Para muchos teóricos, Celebrityland es un lugar de juego y de esparcimiento al que sus públicos recurren pero en el que no creen. En un sentido esto es así: el público tiene una vida y pueda (sic) comprobar que en ella no rigen las reglas que acepta para la televisión que mira unas cuantas horas por día simplemente para distraerse. Pero en otro sentido, Celebrityland tiene influencia. En primer lugar, porque ese tipo de esparcimiento lúdico habla de sus consumidores y de las destrezas que poseen o están dispuestos a comprometer tanto en el ocio como en otro tipo de actividades.
En segundo lugar, porque el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades, las preferencias, los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples. Celebrityland mantiene abierta una gigantesca escuela de aprendizajes y lo que se aprende allí luego no se emplea sólo en ese ámbito hechizado, no concierne sólo a sus estrellas aristocráticas o plebeyas ni a sus súbditos y seguidores. Como un campo magnético, expande su zona de influencia a casi todo lo que sucede en otras esferas. La política, por supuesto, también la política.
En tercer lugar porque, y aquí voy al centro de la cuestión que me interesa ahora, es un modelo que pesa sobre la política hasta un punto que muchos políticos son casi únicamente celebrities (para riqueza y provecho de sus asesores de imagen).
—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010
Ha habido quienes, en el debate producido en la emisión del 24 de mayo del programa televisivo oficialista 6 7 8 (sobre el que ya he escrito algo, como todo el mundo), creyeron ver en algunas de las cosas que dijo Beatriz Sarlo la afirmación de que los medios “no influyen en la opinión pública” o, peor, de que “no influyen en la sociedad". Digo “creyeron ver” pero en algunos casos sería más apropiado decir “eligieron ver", ya que he comprobado, a través de la discusión vía Twitter con un puñado de periodistas profesionales (uno de ellos “columnista político” de la cadena CN23), que lo que dijo Sarlo es mal citado adrede, a través de un proceso de “interpretación” (estoy siendo amable) basado en lo que conocen de Sarlo y las intenciones que le atribuyen.
Por cierto, las citas textuales de lo que dijo en el programa están acá y el video relevante es éste. Cualquiera que le preste la mínima atención a lo que Sarlo efectivamente dijo sabe que no dijo que los medios no influyen en la sociedad. Para “interpretar” eso hay que suponer: primero, que la única forma de influencia es la incidencia política; segundo, que la influencia sólo puede ser permanente y cotidiana; y tercero, que “a veces inciden y a veces no” significa “no inciden nunca".
Por si hacía falta, sin embargo, aporto esta cita del último libro de Sarlo, el que acababa de publicar cuando fue invitada a 6 7 8, el programa al que le dedica un capítulo entero. Lo hago, no porque sea intelectualmente novedoso ni particularmente interesante, sino como una prueba adicional de que pensar que Sarlo cree que los medios no influyen en la sociedad es una pavada absoluta.
Me retiro.
Beatriz Sarlo estuvo anoche en el piso de Canal 7 para participar de 6 7 8, la avanzada catódica del gobierno nacional. La visita de Sarlo fue muy anticipada y generó un torbellino de reacciones en Twitter a medida que transcurría el programa.
Para los que no lo hayan visto:
Aquí, nueve notas sueltas sobre lo que pasó ahí. Otra vez ofrezco observaciones laterales, fragmentarias, ya que es mucho lo que se ha escrito antes y después del debate y no me parece necesario repetir lo que ya se ha dicho en demasía.
Es una postura muy habitual. A mí me parece errónea. Así lo dije en algunos comentarios al primer post mencionado y, ya que voy a repetir argumentos, mejor copio y pego acá las partes relevantes, es decir, me autocito:
Lo que cuestiono es justamente esa idea de que prestarse al debate es dar pábulo, “dar prensa” al oponente. Es como si Sarlo ya hubiera perdido antes de abrir la boca; como si todo lo que pudiera decir, todo lo rico y complejo que pueda surgir de esa discusión, quedara anulado por una especie de sensación general y muy básica de que su mera presencia “legitima” algo. Es una noción achatadora, pobre (…) Usé “dar prensa” en el sentido más general en que se entiende esta frase: dar lugar a cierto discurso desde un espacio que se considera legítimo, socialmente funcional. (…) Esta noción impugna de entrada todo resultado propio del debate en sí, toda chispa que pueda encender en el pensamiento, toda sinapsis nueva que pueda surgir de él. (…) Es como si todo terminara en el momento en que Sarlo se sienta en la silla de los invitados y es presentada al aire. Qué forma de subestimar el poder de las palabras y las ideas.
