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Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa.

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Feliz día, a pesar de todo

07.06.11

Permalink 23:50:00, por Sebastián Lalaurette Email , 1489 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: ética, blogoverso, medios, política, periodismo, periodistas, orbitando

Feliz día, a pesar de todo

A veces el Día del Periodista pasa sin pena ni gloria. Otras, sin embargo, ocurre algo que justifica o provoca la reflexión sobre lo que significa, no el día, sino la profesión, esta profesión que hemos elegido quién sabe por qué o para qué y que a veces, no siempre ni demasiado, se parece a lo que creíamos que era antes de meternos en el baile. Una de esas veces fue hace tres años, cuando la muerte de Bernardo Neustadt trajo a colación (para quien quisiera pensar en ello) el tema del papel de los periodistas en la esfera pública/política y su variación en las últimas décadas, entre sus años de estrellato y su ocaso definitivo.

Ahora no murió nadie (nadie que resulte relevante para esta discusión, quiero decir, y que yo sepa), pero llegamos al 7 de junio en medio de dos debates que tienen mucho que ver con el papel de los medios en general y de la prensa en particular, con los posicionamientos de los periodistas, con su relación con las empresas que los emplean y con el Estado, que también emplea a algunos. Uno de esos debates ya está dando sus coletazos finales y es el que se generó con la visita de Beatriz Sarlo al programa televisivo oficialista 6 7 8. El otro, el virulento cruce de acusaciones entre dos figuras señeras de la profesión periodística en la Argentina, como lo son Eduardo Aliverti y Jorge Lanata, otrora compañeros y aliados ideológicos, hoy (por lo que se ve) enemigos acérrimos. Que se inscribe, a su vez, en la discusión sobre el tratamiento que los grandes medios le están dando al escándalo por las denuncias de corrupción en contra de Sergio Schoklender en su papel de apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.

Del mutuo pase de facturas no voy a hablar, pero sí conviene anotar su existencia: no es habitual que dos referentes históricos del periodismo vernáculo se fustiguen a través de los medios masivos en forma tan agresiva (la cosa no es de ahora, por cierto). Tanto en el cruce Sarlo/Barone como en la batalla Lanata/Aliverti salen a relucir pasados imperfectos, traiciones, reacomodamientos, omisiones culposas en los curriculums. No importa el contenido específico de lo que esta gente se acusa de haber hecho o no hecho en tales y tales años, pero sí las nociones que subyacen a tales enfrentamientos. Porque para que puedan darse, para que puedan ser reproducidos y amplificados y tomados como objeto de debate serio, tienen que apoyarse en ciertos presupuestos, y esos presupuestos también deberían ser sometidos a juicio.

Late, primero, en el fondo de estas acusaciones la noción de que un periodista es un ser capaz de decidir serenamente y sin ningún tipo de condicionamientos dónde va a trabajar y para quién. Sólo así puede sostenerse con cierto asomo de contundencia, como si se hubiera sorprendido al otro en una falta, la frase “vos estuviste en tal diario en tal año". Para que esto sea una falta tiene que estar la posibilidad cierta, racional, de optar por un medio u otro según los propios intereses y la propia inclinación ideológica. La imagen que conjuran estos entredichos es la de un profesional que no necesita un trabajo con urgencia, que puede permitirse esperar hasta que el menú de ofertas laborales sea de su agrado; la de un trabajador privilegiado, capaz de anteponer la elección de jefes y compañeros al pago del alquiler, el gas y las expensas.

Son pamplinas, por supuesto. Un tornero no elige en qué fábrica trabajar: entra donde lo tomen, porque respondió a un aviso clasificado o porque un amigo suyo trabaja ahí o porque conoce al dueño de la empresa o por lo que sea. Un maestro recién recibido no especifica a qué escuela quiere ir a dar clases: se presenta a concursos y actos públicos y es feliz si logra tomar las horas disponibles en alguna que no le quede demasiado lejos. Ningún analista de sistemas anda pispeando los sistemas de diferentes empresas y luego decide de cuáles se va a hacer cargo. ¿Por qué debería ser diferente con los periodistas? Un periodista trabaja en el medio en el que consigue trabajo. Así es al menos hasta que el talento, el trabajo duro y la suerte le permitan hacerse un nombre propio y rechazar las ofertas laborales que no le interesen en favor de los trabajos en los que sí se sienta cómodo. Como en cualquier otra profesión, bah. Parece mentira que haya que andar aclarando esto.

