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El día después de mañana podría estar a punto de convertirse en realidad. Hasta ahí la escalofriante noticia.
Es, por si alguien no lo notó, una maravilla que estemos discutiendo estas cosas. El debate sobre al aterradora posibilidad de una serie de gigantescas olas abatiéndose sobre las costas norteamericanas y europeas sólo puede tener lugar en un mundo como el nuestro, en el que el monitoreo de cada punto del planeta es una realidad corriente. Miles, millones de ojos colocados en órbita, bajo el agua, entre las rocas, volando por el aire, registran toneladas de datos que nos permiten prever cosas que en otro tiempo eran cuestiones reservadas al Destino, con mayúscula.
Aunque permanentemente vapuleado por quienes pretenden una predicción perfecta, la existencia misma del Servicio Meteorológico y sus pronósticos para la semana es algo que hubiera resultado incomprensible hace un par de siglos. Y cuando hoy los científicos nos advierten que un megadesastre podría originarse en la inestabilidad de una isla perdida en medio del Atlántico, están abogando por la colocación de más ojos en ese punto preciso; la discusión no es teórica, sino técnica. Podemos hacerlo, dicen, y por ello tenemos la obligación de hacerlo.
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