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En efecto, estamos hoy frente a la amenaza, ya no de una democracia de opinión que reemplazaría a la democracia representativa de los partidos políticos, sino ante la desmesura de una verdadera democracia de emoción; de una emoción colectiva a la vez sincronizada y globalizada, en la que el modelo podría ser el de un tele-evangelismo-postpolítico.
Después de los conocidos estragos de la democracia de opinión y de los delirios de la política-espectáculo, de la que la elección de Arnold Schwarzenegger al puesto de gobernador de California es uno de los últimos ejemplos, se pueden imaginar fácilmente los estragos de esta “democracia de emoción pública” que amenaza con disolver como el ácido a la opinión pública, en beneficio de una emoción colectivista instantánea, de la que abusan tanto los predicadores populistas como los comentaristas deportivos o los animadores de la rave-party.
(…) estamos aquí ante el límite extremo de la inteligencia política, puesto que la representación política desaparece en la instantaneidad de la comunicación, en beneficio de una pura y simple presentación.
—Paul Virilio: Ciudad Pánico
Ya se ha escrito, sin duda, demasiado sobre lo que pasó el domingo, es decir, sobre la arrasadora victoria del Frente para la Misma en las elecciones generales. Como siempre, siento que es un poco tarde para agregar algo pero, como siempre, siento también que hay cosas que no se han dicho tanto y valdría la pena considerar. Asi que aquí peco otra vez: una columna que no es columna, un post deshilachado, compuesto de retazos y apuntes mínimos. Es lo que hay; ustedes sabrán disculpar.
Los encuestadores nos han arruinado a todos. La mayoría de los análisis que se han escrito o formulado por la televisión a partir de las elecciones del domingo, pero también acerca de las primarias y de los comicios en la Capital Federal, por no hablar de otras muchísimas ocasiones, se centran en la excepcionalidad del apoyo logrado por Fernández: un 53% de los votos. Siete u ocho puntos más que en la votación anterior, en que fue ungida presidenta por primera vez, y un porcentaje récord desde la vuelta de la democracia, se repite de continuo.
Muchachos, está bien, todo eso es más que cierto, pero ¿no les parece que se exagera con las conclusiones? Si revisamos los porcentajes de votos obtenidos por los sucesivos presidentes desde 1983 nos encontramos con que la norma es que saquen más o menos el 50%, punto arriba, punto abajo: cosechan el apoyo de aproximadamente la mitad de la población. Hilar más fino que eso es fútil y puede derivar en una especie de statwank que nada aporta. Un punto porcentual de apoyo se gana o se pierde en un día y por factores no necesariamente profundos. Estoy segurísimo de que Ricardo Alfonsín perdió más de un punto a partir de su inexplicable reacción ante las preguntas de los periodistas en la mañana del mismísimo domingo, cuando la mayoría de la gente aún no había votado.
Lo que quiero decir es que el apoyo obtenido por Cristina no es tan excepcional. Lo que sí fue excepcional fue la victoria de Néstor Kirchner en 2003, luego de haber perdido en primera vuelta y de que Carlos Menem “se bajara” del balotaje. En la Argentina lo normal es que los presidentes ganen cómodos. No hay nada de extraordinario en el resultado del domingo a menos que se crea que dos puntos porcentuales (la diferencia entre CFK ‘11 y Alfonsín ‘83) son un mundo. No lo son. Entronizar al % es renunciar a una mirada profunda. Mal o pobre análisis político se puede hacer desde ahí.
Y eso que todavía no he señalado lo obvio: que buena parte de la diferencia obtenida por Fernández (porque más notable que su propio caudal de votos es la dispersión del voto opositor) se puede explicar por el cambio producido en el proceso electoral. Este año debutó en la Argentina el sistema de primarias, y con él se ha puesto en funcionamiento la espiral del silencio, ese artilugio mortal. La espiral ha girado furiosamente durante dos meses y ahora sabemos cómo se sienten sus efectos. (O mejor dicho, ese dispositivo ha girado siempre, está en funcionamiento perpetuo, pero hasta ahora sólo lo sabíamos los comunicadores y los sociólogos y politólogos, ya que su trabajo en el cuerpo social es, valga la redundancia, silencioso. La diferencia es que ahora ese giro se ha vuelto palpable. Ha impregnado el aire político de una apatía sin par en los últimos años, empezando por el derrotismo de la oposición. Los propios candidatos bajaron los brazos ante la evidencia de que se venía la paliza. Una reacción ante la falta de apoyo de la sociedad pero también, seguramente, una manifestación del trabajo de la espiral en ellos mismos: la noción de que ir contra la corriente es peor, sea cual sea el lugar donde está uno.)
