Ni siquiera voy a empezar a tratar de decir lo que John Lennon significa para mí. No podría. Son años, décadas de escucharlo, de pensar en él, de tenerlo como referencia en tantas cosas. No creo, por otra parte, que mi experiencia con John sea demasiado diferente de la de cualquiera. Ni que pudiera, en unas líneas apresuradas, decir algo que no se esté ya diciendo mil veces a lo largo y ancho del mundo, de palabra, en papel o vía bits, ahora que se cumplen treinta años de la noche en que lo asesinaron.
Sí puedo contar algo irrelevante, arbitrario y culposo, que, como los lectores fieles de este blog sabrán, es lo que mejor hago. Y es la historia (bueno, es una viñeta aislada, no sé si “historia” no será una palabra demasiado grande) de cómo llegué a John.
Le debo mi relación con John a una jovencita anónima que vi por la tele. Estamos hablando de fines de los ochenta o principios de los noventa, me parece; yo era por entonces un adolescente en busca, como todo adolescente, de algo que me diera sentido. Lo encontré así, del modo más artificial y deprimente posible: viendo la televisión, por ósmosis y por decisión consciente. Porque en el noticiero estaban pasando algo de no sé qué festividad de colectividades. O a lo mejor era de una colectividad en particular. Ya les digo, los detalles no los retuve, o no los supe de entrada. No soy un enamorado del noticiero.
Bueno, resulta que la notera (o el notero tal vez) estaba entrevistando a unas chicas vestidas con el atuendo típico del país que sea (¿podría yo, sin embargo, dar fe de esto, sin recordar el país?). Estaban todas, las tres o cuatro, o tal vez eran cinco, muy lindas, con vestidos azules y blancos (puede fallar) y cintas en el pelo. Al menos así es como las recuerdo; a lo mejor era todo diferente, ya les digo.
Bueno, resulta (repito) que estas chicas estaban hablando sobre sea cual fuere la actividad que se desarrollaba ese día y, claro, cada una tenía sólo unos segundos para hablar (esto era el periodismo de fines de los ochenta o principios de los noventa, antes de la explosión del cable, antes de las largas notas sin sentido, antes del “periodismo de vecinos", antes de las largas parrafadas con cámara fija en el rostro anónimo). Una de ellas, la última creo (¿pero quién sabe?), dijo lo suyo y luego remató con algo así como: “¡Aguante la paz!, ¡aguante John Lennon!".Eso fue. O tal vez el comentario sardónico de mi viejo (¿o mi vieja era?) que se preguntó qué tenía que ver Lennon con lo que se estaba hablando. En este acto me confieso falsario: decidí, en ese mismo segundo, que yo también adoptaría la bandera lennoniana. Si había que tener un ideal ¿por qué no iba a ser el de la paz?, y si había que tener un ídolo, ¿por qué no iba a ser el de ese joven eterno, eternizado por las balas de Chapman? Creo que en ese momento no sabía lo de Chapman, pero sí lo de la muerte en relativa juventud, y asociaba la imagen de John a “Imagine", su canción emblema. Y el ideal era bueno, y la chica era linda, y mi viejo estaba en contra. ¡Perfecto!
Después llegué a conocer algo más sobre Lennon. Bastante más, para serles franco. Leí, contrariado, esa entrevista en la que afirmaba que “Imagine” y todo el asunto de la paz había sido algo pensado, rayano en el cinismo; lo vi, luego, relativizar esa afirmación. Conocí su costado más intelectual y también otro más salvaje; en todo caso, lo vi intuitivo, genial sin necesidad de mucho artificio, en contraste con Paul, el orfebre. De la figura de Lennon pasé a los Beatles (¿o fue al revés?) y me amigué con esa música que, de chico, no me gustaba simplemente porque les había gustado a mis padres. Pero en ese momento nada sabía. Fue la adopción más artificial posible de un ídolo, de un ideal.
Con los años, entonces, fui conociendo más a John y lo adopté “de verdad". Dejó de importar cómo llegué a él, salvo, claro, que le estoy y siempre le estaré agradecido a esa anónima jovencita que se salió de libreto frente a cámara. Salirse de libreto es lo mejor que uno puede hacer.
¿Sabría Lennon, podría imaginar cuando escribió esa línea, Somebody call out my name (John, John), que décadas después de su muerte seríamos millones los que lo invocaríamos con esa sílaba? Supongo que no. Aunque alguna vez había dicho que los Beatles eran más famosos que Jesucristo, y probablemente tenía razón. Para él las cosas estaban casi siempre claras.
Los dejo con John.
¿No estuvieron el viernes pasado en la Casa del Pueblo? Ah, lástima. Se perdieron bastante. Acá les cuento un poco para que sufran más.
La excusa para juntarse fue “Morosophos Presenta", una convocatoria que juntó poesía, narrativa, teatro de improvisación y rock en un mismo salón, durante las horas en las que el cuatro de junio derivó blandamente hacia el cinco. La convocatoria la lanzó, comprensiblemente, la gente de la editorial independiente Morosophos: un grupo de jóvenes talentosos y no demasiado hippies que más o menos coincide con el grupo poético Hombrecito de Jengibre.
