la acusación de Inti ("Terranova hizo amenazas explícitas de violación") es una mentira evidente. No: la idea era aprovechar la volada, colgarse de la pose provocadora de ese periodista/escritor para devolverle el golpe, como un karateca que utiliza la fuerza de su oponente para derribarlo. Se me ocurre una imagen extremadamente gráfica para ilustrar este caso particular, pero no quiero excederme en el mal gusto.

Ah, por cierto:

Nadie dentro de Atrévete/Hollaback sugiere (ni sugerirá) que el acoso verbal con connotación sexual y la violación son términos intercambiables.

2.

Impera la idea de que, mientras que la literatura puede y debe hendir la delgada capa de civilidad del mundo, perforar para mostrar, tajear para dejar pasar la luz, el periodismo debe ser inocuo. Pero esta idea no tiene justificación. Toda la parafernalia que rodea a la profesión periodística (códigos éticos, normas de estilo, mecanismos de cita y consulta, nociones de profesionalismo y excelencia) está ahí para que la herramienta sea más precisa y más contundente; no para atenuar sus efectos, sino para lo contrario. Una crítica recurrente al “pijazo” terranoviano es la de que, como escritor, dentro del marco de la ficción, puede hacer las consideraciones que quiera, pero cuando escribe sobre la realidad, cuando está en función periodística, debe moderarse. Decirle esto a Terranova, decirle que sea un periodista (es decir, que sea un chico bueno), es desnaturalizar la profesión periodística, acorralarla. Un periodista no es un buen chico: es un chico malo que descubre lo que estaba oculto, lo oscuro, lo incómodo, y se lo muestra a todo el mundo. (Y no porque sea un esclarecido, una Casandra moderna, sino porque la sociedad lo puso ahí para que haga ese trabajo.) En este sentido, y en vista de toda la tinta virtual que ha corrido, la columna de Terra de ninguna manera puede ser considerada un fracaso.

3.

A veces el periodismo no ayuda, por cierto. El abecé de la profesión indica que cuando uno entrecomilla lo que dijo o escribió determinada fuente debe procurar que la cita sea fidedigna, no sólo en su literalidad sino en el respeto al sentido del original. El principio es ético: condena la descontextualización tramposa, el uso del recorte para deformar lo que la fuente quiso decir. Mariana Carbajal se mira en ese principio, lo acorrala contra la pared, le asesta varias puñaladas (suponemos que pijazos no) y lo deja tirado en una zanja para que se desangre:

Dos firmas internacionales decidieron retirar su pauta publicitaria de la revista El Guardián, propiedad del ex banquero menemista Raúl Moneta, luego de que uno de sus periodistas se expresara en una columna semanal en términos ofensivos contra una activista que promueve una campaña para oponerse al acoso callejero y los piropos ofensivos. “Me encantaría romperle el argumento a pijazos”, escribió. En su blog personal fue aún más explícito.

No. Lo que dice Terranova, en contexto, es:

Termino así con un deseo para este 2011: encontrar a Inti María Tidball-Binz en un vernisage, tomar juntos una copa y luego decirle que me encantaría romperle el argumento a pijazos. Salud.

Decir media verdad es mentir. Entiendo que la colega esté de acuerdo con la campaña de Hollaback (lo había demostrado en una nota anterior en la que las opiniones divergentes ocupaban un lugar muy pequeño hacia el final, casi descolgadas del artículo), pero una cosa es la subjetividad y otra la alteración maliciosa del sentido de lo que se cita. Nuevamente: esto no hace más hiriente la herramienta, sino que la vuelve roma, imperfecta, en definitiva la degrada. El artículo de Carbajal tiene mucha menos fuerza por esto.

(¿Tengo que explicar por qué lo que escribió Terra no es lo que cita Carbajal ni la amenaza explícita de violación que denuncia Tidball-Binz? Ah, me parecía.)

NOTA: Tal como lo señala Carolina en uno de los comentarios a este post, la había pifiado con la cita y había puesto un fragmento de la columna de Elsa Drucaroff, mencionada más abajo, en lugar del párrafo de la nota de Carbajal a la que apunta el link (que sí era correcto). Como se ve, la descontextualización es la misma: hubo un error en el copy/paste, pero mi argumento se sostiene.

4.