Todo político opositor vive una contradicción esencial. Su trabajo consiste en desafiar la opinión de la mayoría pero, a la vez, necesita identificarse con esa mayoría tanto como sea posible. Cada uno lo resuelve a su manera y con diferentes grados de éxito*. Esto es ahora mucho más difícil, porque vivir en esa contradicción requiere que no esté muy claro hasta qué punto la mayoría es mayoría: siempre se puede explotar la ilusión de que el presunto consenso no es tal, de que los medios de comunicación mienten o falsean las tendencias, de que el que parece ir ganando en realidad va perdiendo o al menos lleva una ventaja muy pequeña. Las primarias destruyen toda ambigüedad. La contundencia del voto pone el juego de cada uno en negro sobre blanco.
¿Cómo remontar esa corriente adversa? Cualquier intento de negar lo que ocurre sólo hunde más en el barro al candidato que lo intente, de ahí que las primeras denuncias de fraude hayan sido rápidamente retiradas de la pantalla. Es la espiral, el fantasma de Noelle-Neumann pisoteando las cabezas del segundo, el tercero, el cuarto.
Por supuesto que esta configuración no es independiente de las acciones de la oposición ni la exime de responsabilidad. Si hacer política es construir poder, llegar al voto es una meta esencial de los partidos. Las alianzas son necesarias para generar constelaciones de fuerzas, y no sólo de credibilidad. En este sentido la oposición ha actuado presa de una ceguera insostenible, por no usar términos más fuertes. Una cosa es que el gobierno elija como adversario a Clarín en vez de a un partido, otra muy distinta es que la oposición entre gozosa en ese juego y se pliegue absolutamente a su defensa sólo por considerarlo ubicado en la misma vereda.
Lo que ha unido a Francisco de Narváez con Elisa Carrió, a Ricardo Alfonsín con Fernando Iglesias, a Chiche Duhalde con Mauricio Macri, a Hermes Binner con Pino Solanas, no es la coincidencia programática que puede llevar a una coalición, sino la aparición continua en la pantalla de Todo Noticias. Estuvieron juntos en el espacio catódico, no en el de las urnas. Las conjunciones que se dieron a ese nivel, el que finalmente importa, fueron bastante terribles: UCR/Unión Pro, Das Neves/Duhalde. El acuerdo político cedió ante el discursivo.
Tomás Abraham dijo en 2007 que el hecho de que Daniel Scioli fuera candidato a gobernador era una claudicación de la clase política argentina. De entonces a esta parte hemos asistido a una prueba más contundente de esa claudicación: el político como accesorio de la televisión, como columnista invitado.
Obsérvese aquí la espectacular disparidad: la oposición le ha sido instrumental a Clarín, le ha dado múltiples voces y buenos argumentos en la defensa contra un gobierno de fauces abiertas. Clarín, en cambio, no le ha sido instrumental a la oposición: la ha dañado. ¿Por qué? Porque, como acabamos de decir, la cuestión no es meramente sumar credibilidad, sino sumar poder. Y la excesiva identificación de los partidos opositores con el grupo mediático les puede haber dado visibilidad y credibilidad, pero con eso no se ganan elecciones.
Hay que decir esto claramente: en lugar de formar alianzas de partidos, la oposición ha elegido aliarse con una entidad que no puede ser votada y es, por definición, nula en términos de representación política. He aquí la peor alianza imaginable para un partido que quiere ganar en las urnas.
¿Se advierte la ceguera?
Enfrentarse a “la corpo” más que a “la opo” fue una estrategia sagaz de Cristina y sus adláteres. Pero “la opo” no marcó límites y se ubicó en ese lugar terriblemente desventajoso. Fue en buena parte su culpa. Lo siento, pero alguien se lo tenía que decir, Ricardo.