Conozco a alguna gente de ahí (Lucía Alabart Lago es colaboradora de mi revista, a Facundo Arata lo tengo de mis incursiones en Letras como oyente), y además sabía que iba a leer, como poeta invitado, otro amigo, Jorge Nuri. De manera que un poco bueno, como mínimo, iba a estar. Pero además fue un placer conocer a otra gente más que interesante. Es lo que pasa en estas ocasiones.
Quiero confesar que las lecturas de poesía me parecen problemáticas y no siempre agradables. Verán, no sólo está la cuestión de que en todo muestrario de poesía siempre va a haber material que a uno no le guste, sino que en la ensalada entran otros ingredientes: muchas veces no se oye bien, siempre hay alguno que lee mal (demasiado rápido, demasiado bajo, trabándose…), y, en general, la situación estática de unos cuantos tipos en una mesa pasándose el micrófono y leyendo con la vista baja cansa rápidamente.
La gente de Morosophos logró resolver la situación con inteligencia. En principio, la lectura se dividió en partes, con un par de intervalos para morfar y beber; además, hubo en el medio una actuación teatral a la que enseguida me referiré; finalmente, música para cerrar la noche. Pero, además, la propia situación de lectura fue diferente de lo habitual. Las luces estaban apagadas y lo que proveía la iluminación para que los poetas pudieran leer (bueno, pudiéramos, porque yo también leí dos poemas: “No es forma” y “Nuestra”) era la proyección en la pared del fondo de fotos de esa misma noche que iba sacando un señor provisto de una cámara que más parecía una pistola de rayos láser salida de una película de los cincuenta. La que más sufrió fue mi acompañante, una chica que odia que le saquen fotos y que fue escrachada no una, sino dos veces en tamaño gigante. (Acá no se reproducen esas imágenes por piedad.) Para el resto, fue de agradecer: quien se cansara de la lectura o no entendiera lo que se estaba leyendo en ese momento podía concentrarse en las fotos, adivinar cuál vendría después, sufrir ante la posibilidad de aparecer ahí con las arrugas en primer plano.
La intervención de los JESI (Jóvenes en Situación de Impro) fue sencillamente genial. Los tipos agarraron un libro cualquiera de los muchos que estaban disponibles en la mesa (yo me llevé Los poetas naturales, una antología de verseros necochenses entre los que está Lucía Alabart) y se mandaron un sketch muy divertido a partir de dos títulos al azar. En rigor y según el implacable argumento de los propios Jóvenes, no puedo recomendar el espectáculo, ya que ustedes no lo van a ver: lo que verán, si asisten a algún espectáculo de JESI, es otra cosa, una situación azarosa, algo irrepetible como lo que vi yo. Así que no tiene sentido que les cuente lo que hicieron. Sí les digo que son talentosos y muy graciosos.
Y, finalmente, la música, a cargo de Pérez, banda que ya conocen los lectores habituales de este bloc.
No teniendo un audio para colgar acá, no hay mucho que decir de la actuación de Pérez. Sólo que fue tan prolija y contundente como siempre, que el cantante (MI AMIGO Ramiro Sagasti) pidió una cerveza y me parece que no le dieron, y que después de unos minutos de tocar se sacó el pulóver y se convirtió en Gandalf el blanco bajo la luz de los reflectores.
En resumen, una noche bien pulenta, que debería repetirse pronto. Si no estuvieron, ya saben: la próxima vez que vean “Morosophos Presenta", JESI o Pérez, separados o en combinación, vale la pena ver de qué se trata.
Estoy podrido de leer artículos sobre la “revolución” de la música digital que dicen siempre lo mismo: la incertidumbre del negocio de las discográficas, las posibilidades de difusión para las bandas nuevas y pequeñas, los distintos modelos de distribución, la estrategia del iPod y las tiendas online, la piratería, bla bla bla bla bla. Por eso me gustó este ensayito de Jeremy Schlosberg, el alma detrás del (artesanal, unipersonal, a veces interesante) emprendimiento bautizado Fingertips: un “rescate” semanal de tres canciones de libre descarga, con comentarios y links, que hace años se distribuye por mail, Web y RSS.
Jeremy se centra en el fenómeno de las listas de reproducción (playlists en inglés) y en lo que significan en el nuevo contexto de consumo musical. Describe a las listas como las sucesoras del mixtape, o compilado en cassette, característico de los ochenta, sólo que en este caso se trata de “canciones fantasma", sin soporte físico ni la limitación temporal de los treinta o cuarenta y cinco minutos por lado. Pero no se queda en esa mera observación. En su análisis de las posibilidades y la implementación de las listas y de su papel en el mundo de la música digital toca también lateralmente los puntos que mencionaba arriba y de los que todo el mundo habla, pero lo hace con una agradecible sensatez (no es poco en un ámbito invadido por apologistas y profetas del apocalipsis que poco o nada tienen para agregar al ruido ambiente), pero se refiere sobre todo a cuestiones que hacen a la experiencia en sí de armar y compartir una lista, a las implicaciones de su exceso, a la motivación, a la atención, y hasta (en serio) a la amistad.
