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Ahora bien, yo casi me la pierdo (estaba trabajando cuando empezó y llegué un poco tarde), pero de todas maneras voy a contarla básicamente a través de palabras e imágenes de otros, porque, más allá de lo que haya pensado el público, la experiencia fue importante para los autores. Hay entre nosotros poetas con largas listas de publicaciones a sus espaldas, jóvenes hasta ahora inéditos, novelistas que han incursionado en la poesía, grandes declamadores, gente tímida, créditos locales, de todo un poco. El encuentro (porque eso fue, principalmente: la ocasión de encontrarnos por primera vez, de vernos las caras) bajo el signo de la poesía, de una concepción clara y radical de la poesía, dejó sus huellas en cada uno, y hubo quienes hicieron el recuento de esas huellas y presentaron sus informes.

A Fernando Alfón, por ejemplo, lo dejó vivamente impresionado el libricidio de un volumen de Fabián Casas, Horla City, que sucumbió al limpio corte de una guillotina instalada para la ocasión (yo no había llegado todavía). Es la que se ve en la imagen, con nuestro libro encima y el cadáver del de Casas en la parte inferior:
“Escribo este testimonio asaltado, aún, por la fascinación y el asombro", escribió Alfón, fino poeta. “No recuerdo haber presenciado un acto público semejante. Sé que en la Argentina se quemaron libros y otros se enterraron, pero de eso ya hace tiempo. Sé de libros perdidos, y otros no leídos, que es una de las alternativas de la muerte. La guillotina es otra cosa: se trata de un símbolo. La muerte mera, sin más, parece menos definitiva que la muerte a guillotina. Como todo acto simbólico, pretende decirnos algo. ¿Qué fue lo que pretendió éste?”
¿Qué pretendió, en efecto? Los poetas que estábamos ahí, y los que no pudieron estar en el acto pero figuran en las páginas de SHDLDM, no sólo nos reunimos en nombre de la poesía. Nos reunimos en nombre de una operación poética que apunta en contra de otra, que busca socavarla, neutralizarla. Está muy bien explicado en las palabras de Julián Axat, Nicolás Prividera y Emiliano Bustos en sus análisis incluidos en el propio libro, pero baste decir que se busca atentar contra el objetivismo aséptico que caracterizó a parte de la poesía de los noventa, y Casas vino a servir como símbolo de esa época.

Nótese que a mí, personalmente, me gusta Casas, quien además estuvo entre los invitados a una de las charlas que Ramón Tarruella (incluido en la antología) coordinó en el Malvinas y con quien después compartimos una charla amena y estrambótica regada de cerveza y muzzarella. Yo hubiera preferido que se guillotinara un Cucurto, por ejemplo. Pero el gesto simbólico no es contra Casas necesariamente: es contra el apartamiento de la poesía, contra esa actitud noventista de refugiarse en la intensidad del momento mínimo y desconfiar de la política, de lo colectivo, del dolor social.
Los candidatos a la guillotina, dice Alfón, son todos “uno mismo: el padre, en un sentido muy acotado del término: el padre-autoridad.” Y el “tremendo asunto", dice, viene a ser esto de “matar a un otro que nos constituye; matar al otro a partir del cual nos hemos inventado; matar, precisamente, a aquellos a partir de los cuales somos uno mismo".
No es una operación gratuita ni exenta de controversia. Incluso entre los autores incluidos en el volumen, un sondeo no arrojaría uniformidad de criterios. (Sí, he hablado antes del fuerte elemento ideológico subyacente a este libro y del proceso de selección del material, de clara orientación y coherencia. Pero que haya un criterio de selección es mérito del antólogo, no de los autores. Es momento de decir, aquí y ahora, que la imagen de los escritores juntándose en torno de una idea compartida por todos para editar un volumen en común es una quimera. No hay tal cosa. Cuando los escritores se juntan y coinciden en una visión programática no producen una antología sino un manifiesto. En una antología están los que coinciden en una visión general, los que quieren publicar, uno o dos caprichos o protegés del compilador, los que aportan el peso de sus nombres como un favor amistoso… Así funciona.)
No me parece mal, por supuesto. Aunque, desde ya y por las dudas, atajo cualquier sospecha de un intento de “desmarcarme” de la filosofía del libro: soy el primero en abogar por cierta forma de parricidio y me veo tan lejos del noventismo como de las delgadas teorizaciones de una supuesta Joven Guardia que se considera huérfana. “algo tiene que haber de este lado/ de la zanjita", digo en uno de los poemas incluidos en SHDLDM: abrazo la idea fuerza que recorre las páginas de la antología a pesar de que rescate algunos nombres de aquel clan (Laura Wittner, el propio Casas, Mariasch, Viola Fischer, un par más). Pero me parece que intentar congelar el libro en una forma programática sería un error. A lo sumo el programa consiste en dar una especie de patada o, como digo en el poema que acabo de citar, de emprenderla a puñetazos contra la pared para ver si hay algo del otro lado. A partir de ahí, nada, o todo: el espacio de la libertad.
