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Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa.

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Beatriz Sarlo en 6 7 8: 9
apuntes sobrelpúchicos

25.05.11

Permalink 17:49:00, por Sebastián Lalaurette Email , 2354 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: blogoverso, medios, política, periodistas, TV

Beatriz Sarlo en 6 7 8: 9
apuntes sobrelpúchicos

Beatriz Sarlo estuvo anoche en el piso de Canal 7 para participar de 6 7 8, la avanzada catódica del gobierno nacional. La visita de Sarlo fue muy anticipada y generó un torbellino de reacciones en Twitter a medida que transcurría el programa.

Para los que no lo hayan visto:

Aquí, nueve notas sueltas sobre lo que pasó ahí. Otra vez ofrezco observaciones laterales, fragmentarias, ya que es mucho lo que se ha escrito antes y después del debate y no me parece necesario repetir lo que ya se ha dicho en demasía.

1.

La previa del programa la viví básicamente a través del blog La lectora provisoria, del inefable Quintín, que el día anterior a la emisión publicó una carta abierta a Sarlo en la que le pedía que no se prestara al juego. La lógica de ese post se repite en otro publicado después del programa, en el que el crítico, columnista y blogger confirma que, en su opinión, la presencia de Sarlo sólo sirvió para legitimar “el adoctrinamiento, el escrache y la desinformación".

Es una postura muy habitual. A mí me parece errónea. Así lo dije en algunos comentarios al primer post mencionado y, ya que voy a repetir argumentos, mejor copio y pego acá las partes relevantes, es decir, me autocito:

Lo que cuestiono es justamente esa idea de que prestarse al debate es dar pábulo, “dar prensa” al oponente. Es como si Sarlo ya hubiera perdido antes de abrir la boca; como si todo lo que pudiera decir, todo lo rico y complejo que pueda surgir de esa discusión, quedara anulado por una especie de sensación general y muy básica de que su mera presencia “legitima” algo. Es una noción achatadora, pobre (…) Usé “dar prensa” en el sentido más general en que se entiende esta frase: dar lugar a cierto discurso desde un espacio que se considera legítimo, socialmente funcional. (…) Esta noción impugna de entrada todo resultado propio del debate en sí, toda chispa que pueda encender en el pensamiento, toda sinapsis nueva que pueda surgir de él. (…) Es como si todo terminara en el momento en que Sarlo se sienta en la silla de los invitados y es presentada al aire. Qué forma de subestimar el poder de las palabras y las ideas.

¿Por qué no iba a ser justamente 678 un lugar de diálogo? Los debates políticos (o de cualquier otro tipo) no tienen lugar nunca en un espacio etéreo y balanceado, no hay quien alise perfectamente la cancha antes del match: los debates realmente existentes se ubican siempre en un campo desnivelado, en el territorio de alguien. Corolario: siempre se producen utilidades laterales al centro del debate, siempre hay usos que tienen que ver con la legitimación, el prestigio, el balance de fuerzas. Pero esto no los invalida. Sarlo podrá hacer aportes a pesar de la utilización de su presencia, así como Barone, pongamos por caso, podrá encontrarle alguna fisura y aportar también cosas interesantes. Luego estas cosas podrán ser recordadas, podrá haber rebotes visibles o invisibles, etc.

En fin, si Sarlo fuera a otro ámbito diferente de 678 podría estar más cómoda y evitar esta utilización que señalás, pero también se perdería de llegar directamente, sin filtros, al público de 678. El precio de llegar al otro es acercarse lo suficiente, ponerse a tiro.

2.

El furor que despertó en Twitter la presencia de Sarlo en el programa oficialista fue notable. Yo debo decir que me lo esperaba, no sólo por la anticipación con que se anunciaba el debate (yo me enteré a través de esa red social) sino porque se trataba de un evento a la medida de Twitter. Imposible para los habitantes de la tuitósfera (yo incluido) resistirse a un acontecimiento mediático que calzaba tan perfectamente en la matriz de identificaciones y aspiraciones de la clase media ilustrada con acceso a la Red y a un par de horas de ocio. Una vez resuelto el problema de llenar la panza y comprar la pilcha, los imperativos de la economía material amainan y aparecen los de la economía de la atención. Gritarle al televisor no es nuevo, pero ahora se le puede gritar en público, ante cientos o miles de conocidos y desconocidos que surfean, como uno, el hashtag #Sarloen678; se puede, con esfuerzo que tiende a cero, soltar una andanada de comentarios ingeniosos, hacerse ver, presumir de intelectual, aguzar la ironía, tratar de seducir en pocos caracteres, ganar followers (esa moneda virtual) y “clavarles” a las tuiteras que parecen estar buenas follows amparados en la justificación del debate parasarliano, que en otro momento hubieran sido ignorados. “Twitter es la espuma de la espuma de la espuma", dijo la ensayista en el tanque televisivo oficial, y tenía razón.

