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En Roque Pérez y Lobos, partidos del interior bonaerense donde los sucesivos paros del campo se manifestaron con fuerza, suena descabellado que alguien agradezca la prolongada sequía y espere que la lluvia se demore por algún tiempo más. Pero eso es exactamente lo que quiere este grupo de jóvenes especialistas embarrados hasta las rodillas que caminan sobre el lecho reseco del río Salado. Están aquí porque los vecinos del lugar notaron algo llamativo: al retirarse, el agua no sólo había dejado un tendal de peces muertos; el cauce también estaba sembrado de gliptodontes.
De mi nota de hoy en la versión online de La Nación.
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