| « Chau blog | Libros vivos, libros muertos » |
Hace casi cinco años que hago policiales para un diario nacional y sin embargo, hasta ahora, en toda mi vida periodística, no me había pasado lo que me pasó hoy.
Vi a la víctima.
Muerta.
Tendida frente a mí.
Vi su cuerpo, sus manos inertes, su cara.
No me impresionó demasiado. Me acerqué sin mucha aprensión porque sabía que no iba a encontrarme con una cabeza reventada o un revuelto de tripas. Fue una muerte, por decirlo así, limpia, no necesariamente repugnante. Yo lo sabía y por eso me acerqué. Y la vi. Y no me impresionó.
Pero después, varios segundos después de haberme dado la vuelta, me agarró una cosa en la boca del estómago, una cosa respecto de la cual no podía engañarme: náusea. Creía que no iba a vomitar, pero a lo mejor sí. La sensación se instaló ahí mientras yo perseguía a la fuente y hacía preguntas; mientras miraba alrededor y veía a los policías y a los curiosos y a los que jugaban tejo a dos metros del cadáver.
Náusea. No estaba impresionado pero aun así parecía que iba a vomitar.
De hecho, ahora que espero la hora de comer y acabo de tomar un café, ahora que estoy cómoda y tranquilamente instalado en el hotel después de haber cubierto un espectáculo de lo más chic, la sensación vuelve, más levemente, claro, pero vuelve. Y no, no es impresión, o al menos no esa clase de impresión.
Diría que es una especie de fibra vital, un horror básico, instintivo, algo que está ahí aunque uno no lo sepa. Si no, no se explica.
Pero tampoco tengo que encontrar una explicación hoy, o esta semana, o este verano.
Así que está bien.