Twitter es la espuma de la espuma de la espuma

3.

Sarlo es televisiva. Es la más televisiva de las personas que anoche poblaban el estudio de 6 7 8. Ni los avezados Orlando Barone y Sandra Russo, ni el conductor Galende, ni los humoristas Barragán y Cabito (cuya función sería justamente introducir espontaneidad, descontracturar, televisivizar un programa que al fin y al cabo es de ideas y tiene un núcleo árido), ni los invitados Forster y Mariotto ni mucho menos la pobre Nora Veiras lograron compensar la presencia en cámara de la antagonista. El caso de Veiras (repito: pobre) es notable, porque su intervención, temblorosa, vacilante, casi tartamudeante, fue la única que logró desacomodar a Sarlo y obligarla a pilotear la respuesta a una acusación que fisuraba su credibilidad. Yo no sé si Sarlo dijo la verdad o mintió al afirmar que lo que Veiras leyó en la revista Debate no fue lo que ella dijo, pero sí sé que la imputación (aun carente de peso real, porque en todo caso se hubiera tratado de encontrarle a la invitada una falla menor, de sorprenderla en un renuncio) debió haber sido un mazazo en cámara, un punto indiscutible para el programa, y sin embargo todo se resolvió en un duelo de actuaciones del que Sarlo salió airosa, mientras que su interlocutora cedía implícitamente el derecho a la palabra por su indecisión y su falta de timing.

4.

De ahí, también, la facilidad de proliferación memética. Las ilustraciones que incluyo en este post fueron producidas rápidamente, ni bien el programa hubo terminado (o tal vez incluso antes del fin de la emisión), por algún usuario de Internet que no he hecho demasiado esfuerzo por identificar (de todas maneras el destino de los memes es el anonimato). Que se haya aislado a la frase sobre Twitter es un rasgo de la infinita autorreferencialidad de esa red; los otros momentos ("¡No seas insolente!” —a Mariotto— y “Conmigo no, Barone, conmigo no” —que ya tiene su ringtone—) fueron genuinamente divertidos y son el producto de cierta competencia audiovisual. Carisma podríamos llamarla, aunque tal vez suene exagerado. En todo caso, el contraste entre Sarlo y sus anfitriones fue evidente, con Veiras como ejemplo máximo.

5.

Lo de Sandra Russo, en cambio, es inexplicable. Se la vio, no belicosa, no sobradora, no autosuficiente, sino enojada, indignada en demasía, herida al punto de que le fallaba la voz, como si la visita de Sarlo hubiera constituido una afrenta personal. Nada de esto corresponde a su condición de mujer de una poderosa inteligencia y gran talento, acostumbrada a la conducción y habilitada para el debate sobre la política y sobre los medios. Uno sólo puede hacer conjeturas. Que Russo se haya opuesto a la visita de Sarlo pero que su posición haya perdido en las reuniones previas al programa. Que le tenga un odio visceral. Que la haya incomodado el adosamiento al panel de un funcionario no anunciado (ver siguiente punto). Que, simplemente, haya tenido un mal día. No lo sabremos, supongo. Pero su reacción fue incomprensiblemente emocional: empezó quejándose ridículamente de que ella y otros panelistas estaban “pintados” (el debate daba para argumentaciones largas y hasta entonces el sedal del diálogo se movía entre los tres invitados), se centró en la defensa de la propia labor y se dejó superar fácilmente por la calma de alguien que le estaba señalando características extremadamente visibles del formato del ciclo y sus informes. Renunció así a la relevancia.

6.

Gabriel Mariotto es un personaje extraño. Su presencia en el piso de 6 7 8, que no estaba anunciada, no fue justificada al aire de ninguna manera. (Alguien que afirmaba haber estado en el estudio tiró por Twitter una posible explicación, pero no me consta y no la voy a reproducir.) Baste con decir que Mariotto es el titular de la Administración Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) creada por la nueva Ley de Medios y, por lo tanto, parte del mismo aparato comunicacional del Estado del que forman parte Canal 7 y el programa de marras, pero, en su caso, desde el lugar de un funcionario hecho y derecho. Yo lo conocía porque fue profesor y secretario académico en mi facultad (la de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, UNLZ) cuando cursé Periodismo, y llegó a ser decano de esa facultad después de que yo me recibiera, en 1998. De la materia en la que lo tuve, Periodismo y Literatura, recuerdo que absolutamente todo estaba enfocado desde la óptica del peronismo y que sólo consideramos textos de periodistas y escritores identificados con ese movimiento o con el campo popular que le dio origen (en el caso de los textos previos a 1945), y que ese partidismo, lejos de ser sutil, estaba también fuertemente presente en las clases que dictaba. Un profesor militante, nada menos, que filtraba todas las inquietudes y críticas a través de la matriz del peronismo. También recuerdo que aceptó amablemente una invitación que le hicimos yo y varios compañeros que teníamos un programa de radio en Adrogué y que allí justificó la actitud del entonces decano, Horacio Gegunde, de mandar a apagar todos los televisores del circuito interno de la facultad porque se lo estaba criticando.

