| « Los Caminos de los mitos en evook (sí, con "v") | En la Feria » | Post al azar |
“Hacen todas estas cosas porque piensan que pronto me voy a morir. Pero yo tengo otros planes.” Ernesto Sabato dijo por televisión estas palabras (o unas muy similares) a propósito de todas las reacciones que había disparado su cumpleaños número ochenta. Era 1991 (la cuenta no es difícil, pero yo lo recuerdo porque por entonces empezaba a escribir poesía) y entre las salutaciones, homenajes, invitaciones y demás la prensa, siempre rápida para detectar y poner en escena conflictividades simbólicas, se apresuró a señalar una: entre quienes habían ido a visitar al escritor a su casa de Santos Lugares o le habían hecho llegar su reconocimiento no estaba el entonces presidente Carlos Menem, quien sí se había acercado a saludar a Juan Manuel Fangio, otra figura pública que había cumplido ochenta años ese mismo día.
Era muy, muy fácil caer en esa simplificación. Menem ya había jugado al fútbol por tevé, había hecho referencia a los inexistentes libros de Sócrates, se presentaba ya como una figura en ocasiones casi cómica, pero además había indultado a los militares del Proceso, los mismos que habían sido juzgados en los primeros años de la democracia. Las víctimas que dieron su testimonio en el Juicio a las Juntas también aparecen en el Nunca Más, el informe elaborado por la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (CONADEP), presidida por Sabato. Sin duda hubo razones políticas para que Menem eligiera no visitar a Sabato: el encuentro habría sido duro, simbólicamente costoso. No es que le interesaran más las carreras de autos que la literatura. O tal vez sí. Poco importa.
Por esos días le escribí una carta a Sabato. Yo tenía dieciséis años y había leído varios libros suyos: El túnel y Sobre héroes y tumbas, pero también Uno y el universo, Heterodoxia, Hombres y engranajes, El escritor y sus fantasmas. Yo fui fan de Sabato antes que de Tolkien: leía sus divagaciones filosóficas (o antifilosóficas, si vamos al caso) a una edad a la que debería haber estado leyendo novelas de aventuras. Por eso soy así. Pero divago.
En la carta (escrita a máquina con la perversa intención, no siempre ejecutada, de que todas las líneas tuvieran la misma longitud de modo que el margen derecho fuera uniforme) me presentaba humildemente: le confesaba a Sabato que había leído “muy pocas de sus obras” (no eran tan pocas, por lo que veo, pero mi afán de totalidad no se terminaba en las líneas de escritura a máquina) y le rogaba que me permitiera visitarlo y tomar un café con él. No recuerdo mis palabras exactas: era la época en que uno escribía en papel y enviaba sin quedarse con una copia de lo escrito. Pero me mostraba educado y, tal vez, admirativo al punto de la torpeza. De hecho, “Admirado maestro” eran las palabras que encabezaban el texto. En fin, pecados de juventud.
Sorprendentemente, me respondió. Su carta sí la conservo, aunque no la tengo a mano ahora. Fue muy amable en su rechazo: me explicó que estaba teniendo problemas de salud y no estaba recibiendo visitas, me dijo que no le exigía a nadie que leyera sus libros y mucho menos todos, y se disculpó por no teclear la carta él mismo: la estaba dictando, no recuerdo a quién. Tenía algunos errores de puntuación la carta, y sospecho que en sus disculpas se entrevía un afán suyo de pulcritud extrema. Habiendo sido primero un científico, no extraña que lo incomodara la imperfección del instrumento, fuera quien fuera. También me hablaba de su hermano muerto.
Ahora se murió él, sin llegar a los cien. Se adelantarán todos los homenajes del caso, se desempolvarán las necrológicas escritas hace veinte, quince, doce años, diez, siete, cinco. Muy poco ha cambiado en estos años que valga la pena consignar allí, salvo algo que también señalaron los medios: que Néstor Kirchner incurrió en una injuria aun mayor que la de Menem al lanzar la edición conmemorativa del Nunca Más, la que ahora mismo se puede hallar en la Feria del Libro (el jueves la hojeé para comprobarlo). Kirchner le insertó a la obra un prólogo que desautoriza el original de Sabato, al combatir la llamada “teoría de los dos demonios” que… pero divago nuevamente.
Por cierto, la imagen de Sabato ha ido variando para mí en estos años, se ha ido complejizando. Muchos no le perdonan ciertos encuentros, ciertas palabras. Son narraciones sueltas, basadas en una foto, una anécdota inverificable o, por el contrario, en testimonios periodísticos y en textos firmados por él. Yo no llego a decidir qué pensar porque me falta el contexto: no hay quien dé cuenta del ambiente, del aire en el que ocurrieron esas cosas. Ya no podré preguntarle.
De todas maneras ahí está la noticia: Sabato se murió un sábado, a menos de dos meses de llegar a la centena. Quedan sus libros, todos los que leí y los que aún me quedan por leer. Quedan esas fotos que lo muestran siempre igual, con grandes anteojos y una expresión a veces sonriente pero siempre trágica. Queda el Nunca Más como testimonio apabullante.
Y quedamos nosotros, todavía preguntándonos qué hacer con su figura.
Hace poco (01.05.11) deni escribió deni7m: http://twitpic.com/4r9fzx - horror!. ¿Qué esperás para leerlo?
Comentarios recientes
en cinco pataletas
en cinco pataletas