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En una universidad de Ohio donde reina la corrección política, los estudiantes varones, en sus tratos sexuales con las mujeres, deben observar un código de preguntas y respuestas para evitar la fatal acusación de acoso. Se debe dar un asentimiento verbal expreso a cada avance. “¿Puedo desabrochar el botón superior de tu blusa?” “Sí.” “¿Puedo desabrochar el segundo botón?” “Bueno, sí.” Etcétera. El código, reproducido en la prensa británica, ha provocado burlas a costa de la ingenuidad y la obtusidad yanquis. Pero los que se ríen obviamente ignoran lo que sucede en nuestras tierras.
En Oxford, por ejemplo, hay ahora 267 asesores en acoso. Hay 93 departamentos universitarios —¡oh dioses!— y cada cual tiene dos. Hay una junta central de siete. Los asesores son obligatorios aun en los parques de la universidad, los archivos, la unidad de transporte y —quizá con cierta justicia— el temido cuerpo docente de Teología.
Es raro recordar que hace exactamente cien años las mujeres de Oxford luchaban para escapar de la sobreprotección. Oxford and Oxford Life (Londres, 1892), cuya autora es K. M. Gent de lady Margaret Hall, incluye un capítulo sobre la educación femenina en Oxford.
Ansiaba demostrar que las chicas lo pasaban bien. No estaban obligadas a ir a la capilla, aunque “un tono escéptico acerca de la religión” se consideraba “el colmo de la mala crianza". Cualquiera que se acercara a un colegio de señoritas esperando “encontrar largas hileras de muchachas pálidas y ojerosas agachadas sobre los libros en una encantadora tarde estival” quedarían “jadeantes de sorpresa” al descubrir “la gran cantidad que jugaba en el parque con energía y entusiasmo". Aunque el hockey se consideraba “demasiado rudo", el gimnasio era “escenario de gran diversión” y había muchas muchachas que “no desdeñaban el juego del escondite en la casa, con las persianas cerradas".
Parece la Arcadia, ¿verdad? La señorita Gent señala que “las muchachas “masculinas” o livianas son tan excepcionales que mencionarlas sería cosa personal". Por cierto, “las relaciones con los varones de la universidad eran limitadas". Pero “mientras esté con una acompañante aprobada por el director", una estudiante “goza de las libertades comunes en ese sentido". Si “conoce hombres en Oxford", incluso puede entrar en sus habitaciones, “cumpliendo las antedichas condiciones". Por otra parte, sólo puede invitar “amigas” a tomar el té en su habitación, “pues ni siquiera los hermanos se admiten” sino que deben ser “agasajados formalmente en la sala de estar".
Las muchachas con acompañante podían “ir en ocasiones a fiestas nocturnas, siempre con excepción de los bailes, pues están prohibidos". La mayoría de las muchachas, concluye la señorita Gent, entendían que “tan delicioso período de relativa libertad nunca se repetirá” y cita a una estudiante que se despide: “Nunca seré tan feliz. Ha terminado la parte más grata de mi vida".
Soy un poco escéptico en cuanto a lo último, aun tratándose de niñas apasionadas por el escondite. Pero es fácil entender que las mujeres jóvenes e inexpertas fueran más felices observando un conjunto de convenciones que reflejaban una vieja tradición que sometiéndose a un código nuevo y feroz impuesto por los fanáticos del género. Desde mi experiencia, sospecho que la mayoría de las muchachas que van a Oxford, habiéndose matado a estudiar para llegar allí, esperan con cierta ansiedad un poco de acoso sexual. A fin de cuentas, ¿qué es el acoso sino un término moderno de reprobación, acuñado por los puritanos de la guerra de los sexos, para designar los hechos comunes del cortejo? ¿Cómo puede un hombre llegar a algo con una mujer sin acosarla?
—Paul Johnson: Al diablo con Picasso (1996)
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