Hablando de Ricardo, se puede esgrimir la idea de que fue el hijo de Raúl Alfonsín quien resultó más golpeado en estas elecciones, y no Elisa Carrió, cuya estrella ya se había eclipsado hacía rato. Lo que voy a señalar ahora bordea el cinismo, así que me disculpo de antemano, pero creo que es necesario explicitarlo porque muestra hasta qué punto lo mediático es, aquí y ahora, central a la política.
La idea que quiero formular y que resulta, repito, un tanto cínica, es la siguiente: la muerte de Néstor Kirchner fue el tiro de gracia para las esperanzas electorales de la oposición, y de Ricardo Alfonsín especialmente.
Se recuerda, tal vez, el “efecto Alfonsín": la muerte del padre (del “padre de la democracia", como se apresuraron a llamarlo algunos medios) generó una amplia corriente de simpatía hacia el hijo, que le fue beneficiosa* en términos de apoyo en la opinión pública. La gente recordó a Raúl Alfonsín, una figura que nunca perdió el afecto popular a cierto nivel, y la comparación fue inevitable: Néstor Kirchner construyó su propia imagen a expensas de la de su antecesor, ninguneó la labor de Alfonsín en la consecución de una democracia estable y sus acciones en pos del castigo de los represores de la dictadura. En el proceso de presentarse como adalid de los derechos humanos, obvió el Juicio a las Juntas y le insertó un prólogo irrespetuoso al Nunca Más. Con la muerte del líder radical, la gente lo recordó, recordó esas cosas, y la magnitud de la vejación se hizo evidente. “Ricardito", tal vez a regañadientes y obligado por sus asesores de imagen, hizo algunas alusiones sutiles a la imagen de su padre en sus spots de campaña y algunas apariciones públicas.
Pero vino el “efecto Kirchner". La corriente de simpatía viró violentamente y se hizo vendaval: el recuerdo de la épica alfonsinista fue reemplazado por la impresión de una épica actual, de un proyecto que marcaba el camino y hacía historia. Poco importa ahora si la descripción es atinada. Hablo del efecto emotivo, del sacudón. Con la muerte, Kirchner se volvió héroe, bronce, sangre. Game over.
No afirmo que haya sido ésta la clave de la victoria: probablemente el oficialismo habría ganado de todas maneras. Pero, al igual que en la pataleta 1, quiero subrayar que en la opinión pública, en la intención de voto, en el apoyo a movimientos e ideas hay siempre un componente de volatilidad, que la sociedad mediática exacerba.
Todo esto no debe dar la idea de que el gobierno no tuvo mérito alguno en la victoria. Sería absurdo hacer ese planteo. Es indudable que el kirchnerismo ha dado con la clave para satisfacer algunas necesidades profundas de la sociedad; ningún advenedizo supera la década en el poder, como lo hará el kirchnerismo si todo va bien (esperemos). Tiene en su haber medidas como la Asignación Universal por Hijo, la liquidación del sistema privado de pensiones o la anulación de las leyes de impunidad para los represores; y también una imaginería ideológica cuya falsedad de origen (se ha señalado repetidamente que Néstor Kirchner empezó a preocuparse por los derechos humanos cuando llegó a la presidencia) no anula su calado en buena parte de la población, a favor o en contra.* (De cualquier manera, todos los políticos construyen imágenes falsas de sí mismos y apelan a ideas en las que no necesariamente creen: así funciona la cosa, vayamos enterándonos. Pero tal vez Kirchner y Fernández llegaron a creer en lo que decían; a lo mejor se volvieron realmente setentistas, a lo mejor advirtieron que habían tocado un nudo que a ellos mismos les dolía, aunque nunca antes hubieran notado que estaba allí. Estas cosas nos pasan a todos.)
Ante un poder sustentado en bases tan fuertes, la esperanza de la oposición se cifra en hallar sus defectos intrínsecos, los puntos en que el ataque puede dar mejores resultados. Pero aquí también han fallado. Alfonsín y Narváez, los socios imprevistos, recurrieron a lo que al segundo le había dado resultado en su enfrentamiento contra Kirchner y Scioli en las elecciones legislativas de 2009: hacer foco en la problemática de la “inseguridad", en el sentido de “proliferación de delitos violentos". ¿Y por qué no? Es una objeción con base real, de alto alcance emotivo e ideológico: la clase media está siempre dispuesta a financiar con su voto los proyectos de quienes prometen ocuparse del problema.