True sharing requires both sides to be partaking in what is being shared, requires a more or less equivalent desire to give on the part of the giver and to receive on the part of the receiver. Playlist “sharing” is unilateral sharing–a giving that is largely ignored or lost in the torrent of everything else that’s ongoingly uploaded. Here, the giver gives and prays to the heavens above that someone, anyone, might want to receive.
(No creo que Schlosberg haya considerado el caso de blip.fm, un sitio donde el intercambio es más “social” –hesito en usar esta palabra pero lo hago porque ya todos entendemos de qué se trata–) y uno puede realmente encontrar gente con gustos similares, felicitarla por los buenos hallazgos, añadirlos a la propia lista, agradecerle dedicándole temas, etc., pero en general el panorama es como él lo pinta.)
BONUS: La sensatez de Jeremy brilla también en este otro ensayito que sí está centrado en la distribución y difusión de música digital en línea versus la forma “tradicional” en CD, con la excusa de hablar del último disco de Sade. Recomendable.
“Never rush an old man. I am from Mississippi, and I carry a knife.”
Fue uno de los varios chistes que hizo Riley “Blues Boy” King en su recital de anoche en el Luna Park. El más famoso cantante de blues del mundo mundial le pedía así a su baterista, Anthony Coleman, que apaciguara un poco su instrumento para dejarlo hablar. “Bring it down, bring it down", le dijo al batero y también al bajista, luego, y al tecladista también. Dijo que podía acuchillarlos a todos. Era un buen chiste, pero quizás también puede leerse en él el reclamo de un hombre de ochenta y cuatro años que mantiene la voz y la magia intactas pero que brindó un show con gusto a poco.
B B King pidió, en efecto, que lo dejaran hablar, y lo dejaron. Y habló. Todo el recital de anoche estuvo surcado de momentos graciosos y emotivos en los que el cantante gozó de la compañía de su público sin apresurarse. Pero, en un show de algo menos de dos horas, esto le quitó espacio a la música, y el público lo notó.
Por ejemplo, cuando, casi al principio, se refirió a su afecto por la Argentina. “I am happy to be here, but I’m sad because one of my great friends is not here anymore: Pappo", dijo B B King, y el estadio prorrumpió en aplausos y coreó el nombre del malogrado cantante. Luego haría una prolongada referencia a Chile y a Haití y pediría que todos los presentes elevaran una oración por las personas que sufrieron y sufren esas tragedias.
También hizo una referencia oscura a la guerra y a la política exterior del gobierno norteamericano, que primero fue acompañada por aplausos y luego recibió un apoyo mucho más moderado. Es que eligió empezar diciendo “I hate wars", para luego agregar: “I hate wars. But if someone breaks into your house, you do everything you have to do to end it.” No aclaró si se refería a los hogares norteamericanos o, por caso, a los iraquíes, y tal vez esa ambigüedad le evitó un momento frío.
B B King dialogó con el público, hizo varias veces referencia a su edad (fue aplaudido cada vez), les pidió a las mujeres que a la cuenta de cuatro besaran “a alguien” (había una rubia cerca que ni me miró), hizo mínimos amagues con el español e intercambió chanzas con los músicos. Y también, por supuesto, cantó. No voy a describir cómo cantó, ni cómo tocaron él y el resto de la banda, porque es imposible. Baste con decir que la performance fue magnífica. Apenas unas diez canciones, sí, y algunas de ellas incluso abreviadas, pero una performance magnífica de todas maneras. Como si hiciera falta, el blusero demostró que a los ochenta y cuatro es capaz de sacudir y conmover a un estadio completo con la fuerza nítida de su voz. Verlo y escucharlo en vivo es una experiencia de dimensión inalcanzable mediante un CD o DVD. Suena igual (prolijo, potente, fino), pero a la vez suena totalmente diferente, mucho mejor, mucho más de todo. Impagable.
Y se fue. Demasiado pronto, tal vez (según conjeturaron algunos) porque después de todo tiene ochenta y cuatro años y la performance exige mucho de él. No se notó en ningún momento, salvo cuando, en el diálogo directo con el público, ya acabado el show, se negó repetidamente con gestos elocuentes a hacer apenas un bis. “One more, one more", reclamaba la tribuna, pero no hubo caso. Era el fin y fue el fin.
Así se fue B B King, lamentando no poder quedarse un par de días más en nuestro país. ¿La última vez que lo vemos?
Gusto a poco, efectivamente. Si la mercadería no hubiera sido tan buena, habría dolido menos. Pero los que esperábamos al menos una o dos canciones más, un bis, unas sílabas apenas como cierre, nos quedamos con las ganas. Se escuchó de varias bocas un comentario sardónico ("Devolvé la guita") mientras nos escurríamos hacia la salida. Una pena, pero el balance fue absolutamente positivo. Sí, nos dio poco, pero lo que nos dio fue maravilloso y ¿quién nos lo quita? Gracias, Blues Boy.
Uno de los mejores temas de Radiohead, A wolf at the door, en un video impresionante al que llegué vía este fotoblog.
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