¿Por qué no iba a ser justamente 678 un lugar de diálogo? Los debates políticos (o de cualquier otro tipo) no tienen lugar nunca en un espacio etéreo y balanceado, no hay quien alise perfectamente la cancha antes del match: los debates realmente existentes se ubican siempre en un campo desnivelado, en el territorio de alguien. Corolario: siempre se producen utilidades laterales al centro del debate, siempre hay usos que tienen que ver con la legitimación, el prestigio, el balance de fuerzas. Pero esto no los invalida. Sarlo podrá hacer aportes a pesar de la utilización de su presencia, así como Barone, pongamos por caso, podrá encontrarle alguna fisura y aportar también cosas interesantes. Luego estas cosas podrán ser recordadas, podrá haber rebotes visibles o invisibles, etc.
En fin, si Sarlo fuera a otro ámbito diferente de 678 podría estar más cómoda y evitar esta utilización que señalás, pero también se perdería de llegar directamente, sin filtros, al público de 678. El precio de llegar al otro es acercarse lo suficiente, ponerse a tiro.

Sarlo es televisiva. Es la más televisiva de las personas que anoche poblaban el estudio de 6 7 8. Ni los avezados Orlando Barone y Sandra Russo, ni el conductor Galende, ni los humoristas Barragán y Cabito (cuya función sería justamente introducir espontaneidad, descontracturar, televisivizar un programa que al fin y al cabo es de ideas y tiene un núcleo árido), ni los invitados Forster y Mariotto ni mucho menos la pobre Nora Veiras lograron compensar la presencia en cámara de la antagonista. El caso de Veiras (repito: pobre) es notable, porque su intervención, temblorosa, vacilante, casi tartamudeante, fue la única que logró desacomodar a Sarlo y obligarla a pilotear la respuesta a una acusación que fisuraba su credibilidad. Yo no sé si Sarlo dijo la verdad o mintió al afirmar que lo que Veiras leyó en la revista Debate no fue lo que ella dijo, pero sí sé que la imputación (aun carente de peso real, porque en todo caso se hubiera tratado de encontrarle a la invitada una falla menor, de sorprenderla en un renuncio) debió haber sido un mazazo en cámara, un punto indiscutible para el programa, y sin embargo todo se resolvió en un duelo de actuaciones del que Sarlo salió airosa, mientras que su interlocutora cedía implícitamente el derecho a la palabra por su indecisión y su falta de timing.
Por eso no me sorprende el papel que Mariotto hizo en el debate de anoche. Su papel fue defender hasta la hipérbole las acciones del gobierno nacional, y en el proceso olvidó casi todo el contenido de los textos sobre teoría de la comunicación que se ven en primer y segundo año de la facultad que tuvo a su cargo, optando por pintar a los mass media según la óptica de una teoría en particular, la hipodérmica, que ya ha sido suficientemente superada. Sarlo se lo hizo notar, pero no hubo caso: para Mariotto, para el gobierno, los medios son dueños de una capacidad inmediata y absoluta de influir sobre los cerebros del público, de ahí que se los demonice tanto. Elementalidad, falta de matices, apelaciones a lo popular y a lo emotivo ("Rodolfo Walsh está en el corazón de todos"). Nada nuevo, en fin.

Yo más bien creo que vos has asumido un posicionamiento, absolutamente válido desde tu mirada, que lee esta época desde una perspectiva que lleva la forma, en general, de la artificialidad, la impostura, la ficcionalización, la herencia bajo nuevos formatos mediáticos de lo que era la trama menemista.
En mi barrio, eso es piña. Sarlo rechazó la acusación ("Nunca fui partidaria de Baudrillard"), pero lo que estaba dicho estaba dicho. Sin embargo, no hay ahí demasiada profundidad. Lo que creo que manejó bien Forster, además del lenguaje, es el clima: cada una de sus intervenciones fue calma y trajo calma al ambiente, aun cuando estaba diciendo esas cosas terribles. Incluso sus protestas ("Beatriz, te aseguro que he leído tu libro con mucha atención") fueron moderadas, caballerosas.
Por otra parte, a Forster se lo notaba como obligado a constreñirse a cierto discurso, y hacia el final de la emisión había descendido a la mera reproducción de la jerga política cotidiana. Una pena. A mí me habría gustado que Mariotto no estuviera y que Forster y Sarlo hubieran podido trenzarse un poco más; para eso habría hecho falta, sin embargo, que Forster se despojara un poco de su corset cartabiertista y se animara a encajar alguna crítica al kirchnerismo, porque se le pueden hacer muchas.
Esta diversidad de interpretaciones abona la lectura del crítico sanclementino, por cierto: parecería que los kirchneristas han obtenido un triunfo más allá de todo lo que se dijo en las dos horas de charla, o al menos así lo ven. Yo sólo puedo insistir en que lo que había de este lado de la pantalla eran miles, decenas o cientos de miles de cerebros, y que mucho de lo que se dijo ahí puede haber abierto ojos, establecido sinapsis, ligado cabos mentales en un sentido u otro. Reafirmo que los debates están para darlos, no para eludirlos. Los usos de lo que ocurrió anoche se han puesto en marcha de inmediato, pero sus resultados profundos, lo que implica para el pensamiento, son invisibles, como sucede habitualmente con las operaciones de la dialéctica y la razón.