La espectacular patinada de Elsa Drucaroff, una persona acostumbrada a producir piezas intelectuales sólidas y ricas, es uno de los aspectos más tristes de todo este asunto. Ya se ha discutido bastante su columna, que publicó hace unos días en Facebook y ahora reproduce parcialmente Página/12, el diario que fogoneó el emprendimiento de Tidball-Binz y siguió la evolución del Piropogate, de manera que no voy a diseccionar su pobre argumentación, los cuestionables presupuestos que la sostienen y la impresión de fondo sobre la que se recorta. Pero quiero enfocar la mirada en las últimas líneas, las que no han sido blanco de críticas y a mí, sin embargo, me parecen a la vez patéticas y reveladoras:

Pero claro, en el caso que nos ocupa no se trata de militantes, ni de guerrilleros o guerrilleras, ni de judíos o judías, ni de negr@s. Acá se trata de mujeres que encima son feministas. Y sobre las mujeres (ni qué decir sobre las feministas) hay quienes creen todavía que pueden escribir cualquier cosa.

¿Puede? ¡No! ¡Podía! ¡Ya no! Ahora el que lo hace, lo paga. Yo lo celebro y llamo a mis hermanas y a los hombres sensibles, pensantes, buena gente, a que lo celebremos juntos.

El énfasis en la cita es de la propia Drucaroff. Yo quiero enfatizar, sin embargo, esa última oración, ese “llamo a mis hermanas y a los hombres sensibles, pensantes, buena gente". (No figura, ese párrafo final, en la columna tal como fue publicada por el diario, pero sí en el perfil de Facebook de la autora y en varios blogs que han reproducido su texto.) ¿No seré sensible ni pensante si no estoy de acuerdo con la columnista? ¿Ningún hombre que haga una propuesta directa de sexo anal puede ser buena gente? ¿El sexo no admite jamás un ingrediente de violencia, es decir, cualquier imagen violenta como la de romper un culo implica necesariamente la idea de violación? ¿Y qué será, digo yo, ser “buena gente” según los parámetros de Drucaroff? So many questions, so little time.

5.

Lo de Drucaroff puede ser lo más triste, pero lo más preocupante es, sin duda, la posibilidad cierta de que la aceptación social de este lobby bestial se extienda y la práctica se institucionalice. Lo que Hollaback acaba de descubrir es que se puede castigar un discurso antipático con un mecanismo no discursivo, con la extorsión lisa y llana que constituye una forma no tan sutil de censura previa, y que no sólo la sociedad en general no se va a horrorizar sino que incluso el diario de los derechos humanos (así les gusta llamarlo) apoyará con convicción y alegría la movida. A partir de ahora los redactores de El Guardián lo pensarán dos veces antes de escribir cualquier frase contenciosa, no vaya a ser que se bajen los anunciantes y la pérdida de la pauta implique la pérdida de sus trabajos. Y en el resto de los medios no tenemos por qué estar tranquilos: lo que le pasó a Terranova le puede pasar al próximo que escriba, desde cualquier lugar, algo que le resulte ofensivo a cualquier otra ONG, por caso.

La práctica ya está instaurada y Hollaback la asume con orgullo. Tidball-Binz se ha lanzado a un territorio inexplorado en la Argentina: el abandono de la discusión en favor de un lobby descarado y frontal, apoyado cínicamente en las leyes del mercado. Es efectivamente el descubrimiento de una terra nova que otros se apresurarán a colonizar, alentados por la legitimación social de esas vías. Lo que hasta ahora se hacía en silencio y con culpa ahora será anunciado y justificado con euforia. “En Atrévete!/Hollaback! promovemos el derecho de expresión y como con cualquier movimiento habrán quienes estén de acuerdo y quienes no. Nosotros toleramos la crítica, el diálogo y el análisis, pero la violencia sexual jamás", afirma el post de la victoria, en una deslumbrante demostración de doublespeak que convendrá tener muy en cuenta.

6.

Se puede defender a Terranova por las razones inadecuadas. Esto ha pasado también, y mucho. Su exabrupto no sólo es de mal gusto, sino que transparenta un afán pueril de hacerse ver como un rebelde sin causa cuando es poco lo que hay aquí de eso. No se trata, sin embargo, de defender la frase de Terra, sino de notar hasta qué punto estamos hoy dispuestos a justificar mecanismos de presión otrora cuestionables con la excusa del buen gusto. No estaré de acuerdo con tus ideas, bla bla bla.

7.