El jueves se dijeron cosas, fuertes algunas ("Aira es un escritor al pedo", tiró Emiliano Bustos en un momento) y otras simplemente sensatas. Yo me perdí casi todo, me parece, pero sé que Axat y Bustos se turnaron en el micrófono para explicar el por qué y para qué del libro mucho mejor de lo que lo he esbozado yo en este post. Tarruella, el anfitrión, moderaba y daba lugar a las preguntas del público, mientras, al nivel del suelo, nosotros aprovechábamos para conocernos en las intermitencias de sus discursos.
El editor, Julián Axat, insistió en un paralelo que viene haciendo hace años y que me parece acertado: traslada la máxima adorniana a la historia argentina y se pregunta si es posible hacer poesía después de la ESMA. Y se contesta que sí. Una de las respuestas, dice y dijo el jueves, es este libro: la constatación de que la poesía no tiene por qué recluirse en el minimalismo apolítico sino que puede dar cuenta de la historia, de los procesos (y del Proceso), de la memoria. Sin por eso caer, agrego yo, en la reducción opuesta, que sería la barricada.
Después vino la parte de las lecturas. Habíamos considerado la idea de no leer nuestros propios poemas sino los de los demás, como una forma de generosidad y de dar lugar a los autores que no pudieron acercarse a La Plata. No hubo decisión formal, sin embargo: hubo quienes optaron por leerse a sí mismos, otros por leer poemas ajenos, y otros más, por hacer ambas cosas. Yo no leí porque llegué tarde, pero tenía una especie de acuerdo mafioso de último momento con Dulce Pallero que estipulaba que quien subiera leería al otro. Ella pasó al escenario y cumplió con su parte: leyó el poema que mencioné antes ("Sobre la ceguera") tan bien, de una forma tan expresiva, que pensé en contratarla para que asista a toda suerte de actos literarios en mi nombre.
Y después, el tercer tiempo, en La Enseña de las Tres Ranas, un restaurante que parece condenado a convertirse en un reducto de poetas. Ahí siguió la discusión sobre poesía y literatura en general pero confieso que la desvié hacia una divagación levemente nietzscheana sobre el carácter animal del hombre y fui blanco de críticas durante buena parte de la noche. Tengo una especie de imán para eso. Después fuimos a jugar al pool con Alfón, Pablo Ohde, Daniel Krupa y Gustavo Caso Rosendi (a quien imaginaba de setenta u ochenta años y resultó tener muchos menos) y yo emboqué más bolas ajenas que propias. También la blanca, que debo de haber entronerado unas once o doce veces. Ahí también opera una especie de magnetismo, ahora que lo pienso.
También Axat dejó por escrito sus impresiones acerca de la velada. En la noche del jueves “rodaron varias cabezas”, afirmó. Se trata, dice, de “cortar de cuajo la angustia de las influencias para acortar los tiempos poéticos"; sucede que los versos buscan, acaso, convertirse en “máquina de guerra". Así nomás es la cosa.
Sofía Silva publicó el sábado, en el diario Diagonales y bajo el título “Nuevas voces para una justicia poética", una reseña de la presentación. Citando a los autores, repasa las motivaciones detrás de la antología y se pregunta: “¿es posible marcar un nuevo rumbo en la poesía, matando (simbólicamente) a sus padres?, ¿cuántos actos de la obra le llevó a Hamlet tomar la decisión de matar a su padre? ¿Cómo surge una nueva voz ante tantas ataduras?”
En síntesis, y disculpen si toda esta larga parrafada concluye en algo tan básico, estuvo bueno. Ahora vamos a la ex ESMA (la presentación será dentro de un mes exacto) y entonces la carga simbólica se manifestará aun con más fuerza, sobre todo luego de que la muerte de Emilio Massera refrescara la memoria sobre lo que fue aquel lugar. Sí: después de eso, después de todo eso tan terrible que pasó ahí, es que seguimos haciendo poesía, señoras y señores.
No quiero ponerle el punto final a este post sin:
(a) decirles que las fotos pertenecen a Delfina Magnoni y Carlos Aprea;
(b) llevarlos a este fragmento del prólogo de Bustos a la antología y a la respuesta que Daniel Freidemberg, allí citado, dejó en forma de comentario. Dejo asentado acá, al igual que en el caso de Casas, que Freidemberg me cae bien. No sé si Bustos tiene razón en lo que dice de él o si Freidemberg tiene razón en la dura acusación que le hace (en el momento en que se produjeron los primeros análisis de la poesía de los noventa yo ni siquiera empezaba a leerla), pero en todo caso vale señalar que el análisis que hace Daniel (linkeado por este blog y que a él linkea) de la producción poética de ese período coincide con el que se esboza en las páginas de nuestro libraco. Contra eso que él llama “poquitismo” escribimos los salvajes.
EDICIÓN: Subsanada cierta ambigüedad del original entre las figuras del editor y del antólogo o compilador, que no son necesariamente lo mismo, aunque en este caso coinciden en la misma persona.
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