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Londres es bella. Nadie puede negar eso.
Londres es cosmopolita. La ciudad está llena de extranjeros. En un momento me paré en medio de Piccadilly Circus para sacar una foto; miré a mi alrededor y advertí que tenía dos árabes a la derecha, tres coreanos a la izquierda y una pareja de negros atrás.
Londres es cara. Tres libras por un souvenir puede parecer razonable hasta que uno advierte que son unos veinte pesos. Una llamada de cuarenta centavos (el mínimo) desde una de esas lindas cabinas telefónicas pintadas de rojo cuesta... más de tres pesos. Una cerveza en un pub ronda las cuatro libras, es decir unos veinticinco mangos. En el hotel May Fair, donde estuve, la botella de agua mineral sale tres libras y media.
Londres es sucia, pero no tanto como Baires. Uno va por Kingsway y es casi casi como andar por Avenida de Mayo: primero porque el lugar es bastante parecido y segundo porque hay papeles en la vereda, un poco de mugre y desorden, aunque bastante menos que en la capital argentina.
Los granaderos londinenses (¿así se llaman?) no te dan ni la hora. Es verdad: uno se para junto a ellos con su mejor cara de idiota para sacarse una foto (yo lo hice) y ni se mosquean aunque uno sea educado y diga hello y thanks.
La comida no es muy rica en Londres. Cuando a uno le traen la carne en una bandeja llevada en alto por cuatro tipos vestidos de cocineros y escoltados por una vistosa guardia militar y el redoble de tambores, espera algo más que esas lonjas resecas que la salsa no llega a tiernizar; la noción argentina de ensalada no tiene nada que ver con esas zanahorias y espárragos hervidos que el chef tira en el plato así nomás. Pero hay que probar las tartas de carne y hongos; son el único plato que comí en Londres que podría calificar de delicioso.
El Big Ben es imponente y está en la Abadía de Westminster, que también es imponente. Las fotos no alcanzan a transmitir la sensación de estar junto a ese monumento enorme. La Abadía está en medio de la ciudad, rodeada de edificios modernos y avenidas y un tránsito incesante, pero aun así el reloj domina todo el paisaje, especialmente de noche, cuando la luz convierte al edificio en una especie de joya dorada.
Londres es un quilombo, pero no tanto como Baires. Y sí, tanta actividad, tanta diversidad, tanto atractivo hacen que sea un tanto difícil caminar sin prisa ni pausa, pero, sorprendentemente, las normas de tránsito se respetan bastante. (Y eso que está lleno de turistas que vienen de países donde los autos circulan en sentido contrario al londinense. Yo estuve a punto de morir dos veces por mirar para el lado equivocado antes de cruzar.)
Londres es coolta. No sólo están los museos de todo lo que quieras, no sólo están la Tate o la National Art Gallery; también hay espectáculos de todo tipo, muchos de ellos gratuitos, y proliferan los centros culturales; el gobierno municipal incentiva fuertemente toda clase de proyectos. En este aspecto, la modernidad de Londres es por lo menos tan marcada como su atractivo histórico.
ACTUALIZACIÓN: Estoy subiendo fotos del viaje al flog. La lista de posts es la siguiente:
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