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Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa.

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« 34 cosas que hiceSutileza »Post al azar

La verdad sintética

26.12.09

Permalink 02:42:12, por Sebastián Lalaurette Email , 1192 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: blogoverso, revistas

La verdad sintética

A Omar Genovese le preguntan si alguna vez había sido entrevistado. La pregunta admite un simple “Sí” o “No” como respuesta; sin embargo, hay otras posibilidades. El pobre Juan Terranova (en su papel de reportero de La Tercera) se las tuvo que ver con esto:

Nunca. Y creo que no hubo motivo para ello. ¿Lo hay en este momento? Me permito suponer que sí, del momento que aparecen tus interrogantes y semejante conjunto adquiere entidad para la difusión. La entrevista es un género complicado, tal vez el más difícil del periodismo. Pero, ¿una revista cultural-digital ejerce el periodismo? Ahí surge la diferencia entre intervención (como propagación) y operación mediática. La bibliografía argentina es rica en entrevistas, con muchísimas condensadas en libros como ocurrió con Borges quien, además, fijó el precedente de forma, acorralando a los que sobreviven a su sombra: la entrevista es un espacio donde el intelectual debe florearse, mostrar el plus cultural que lo diferencia. En términos políticos, Borges fijó agenda, modelo y referencia: a una pregunta vaciada en la retórica oponía el ingenio emanador de ácido que malograba el intento periodístico, al turbio manejo de las interpretaciones en el interrogante les ponía freno con una máxima devastadora. Creo que ahí es donde se daba el gusto de mostrar autoridad, mientras que como conferencista ponía por delante la amabilidad presencial de los escuchas y era agradecido, dejándose en manos del interés ajeno a sabiendas de la empatía que generaba. En la entrevista también está en juego la forma de la voz que en su resonar cautiva e intima. Cuando el entrevistador logra plasmar tal detalle estamos ante un buen producto de interés, existe conjunción, proximidad y mirada crítica del que entrevista. Incluso, cuando el que interroga desaparece (y el lector queda atrapado en el discurso de las respuestas) es cuando el enriquecimiento de los dos partícipes se hace vívido, y aparece la personalidad del sujeto. Ahora, ocurren cosas muy graciosas con los reportajes (y me focalizo en los de escritores o intelectuales del campo cultural) y es la suposición generalizada de que lo que uno enuncia en ése instante tiene trascendencia. Incluso, por el solo motivo de ser entrevistado (no importa en carácter de qué), el emisor cree en la posibilidad de la trascendencia en la historia (pensemos en la historia literaria argentina), y entonces “posa”, toma un rictus de severidad que no condice con lo que escribió. Quiero decir, a veces los reportajes son mejores que la obra que motivó el evento, ¿no? Y, mal que le pese, creo que Aira es víctima de esa situación borgeana. Siempre resulta más cautivante su oralidad que la materialización del estilo en la ficción, es más agudo como crítico o teórico que como novelista. Me gusta suponer y ponerme disfraces, como hacía Buñuel: ¿qué diría Borges de Aira? Y también caigo en la red del ingenio que florece: “Bueno, Aira es un muchacho muy voluntarioso, pero comete un pecado de exceso: sus novelas son cuentos que reniegan de la brevedad.” ¿Cuánto ha publicado? ¿Cuarenta novelas? Bien, es el tipo de escritor al que se puede aplicar el sistema de publicación de Reader’s Digest, en donde una suma de fragmentos (una selección editorializada) daba la idea general sobre lo que narraba el supuesto libro de referencia. Claro que, en su caso, el resultado sería terrible: a cada novela correspondería no más de media página. Y ahí está el sistema de reconocimiento haciendo crisis, “¿publicaron las obras completas? Sí. ¿Y cuántos tomos abarca? Veinticuatro páginas incluyendo tapas, menos que una revista.” Pero eso también habla de la escolarización de la definición de escritor, ¿no? El periodismo abusa de ello y le cae al sujeto dándole un aura de unicidad irrepetible, y bien, de ahí ciertos tropiezos que dejan al descubierto máscara e impostura. Borges desplegó esa estela de fundamentalismo emanador que, por comparación, suena como modelo y alarma. Y tengo un ejemplo bien fresco. En la revista Viva de ayer aparece un breve reportaje a cierto autor argentino (médico) que se dice admirador de Wilbur Smith. Cuando el periodista le pregunta sobre Aira, sobre lo que leyó —al menos de literatura argentina—, el tipo reconoce su ignorancia, que no ha leído. Y ahí uno comprende por qué, ni bien comienza a expresarse afirma muy suelto: yo quiero entretener. Es la continuidad de la premisa “composición tema la vaca”. Imagina un destinatario, el lector cautivo de sus limitaciones, aquél que ve en la lectura una forma de pasar el tiempo, vegetar en la lectura. Porque eso es el leer utilitario: pasar la hoja, un rito de la repetición. De otra manera resulta irrisoria la introducción del diaro en la docencia argentina, como referente de lectura; y ello se debe a una noción instalada de que la forma de desarrollar la lectura comprensiva viene adherida a la lectura de una noticia. También, convengamos, que la noción “lectura comprensiva” es carcelera de un sentido único o única forma en que se debe leer. La lectura es mucho más que comprensiva, o la comprensión es una faceta de un objeto cuya geometría la literatura se encarga de multiplicar. Bien, la apuesta de ése autor tampoco es inocente. Hace diez días, merodeando la redacción de un diario, un editor –entre la sorpresa y la ofensa– exhibe ante mí una “carpeta de prensa” del tipo. Dentro de ella, al mejor estilo carpeta de crédito o prontuario, figuran fotocopias de reportajes, desde medios impresos a página de internet. Una secuencia de la resonancia mediática, pero, eso sí, en las primeras páginas consta el currículum y, marcadas en resaltador, fotocopias de las primeras posiciones en ciertos rankings de ventas, donde sus libros figuraban primeros. Ahora, ¿qué hace el sujeto al enviar semejante prolegómeno? Dice: soy importante, merezco figurar, ser reporteado. Y en todas las páginas siguientes aparecen sus fotos. Siempre viste igual, mezcla de explorador inglés con instructor de scouts, pero con una mochila muy de turismo aventura. Siempre con la mochila, una y otra vez. ¿Qué lleva en la mochila? ¿Por qué entrevistar a alguien que se disfraza de tortuga para vender libros? En esa banalidad se diluye el discurso, el autor refiere en sí a una idea de lo que es “ser escritor”, y lo que sustenta o argumenta es lo estadístico, no una idea de la literatura. Tal vez por eso me causa rechazo que ciertos escritores profesionales reclamen de la academia un reconocimiento. Sea por el honoris causa o por convertirse en lectura obligada del alumnado, atisbo atrás de eso una apuesta por la estadística de ventas, esa cosa de poner el carro delante del caballo, o privilegiar el compromiso con el editor por delante de la obra, ser con él un agradecido de por vida por la publicación, ser un sumiso bifronte.

Me lo imagino al pobre Terra con la libretita en la mano, tratando de darse cuenta de cuándo terminó la respuesta, o al menos de encontrar un resquicio para meter la siguiente pregunta… No sabemos por qué Genovese nunca había sido entrevistado (su personalidad como blogger literario es claramente reconocida), pero si a partir de ahora nadie vuelve a hacerlo el motivo estará bastante claro.

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