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Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa.

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La secta de los teclados

13.06.11

Permalink 11:03:00, por Sebastián Lalaurette Email , 523 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: general, orbitando

La secta de los teclados

Están por todos lados. La mayoría son invisibles: no hay manera de reconocerlos por su vestimenta, su tono de voz, su actitud general. No tienen santo y seña y no necesariamente se conocen entre ellos. Algunos participan de encuentros rituales, otros son ermitaños; unos practican las antiguas artes a diario y otros sólo recuerdan cada varios meses o años su pertenencia a la secta. Nadie les reprocha nada, porque lo que los define es un ejercicio íntimo, solitario, y no hay Gran Maestre ante quien responder. De hecho, cada uno lleva en la mente su propio libro sagrado y reconoce a sus propios maestros. O a ninguno.

Lo que los une a casi todos es el uso de los teclados. Hay quienes todavía aporrean viejas Olivettis; la mayoría, sin embargo, se han rendido a las ventajas de la tecnología y emplean computadoras. Los que se mantienen al margen tienen armas más rudimentarias: birome y libretita, acaso lápiz, acaso pluma. Con estas herramientas mundanas (papel, birome, teclado) mantienen vivo el culto, un culto sin dioses ni tablas de la ley, con preceptos cambiantes a los que unos adhieren con fe y que otros rechazan violentamente.

Sucede que alguien eligió una fecha para conmemorarlos. Como era de esperar, muy pocos están conformes con la fecha elegida. La secta es tan diversa y tiene tan poca cohesión interna que sería imposible hallar un punto en común que represente a todos sus miembros. Hay quienes rechazan la pertenencia al grupo y se consideran orfebres solitarios, rescatando tal vez a uno o dos mentores; entre quienes se identifican como miembros, sin embargo, la propia fecha (la de hoy) es arbitraria y más bien oscura. No nos convoca, dicen, este maestro en particular; o, más fuertemente, queremos demoler a este ídolo, lo rechazamos, lo negamos.

Son, ciertamente, pocos los que se sienten representados en este día. Pero algún punto había que señalar en el calendario para acordarse de ellos, y así es como el Día del Escritor se celebra hoy.

Así que acá también lo celebramos.

A los más vocales y enérgicos, que cuestionan todo lo sagrado. A los gregarios, que se sienten más vivos en el aquelarre periódico de las noches de cerveza y conjuros en voz alta. A los bendecidos por la luz de las pantallas y el brillo del dinero. A los que moran más bien en las páginas de revistas poco transitadas. A los que se encierran durante años puliendo la herramienta, cortando, tallando, grabando con cuidado. A los mediocres. A los que huyen del micrófono como de un artefacto satánico. A los generosos, que propician el ingreso de nuevos miembros, los sostienen en sus primeros años de pertenencia y les confían parte de sus secretos. A los humildes. A los que murieron hace tiempo y ahora son un volumen único en la biblioteca municipal. A los insolentes, a los que veneran lo clásico, a los que rehúyen los premios, a los que los aceptan agradecidos, a los que hacen escuela, a los que morirán olvidados. A todos ellos, feliz día. (Y a los que están vivos: a seguir aporreando esos teclados.)

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