ACTUALIZACIÓN: Un apunte adicional acerca de lo que Sarlo dijo/no dijo sobre la influencia de los medios.
La publicidad de "TN y la Gente", el emprendimiento del canal Todo Noticias para que las personas de a pie envíen material periodístico, tiene que ser la muestra de autismo más resplandeciente de que se tenga noticia en los últimos años respecto del fenómeno de la Red de Redes.
"En Internet hay muchas páginas para ver, pero muy pocas para participar", es la frase inicial del spot. Lo que resulta falso para absolutamente todo el mundo excepto para los redactores del aviso, ya que incluso humildes blogs como éste, que no llega a los quince lectores diarios, dan la posibilidad de participar y debatir a través de los comentarios, y de ahí para arriba las posibilidades de participación en la Web florecen como hongos por todos lados: blogs colectivos, comunidades virtuales, foros, wikis...
Lo dicho: autistas.
COMENTARIOS
At 4:21 PM, Leticia sin ganas de loggear said...
Es que el periodismo "de grandes ligas" cree que la comunicación son ELLOS y SOLO ELLOS. Mientras tanto, la vida trascurre florenciente de comunicación...
Dígame: por qué se considera ud. inimputable???
Y con Pink, todo bien, tiene toda la onda. Más aún en el video de Lady Marmalade.
Saludos
At 1:45 PM, Luciano Mucelli said...Coincido cien por ciento con vos, hoy, gracias a la Web 2.0 cualquier espacio online permite la participación. Creo que fue falta de creatividad. Igualmente considero un avance que un canal de gran audiencia permita la participación del público. Escribí un post al respecto, y tal vez sea ingenuo, pero creo que así, a través de la Red, podremos democratizar los medios tradicionales, no?
Saludos.
At 7:57 PM, Ariadna said...Sí, pero recuerde que en TN hay un hermoso periodismo independiente, en el que, claro, todos piensan igual. Un beso y que le vaya bien.
At 2:46 PM, Sebastián said...Lady Leticia: como miembro del periodismo "de grandes ligas", acepto tu crítica, aunque me parece que hay escalas y matices.
Luciano: sin duda hay falta de creatividad, pero también cierta soberbia, creo que coincidirás conmigo. Voto también por la democratización, con ciertas reservas de las que ya he hablado y seguiré hablando.
Ariadna: siempre tan aguda usted. Mismo deseo.
Hace muy poco recibí este mensaje de los hasta ahora directores de Ciudad Abierta, el canal de televisión público de la ciudad de Buenos Aires. No quería postearlo hasta estar más o menos seguro de que la polémica era real y no un simple manotazo de ahogado (nunca estuve familiarizado con la gestión porteña: trabajo en temas bonaerenses).
Luego de algún chequeo elemental, y en vista de que la polémica ya está en marcha (hoy La Nación y Página/12 publican la noticia, desde puntos de vista esperablemente divergentes), publico íntegro ese mail. Lo hago, a pesar de que el hecho ya fue difundido por los medios, porque este mensaje, que contiene datos muy interesantes sobre la gestión que estaba en curso, hasta ahora no fue publicado.
No me hago responsable de su contenido, por supuesto, pero creo que todos, especialmente los porteños, deberíamos conocer los argumentos de esta parte. Sería bueno conocer también los del gobierno de Telerman, pero hasta ahora no se brindaron explicaciones.
Estimados Amigos:
El generoso y oportuno apoyo brindado a la experiencia de televisión pública que tuvimos la suerte de integrar, impidió en el mes de marzo de 2006 la liquidación del proyecto que llevaba adelante Ciudad Abierta.
Durante estos dos años condujimos el canal con espíritu independiente, no gubernamental, lo que permitió producir una televisión pública abierta a nuevas miradas, otras estéticas, y a discursos sobre la Ciudad de poca o nula circulación en los grandes medios. Tuvimos la vocación de representar un amplio arco cultural, artístico y sociopolítico, conscientes de que una ciudad compleja como Buenos Aires, solo puede ser representada de modo complejo.
Con cierta ingenuidad, llegamos a imaginar que el actual gobierno de la Ciudad, podría valorar semejante respaldo a la experiencia Ciudad Abierta, como una forma de abrir, al fin, una discusión social sobre las políticas de comunicación pública en Buenos Aires.
Ocurrió todo lo contrario. Pasaron cuatro meses en los que no fuimos atendidos siquiera una vez por alguna autoridad del área de comunicación, en los que ni siquiera recibimos la más mínima opinión sobre el perfil de la programación o sobre la política de comunicación del nuevo gobierno, si éste la tuviera.
