Hoy se cumplen cinco años de la resistencia del pueblo esquelense contra la instalación de una mina a cielo abierto.
No tiene mucho que ver, pero: fotos de mis vacaciones en Esquel (y alrededores) a partir de acá.
EcoPortal.net publica un artículo de Juan Carlos Galindo en el que se brinda un panorama bastante descorazonador acerca de la efectividad del Protocolo de Kioto, que próximamente entrará en vigor. Siempre hay algún recoveco por donde eludir las exigencias de cualquier norma, en este caso, de los tratados para la protección del medio ambiente. Y ahora que hay una nueva norma, también surgieron nuevas formas de hacer dinero. El Protocolo de Kioto convertido en negocio: Se vende tonelada de C02.
El día después de mañana podría estar a punto de convertirse en realidad. Hasta ahí la escalofriante noticia.
Es, por si alguien no lo notó, una maravilla que estemos discutiendo estas cosas. El debate sobre al aterradora posibilidad de una serie de gigantescas olas abatiéndose sobre las costas norteamericanas y europeas sólo puede tener lugar en un mundo como el nuestro, en el que el monitoreo de cada punto del planeta es una realidad corriente. Miles, millones de ojos colocados en órbita, bajo el agua, entre las rocas, volando por el aire, registran toneladas de datos que nos permiten prever cosas que en otro tiempo eran cuestiones reservadas al Destino, con mayúscula.
Aunque permanentemente vapuleado por quienes pretenden una predicción perfecta, la existencia misma del Servicio Meteorológico y sus pronósticos para la semana es algo que hubiera resultado incomprensible hace un par de siglos. Y cuando hoy los científicos nos advierten que un megadesastre podría originarse en la inestabilidad de una isla perdida en medio del Atlántico, están abogando por la colocación de más ojos en ese punto preciso; la discusión no es teórica, sino técnica. Podemos hacerlo, dicen, y por ello tenemos la obligación de hacerlo.
La orca más famosa del mundo ha muerto. Lo triste del caso no es el hecho en sí, algo natural para animales y para humanos desde que el mundo es mundo, sino que murió triste. Desde que conoció la compañía humana, el lujo y los mimos, y hasta el glamour de Hollywood, inició un camino sin retorno. Ya nunca pudo volver a vivir en libertad. Su despedida es la constatación de que no sólo aniquilando especies enteras destruimos la naturaleza; también privando a los seres vivos de su medio natural (y esto no sólo sucede cuando los convertimos en actores) les quitamos una irrecuparable porción de lo que son, una parte esencial de ellos mismos.