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Por preferencia personal, por pobreza, por desconocimiento técnico, por estrategias de mercado o por lo que fuere, los filósofos franceses no utilizan el software conocido como Microsoft Word o, para el caso, ningún otro con similares funciones y capacidades. Es por esto que cuando un editor parisino les pide amablemente un ensayo, doscientas páginas, doscientas cincuenta digamos, en tipografía de doce puntos y sobre papel tamaño A4, a doble espacio y por una sola cara, ellos, siempre capaces, siempre dispuestos, siempre generosos, toman sus biromes o lapiceras y empiezan a volcar sus ideas sobre cuadernos o libretas, sin computadoras de por medio. Invariablemente producen piezas geniales, ensayos de una contundencia y una originalidad deslumbrantes, en los que cada frase, cada párrafo, cada capítulo se engarzan en una sucesión lógica y poética que podría considerarse perfecta. Invariablemente, también, calculan la extensión de tales piezas a ojo de mal cubero, y es por esto que el editor parisino, tras hacer pasar a formato digital dichos compendios de sabiduría y racionalidad, advierte que se han quedado cortos por veinte, treinta o cincuenta páginas. Los filósofos franceses, que han aprendido a esperar con aprensión el segundo llamado del editor, no han aprendido sin embargo a interpretar el pedido que ese llamado transporta de la manera más directa y sencilla, es decir, no consideran la posibilidad de expandir sus ideas, aclarar conceptos, introducir párrafos explicativos o digresiones que vengan al caso, hasta rellenar el espacio disponible: tal cosa llevaría a la destrucción de la magnífica orfebrería discursiva que han producido, sería una especie de crimen que los filósofos franceses son incapaces de cometer. Entonces, deprimidos, descreídos, rebeldes, se atiborran de sustancias lisérgicas y escriben un capítulo más, que entregan justo sobre la fecha de cierre.
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