Durante esos meses fuimos objeto del maltrato oficial, de toda clase de recortes de recursos, de banales conspiraciones cotidianas, de falta de financiamiento, hasta el punto de tener que detener la producción de los programas.
El gobierno pareció visiblemente más interesado en hacer fracasar esta experiencia apoyada por todos ustedes, que en mejorarla. Sobre el canal parece haberse abatido una ley de la vieja política: en cuanto una gestión funciona bien, se le hace la vida imposible.
Finalmente, la semana pasada nos solicitaron la renuncia sin apelar a otro argumento que "la voluntad del Jefe de Gobierno". No podemos, entonces, conocer las razones que sustentan actitudes y decisiones tomadas. Quizás los responsables puedan explicarlas oportunamente.
En Argentina no existe una tradición sostenida de televisión pública de calidad, inteligente e independiente. Ciudad Abierta quiso hacer su aporte en esa dirección.¿Resulta esto una imperdonable osadía?
Desde marzo (fecha en que comenzó la hostilidad del gobierno), y gracias a la continuidad que obtuvimos debido al apoyo de ustedes, hemos podido llevar a cabo una serie de proyectos, que profundizaron lo realizado durante el 2005.
-La puesta en pantalla de nuestro sistema de columnistas: David Viñas, Liliana Herrero, Tomás Abraham, Eugenio Zaffaroni, Cristian Alarcón, Julián Gorodischer, Pablo Marchetti, Rafael Cippolini.
-La producción de cuatro telefilms de ficción, dirigidos por Julia Solomonoff, Gustavo Postiglione, Lucía Cedrón y Rocío Fernández, a los que hubieran continuado Octavio Gettino, Sergio Bellotti, Ricardo Bartis y Fito Páez.
-El documental ya finalizado y listo para su estreno de Martín Rejtman, sobre la comunidad boliviana en el Bajo Flores. Lo mismo en cuanto a los trabajos en curso de Lucrecia Martel, Lisandro Alonso, Luis Ortega, Sergio Bizzio.
-El ciclo especial sobre los 30 años del golpe, que incluyó documentales y entrevistas, con un nivel de repercusión extraño para un pequeño canal de cable.
-La emisión de la señal latinoamericana Telesur, que se incluye en el espacio que el canal brinda a las televisoras públicas latinoamericanas.
Al interrumpirse la gestión de manera intempestiva, nos vamos sin poder estrenar nuevos programas y experiencias. Fabio Alberti y su programa sobre cultura popular, el Dr. Elías Neumann y su mirada progresista sobre lel delito, Albertina Carri y sus deseos de producir televisión con chicos de barrios populares, Alejandro Kaufman y su particular visión sobre la seguridad. Lamentablemente no pudimos garantizar la realización de estos proyectos.
Todo lo hecho fue conseguido con el apoyo de ustedes y de muchos otros como ustedes. Es decir: con el apoyo de artistas, escritores, militantes, trabajadores sociales, intelectuales, videastas, realizadores, urbanistas, músicos, profesores universitarios, periodistas, diseñadores gráficos, actores. Y sobre todo, con el apoyo de los vecinos de la ciudad.
Lo hemos conseguido con un equipo de trabajo joven, dinámico, creativo. Con una audiencia cada día más numerosa, que superaba con creces a la de otros canales de perfil cultural.
Una ciudad como Buenos Aires pierde mucho cuando un gobierno decide arbitrariamente abortar de un modo tan violento una experiencia original.
Lo ocurrido deja una enseñanza: la necesidad de una urgente discusión social sobre qué significa una política pública en temas culturales y de comunicación.
Esperemos que más allá de nuestro obligado alejamiento, el gobierno entienda que Ciudad Abierta es un canal de todos. Que tiene un lugar ganado entre los espectadores a base de trabajo, honestidad, creatividad, pluralismo, y una mirada que intentó ser crítica y aguda, sobre nuestro tiempo.
Para nosotros, más allá del final, Ciudad Abierta fue una experiencia estimulante y exitosa. Muchas gracias por el apoyo recibido a lo largo de estos años.
Alejandro Montalbán
Gabriel Reches
Damián Tabarovsky
Tal vez los muchachos de los noticieros televisivos estén un poco pasados de rosca a la hora de titular. Hace unos días, a propósito de la suspensión de las clases en un colegio porteño por la presencia de roedores, el título introductorio en un informativo de Canal 13, pronunciado por un impertérrito Santo Biasatti, era: "¿Habemus clases o... habemus ratas?". En este preciso momento, América 2 sintetiza la noticia de que un policía fue asaltado mientras orinaba en la vía pública con un título de una sola palabra: "Pipiladron".
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