No sorprende la reacción de Tidball-Binz ante el exabrupto guardianista. De hecho, es un calco de la reacción absurdamente exagerada que se propone ante el piropo, ese discurso invasivo proferido en la vía pública. Hollaback reaccionó ante la boutade de Terranova como reacciona ante cualquier insinuación de tono levemente sexual: poniendo el grito en el cielo e invocando imágenes de #muerteydestruccion. ¿Te dijeron “cosita linda"? Violencia: te pusieron en el lugar de objeto. ¿La frase fue más directa, más grosera? No es el tipo el que te va a montar: son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Era obvio que Inti María intimaría a Terranova ante la Justicia, el INADI y la corte de los anunciantes por su desubicación. No hay pena de muerte en la Argentina.

“Parece que toda la Capital es un gran acoso en potencia”, escribe Josefina. Sí, claramente. A esto hemos llegado. La calle, el espacio del siempre incierto encuentro con el otro, es definida por su potencial para el acoso, para la agresión y la violencia. De todos los predicados que se le pueden poner a una ciudad de diez millones de habitantes, la anécdota individual parece habilitar éste.

8.

Así como la frase de Terranova me parece burda y fuera de lugar, no creo ni por un segundo que el señor no fuera consciente de lo que se le venía, ni que no lo haya hecho a propósito, al menos en parte. Se ha repetido mucho en estos días el comentario satisfecho de que él se lo buscó y ahora tiene que bancarse las consecuencias. Sí, ¿por qué no? Es obvio que Terranova estaba perfectamente dispuesto a recibir una catarata de insultos por ese texto, e incluso a sufrir consecuencias prácticas. Sin embargo, nadie nos obliga a limitar nuestras reflexiones a este respecto según el punto de vista del autor de la columna. Lo que pasó, previsto o no por él, sienta un precedente peligroso para todos. No defiendo a Terranova específicamente: defiendo la calidad del debate público, defiendo la idea de que los discursos se responden con discursos y no con presiones materiales, y defiendo la libertad de expresión, que en mi punto de vista debería tener fronteras más amplias, incluso, que las que hoy parece marcar la contradictoria ley argentina.

9.

Otra cita de una honestidad enceguecedora, esta vez tomada de la página en la que Hollaback explicita su forma de ver el mundo (también se compara con las Abuelas de Plaza de Mayo, pero sería obscenamente fácil divertirse con eso):

Por un@ mism@:Atrévete promueve tu derecho de ser tu mism@. De ser alguien que no tenga que aguantarse o seguirse cuando le ofenden, alguien que tenga una respuesta tajante cuando se metan con ella/el. Alguien que sepa que tiene el derecho de definirse en vez de ser definid@ de acuerdo al punto de vista de algún acosador. Porque nadie es simplemente una lista de adjetivos. Tenemos el derecho de ser quien somos, no lo que otros digan; Derecho a decidir quienes queremos ser cuando salimos de nuestras casas, lo que eso signifique ese día o esa hora para nosotr@s.

Pido disculpas por el castigo visual de las arrobas: están ahí en el original, qué le vamos a hacer. Digresión aparte, y sin recorrer toda la serie de objeciones de lógica elemental que se le pueden hacer a este párrafo, destacamos esto: no hace falta recurrir a textos teóricos o a una intuición genial para notar que siempre nos define la mirada del otro. La pretensión de desprenderse de eso es utópica. Como el que se va a vivir a un country para alejarse del fantasma de la inseguridad social, Hollaback quiere que la calle sea un espacio cerrado en el cual toda comunicación esté altamente codificada y limitada de antemano. En rigor ya es y siempre ha sido así, pero lo nuevo es que la tolerancia está ahora en niveles de histeria. El otro es, primero, una molestia y una amenaza; después viene el resto.

Y esto es lo más pernicioso de todo. Que la posición de Hollaback, privatizadora y derogatoria del espacio público, análoga a la limitación de las libertades individuales por razones de seguridad, tenga tanto crédito en el banco social. Es un paso en la dirección que no queremos: la de volvernos cada vez más extraños unos a otros.

10.

Uno diría que se trata de lo contrario. De restituir el espacio público, la conversación, el hábito de respirar el mismo aire. De recuperar la ciudad, ni más ni menos.

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27.01.10

Permalink 16:36:43, por Sebastián Lalaurette Email , 55 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, el mundo

A mí también me da asco

Es de no creer, realmente. Vía Paper papers llego a esta nota del diario español El Mundo sobre “El espectáculo de la tragedia haitiana": periodistas que simulan “ayudar” a los pobres haitianos para vestirse de héroes cuando lo único que les importa es que la cámara esté rodando. ¿Para esto estamos en la profesión? Lamentable.

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