Pero es evidente que la idea ha quedado corta. La insistencia en el problema de la “seguridad” se sustenta en una reducción del concepto que ya hemos señalado (seguridad como escasez de hechos de sangre); en este punto el debate ya debería incorporar el concepto en un sentido más amplio. La seguridad económica, laboral, son también parte del universo afectivo de la clase media y de sus miedos (perder el trabajo, ver licuados los propios ingresos por la inflación, quedarse sin casa, sin comida, sufrir una herida y no recibir buena atención en el hospital, son temores válidos, inseguridades). La estrategia opositora de centroderecha ha quedado presa en un concepto demasiado delgado y se perdió la oportunidad de aprovechar sus múltiples resonancias.
Pues bien. Con la oposición en knock out técnico, la pelea que viene es interna. El periodismo ya se venía ocupando, y muy bien, de este tema, y en los próximos dos años, al menos, las pujas dentro del oficialismo seguirán siendo un tema dominante. Es la historia que viene. De eso iremos hablando también en este espacio, probablemente. O no.
Hasta aquí, mis pataletas. Acá abajo, en el cuadro de comentarios, las tuyas.
No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en lo otro. Bastaría, en definitiva, con maravillarse ante esta variedad de clases discursivas como se hace ante la de las especies animales o vegetales. Lamentarse de la “pérdida del sentido” en la postmodernidad consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo. Se trata de una inconsecuencia.
[El saber narrativo] une a su incomprensión de los problemas del discurso científico una determinada tolerancia con respecto a él: en principio lo acepta como una verdad dentro de la familia de las culturas narrativas. La inversa no es verdadera. El científico se interroga sobre la validez de los enunciados narrativos y constata que éstos nunca están sometidos a la argumentación y a la prueba. Los clasifica en otra mentalidad: salvaje, primitiva, subdesarrollada, atrasada, alienada, formada por opiniones, costumbres, autoridad, prejuicios, ignorancias, ideologías. Los relatos son fábulas, mitos, leyendas, buenas para las mujeres y los niños. En el mejor de los casos, se intentará hacer quela luz penetre en ese oscurantismo, civilizar, educar, desarrollar.
Esta relación desigual es un efecto intrínseco de las reglas propias a cada juego. Se conocen los síntomas. Constituyen toda la historia del imperialismo cultural desde los comienzos de Occidente.
—Jean-François Lyotard: La condición postmoderna
Por preferencia personal, por pobreza, por desconocimiento técnico, por estrategias de mercado o por lo que fuere, los filósofos franceses no utilizan el software conocido como Microsoft Word o, para el caso, ningún otro con similares funciones y capacidades. Es por esto que cuando un editor parisino les pide amablemente un ensayo, doscientas páginas, doscientas cincuenta digamos, en tipografía de doce puntos y sobre papel tamaño A4, a doble espacio y por una sola cara, ellos, siempre capaces, siempre dispuestos, siempre generosos, toman sus biromes o lapiceras y empiezan a volcar sus ideas sobre cuadernos o libretas, sin computadoras de por medio. Invariablemente producen piezas geniales, ensayos de una contundencia y una originalidad deslumbrantes, en los que cada frase, cada párrafo, cada capítulo se engarzan en una sucesión lógica y poética que podría considerarse perfecta. Invariablemente, también, calculan la extensión de tales piezas a ojo de mal cubero, y es por esto que el editor parisino, tras hacer pasar a formato digital dichos compendios de sabiduría y racionalidad, advierte que se han quedado cortos por veinte, treinta o cincuenta páginas. Los filósofos franceses, que han aprendido a esperar con aprensión el segundo llamado del editor, no han aprendido sin embargo a interpretar el pedido que ese llamado transporta de la manera más directa y sencilla, es decir, no consideran la posibilidad de expandir sus ideas, aclarar conceptos, introducir párrafos explicativos o digresiones que vengan al caso, hasta rellenar el espacio disponible: tal cosa llevaría a la destrucción de la magnífica orfebrería discursiva que han producido, sería una especie de crimen que los filósofos franceses son incapaces de cometer. Entonces, deprimidos, descreídos, rebeldes, se atiborran de sustancias lisérgicas y escriben un capítulo más, que entregan justo sobre la fecha de cierre.
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