Por eso no me sorprende el papel que Mariotto hizo en el debate de anoche. Su papel fue defender hasta la hipérbole las acciones del gobierno nacional, y en el proceso olvidó casi todo el contenido de los textos sobre teoría de la comunicación que se ven en primer y segundo año de la facultad que tuvo a su cargo, optando por pintar a los mass media según la óptica de una teoría en particular, la hipodérmica, que ya ha sido suficientemente superada. Sarlo se lo hizo notar, pero no hubo caso: para Mariotto, para el gobierno, los medios son dueños de una capacidad inmediata y absoluta de influir sobre los cerebros del público, de ahí que se los demonice tanto. Elementalidad, falta de matices, apelaciones a lo popular y a lo emotivo ("Rodolfo Walsh está en el corazón de todos"). Nada nuevo, en fin.

Conmigo no, Barone

7.

Ricardo Forster es otra cosa. Se ha dicho que fue el único antagonista digno de Sarlo, el único que podía manejar el nivel de complejidad de conceptos necesario para discutirle. Es posible, aunque no estoy seguro de que se trate de eso. Forster es ciertamente hábil: le lanzó a Sarlo, sin inmutarse y en un lenguaje clarísimo, esto:

Yo más bien creo que vos has asumido un posicionamiento, absolutamente válido desde tu mirada, que lee esta época desde una perspectiva que lleva la forma, en general, de la artificialidad, la impostura, la ficcionalización, la herencia bajo nuevos formatos mediáticos de lo que era la trama menemista.

En mi barrio, eso es piña. Sarlo rechazó la acusación ("Nunca fui partidaria de Baudrillard"), pero lo que estaba dicho estaba dicho. Sin embargo, no hay ahí demasiada profundidad. Lo que creo que manejó bien Forster, además del lenguaje, es el clima: cada una de sus intervenciones fue calma y trajo calma al ambiente, aun cuando estaba diciendo esas cosas terribles. Incluso sus protestas ("Beatriz, te aseguro que he leído tu libro con mucha atención") fueron moderadas, caballerosas.

Por otra parte, a Forster se lo notaba como obligado a constreñirse a cierto discurso, y hacia el final de la emisión había descendido a la mera reproducción de la jerga política cotidiana. Una pena. A mí me habría gustado que Mariotto no estuviera y que Forster y Sarlo hubieran podido trenzarse un poco más; para eso habría hecho falta, sin embargo, que Forster se despojara un poco de su corset cartabiertista y se animara a encajar alguna crítica al kirchnerismo, porque se le pueden hacer muchas.

8.

Era obvio que las lecturas de lo que pasó en el estudio de 6 7 8 iban a variar salvajemente según la afiliación ideológica del evaluador. Hoy las aguas parecen dividirse en tres: unos piensan que Sarlo “sopapeó” a los panelistas del ciclo dejándolos en un estado irrecuperable; otros, que claramente “perdió” y que quedaron en evidencia su falsedad, su estrechez de miras y el sesgo ideológico de su visión; y los terceros, los menos belicosos, se niegan a ver las cosas en términos de “ganar” y “perder” y rescatan diversos elementos para hacer su análisis de lo que se dijo. Compárese, si no, este post publicado en Artepolítica (usina del bloguerismo K), con este artículo vitriólico de Urgente24, ubicado en la vereda opuesta, o la recensión amargada de Quintín.

Esta diversidad de interpretaciones abona la lectura del crítico sanclementino, por cierto: parecería que los kirchneristas han obtenido un triunfo más allá de todo lo que se dijo en las dos horas de charla, o al menos así lo ven. Yo sólo puedo insistir en que lo que había de este lado de la pantalla eran miles, decenas o cientos de miles de cerebros, y que mucho de lo que se dijo ahí puede haber abierto ojos, establecido sinapsis, ligado cabos mentales en un sentido u otro. Reafirmo que los debates están para darlos, no para eludirlos. Los usos de lo que ocurrió anoche se han puesto en marcha de inmediato, pero sus resultados profundos, lo que implica para el pensamiento, son invisibles, como sucede habitualmente con las operaciones de la dialéctica y la razón.

9.

Barone está muerto. Siempre se puede resucitar, sin embargo.

ACTUALIZACIÓN: Un apunte adicional acerca de lo que Sarlo dijo/no dijo sobre la influencia de los medios.

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