De esta realidad (de que el periodista es un asalariado sometido a las reglas del mercado de trabajo, como cualquier otro) se desprenden varios corolarios, la mayoría de los cuales son obvios y no los voy a mencionar. Uno de ellos es que la ideología de un periodista no tiene por qué coincidir con la línea editorial del medio en el que trabaja. De hecho, es muy habitual que los periodistas pasen de una empresa a otra, y en estos pases no juega para nada el factor ideológico: hay quien pasa de un diario afín al gobierno a otro que es fuertemente crítico, o a la inversa; quien hace carrera en la televisión privada y luego desembarca en la estatal; y hay trayectorias que vuelven, años de trabajo en un medio de clara tendencia izquierdista, luego una etapa en un diario conservador, y una vez más a los medios progresistas. Es lo más natural del mundo.

No. Lo que debe leerse en las estocadas de Barone a Sarlo o de Aliverti a Lanata, y viceversa en ambos casos, es la comprobación de que no tienen sentido. No lo tienen, por cierto, cuando se les buscan “pecados” de juventud: los diarios o canales en que trabajaron cuando eran licenciados recientes y totalmente desconocidos. Sí, tal vez, cuando se refieren a las opciones que han tomado últimamente, ahora que todos son grandes nombres y pueden darse el lujo de decir “Ahí no voy".

Pero hay más. Porque lo que ahora se está discutiendo abiertamente en la televisión, y también en el resto de los medios masivos, es la cuestión del posicionamiento político de los periodistas. ¿Está bien o mal que se expliciten las propias posiciones políticas? ¿Hasta qué punto trabajar en determinado lugar condiciona la visión de la realidad? ¿Es deseable la objetividad? ¿Es posible? ¿Se puede uno mantener neutral, frío, alejado de los hechos? (Aliverti diría que sí, salvo en ocasiones excepcionales en que uno debe hacerse cargo de sus entrañas, movidas por la revulsión, y éste es uno de esos casos. El problema es que lo dice siempre. O, mejor dicho, cada vez que quiere atacar a un colega. En ese momento utiliza su asco, su indignación moral, para descalificar al otro. Niega que sea posible asumir un lugar de santidad, pero en la práctica lo asume y demoniza a los demás: no somos, dice en referencia a sí mismo, la misma mierda que ellos. A esto ha llegado esa mente preclara. Es el nivel de argumentación que maneja.) Esta discusión se da ahora en la esfera pública amplia, no se limita a la academia y a los círculos que rodean estrechamente a la profesión: todo el mundo opina de esto, sabe al menos de qué se trata, y eso es saludable.

No es eso lo que preocupa aquí. Lo que preocupa, lo que más debería preocuparnos a nosotros, pobres periodistas sometidos a todos los vaivenes habidos y por haber (políticos, económicos, culturales, incluso a los vaivenes semanales de la opinión pública y el rating), es que, aun cuando estas discusiones sean saludables, ocurren a destiempo. El debate sobre el rol de los medios y los periodistas se da, por un lado, en momentos en que la esfera de la comunicación pública ha estallado en un millón de fragmentos (blogs, microblogs, pequeños medios digitales), y, por el otro, en una época de declive muy marcado en el interés por todo lo que se ubica fuera del espectáculo. El resultado es que el concepto de “noticia” se ha vuelto relativo y los estándares de la profesión periodística (no sólo los éticos, sino también los de calidad o excelencia) se aplican sólo a un pequeño subconjunto, cada vez más reducido, de la información reclamada por un público poco fiel. Por tanto, estos cruces acalorados se plantean en términos de espectáculo, no son vistos por la mayoría como algo “realmente” importante. Finalmente, se trata sólo de periodistas, de tipos que se arrogan el dominio de la verdad cuando tal cosa (dicen, errados) no existe.

El mayor problema de la prensa hoy, la nube más negra en el horizonte, no es la presión del Estado ni la autocensura ni la condición comercial de los medios, sino el fantasma de la irrelevancia. Vivimos en un mundo que ya no nos reclama. Pronto desapareceremos, y no está claro que algo bueno vaya a ocupar nuestro lugar.

Hasta entonces, y mientras duremos, feliz día, colegas.

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