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Los dos somos ateos y, sin embargo, por alguna extraña razón el Libro de Libros se las ingenió para colarse en dos de nuestras charlas. Hablábamos de literatura, de cine, de gustos y sufrires y pasiones y, como ambas veces había de por medio una pizza caliente, supongo que éramos felices. El centro platense alberga momentos así cada noche, pero no creo que se cuenten por centenares, a lo sumo por manos.
La segunda vez no tuvo mayor importancia. Ella descargaba su artillería sobre Grandes esperanzas, de Dickens, y yo, a falta de una lectura real del libro (que sólo conozco por sus versiones reader y fílmica), mencioné “Examen de Grandes ilusiones“, un viejo artículo del Reader’s Digest en el que se narraba la epifanía que el estudio obligado de esa obra había producido en la vida de un estudiante de, creo (fue hace mucho), preparatoria. “Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia”: la cita bíblica formaba parte del discurso de graduación.
La otra vez, la primera, fue un tanto dolorosa. Esa vez ella, hermosa, frágil, fuerte, descargaba su arsenal más bien sobre mí. Le llevo algunos años y eso le alcanza para bardearme cada tanto. Pero esta vez dijo algo que podría ser más o menos cierto.
Fue a propósito de La náusea, de Sartre, y “ese tipo” de libros. Tuve que empezar como siempre: diciendo que no la había leído. Cuando conversamos siempre estoy en desventaja en ese terreno, aunque no me considero un lector escaso. Entonces me habló de esa novela. Ella dijo (la observación era más elaborada, acá simplifico) que el libro no sólo es brillante sino que es uno de esos libros que te cambian la visión del mundo y, por lo tanto, la vida. “Pero –agregó para introducir la puñalada– eso pasa si los leés cuando hay que leerlos, que es cuando sos adolescente. Para vos ya es tarde.”
Tengo treinta y dos, edad que se presta magníficamente a los dobleces y desdobleces por ser potencia de dos. Quiero decir que tengo el doble de la edad a la que, según ella, debería haber leído La náusea. También tengo la mitad de la edad a la que Paul McCartney se veía, ya jubilado, disfrutando de la serena felicidad que le daría un largo matrimonio, y el cuádruple de la edad a la que los chicos se dan ahora el primer beso, y ocho veces la edad a la que mi cerebro se volvió inmune para siempre a problemas cuyos fantasmas sólo me saqué de encima cuando ya iba saliendo de mi juventud. Pero son otros temas.
Tengo treinta y dos, y ya es tarde para que la obra de Sartre me produzca ese efecto, esa epifanía a la que uno se expone cuando la vida es más libertad que responsabilidad. Siempre según el argumento arrojado en mi contra por esos labios preciosos, por supuesto.
Hay, decía ella, un tiempo para leer “esos libros", y ya lo pasé.
Ahora, Juan Manuel Larumbe, en El Escritor, habla de lo mismo. Y hay más: un artículo tremendamente visitado de la revista Psychology Today, “Ten politically incorrect truths about human nature”, insiste en la amarga verdad de que también he pasado, ya, el punto alto de la curva del genio creativo. Ya escribí lo mejor que vaya a escribir jamás, parece ser la lección.
Cuando las cosas se dan con ese timing es inevitable hacer un post, digo yo. Y acá estamos. Pero ¿qué decir?, ¿qué puede hacer uno sino rebelarse? Voy a leer La náusea, sí, pero bajo la deprimente impresión de que jamás podré leerlo como cuando tenía dieciséis, la edad a la que, en vez de eso, empecé a escribir poesía.
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