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Pensaba escribir algo sobre el portazo del amigo y colega Daniel Riera el otro día en el CCEBA, pero otro colega amigo de la casa, Alejandro Agostinelli, ya lo hizo muy bien, así que me limito a linkear: pasen y lean (y vean, porque la cosa está filmada y colgada y embebida en ese mismo post).
Yo cubrí el desalojo del ex PADELAI en 2003; en ese momento estaba becado en Clarín. Fue, como tituló el diario al otro día, una batalla campal; recuerdo de la jornada, además de los hechos en sí, dos cosas que me llamaron la atención. Una es el rechazo que el nombre del diario producía entre las organizaciones que apoyaban la resistencia al desalojo. La otra, que los desalojados y militantes perseguidos por la policía se refugiaron en la sede de la Facultad de Ingeniería, en Paseo Colón, y que ese edificio resultó un límite inexpugnable para las, por utilizar la común expresión, fuerzas del orden. Cuando yo estaba en la facultad se había planteado la hipótesis de un conflicto semejante, recordé en ese momento, y la idea, bastante extraña para mí por entonces, de que la autoridad policial debía retroceder ante la académica, de que la casa de estudios era un lugar que garantizaba la seguridad y la paz. Pero nunca había asistido a la realización del conflicto en sí. Fue muy notable.
Esto es una digresión que no tiene que ver con el portazo de Daniel, salvo porque efectivamente puedo dar fe de que en ese momento todo el mundo, no sólo el gobierno de la Ciudad, decía que el edificio se venía abajo, y resulta muuuuuy llamativo que ahora se lo haya transferido y habilitado para actividades culturales. Mucha gente vivía ahí.
Del resto no opino porque la verdad que no estoy en tema, pero la verdad que hay que tener algunas cosas en su lugar para hacer lo que hizo Daniel. Sólo por eso ya me dan ganas de estar de acuerdo con él.
Saludos.
ACTUALIZACIÓN 8/9: Imperdible nuevo post rierano sobre el tema.
¿Les dije que Naím y el mago fugitivo ya está en las librerías? Ah, bueno. Porque ya está. Así que ya saben.
Ay, ay, ay, qué tapa.
Ay, ay, ay, qué ilustraciones.
Ay, ay, ay, qué libro.
Sí: es español. Sí: el precio está en euros. Sí: cuesta.
Pero también está en evook.
Sí: en evook, con ve corta. Ya lo había explicado más o menos acá. Vayan y vuelvan, en todo caso.
Bueno, ahora está ya disponible, en papel o en formato digital (sin DRM), el cuarto volumen de El camino de los mitos: la antología que reúne a los premiados en el certamen de literatura mitológica “La Revelación", organizado por la editorial española Evohé, y en el que un servidor alcanzó el segundo lugar.
El libro en papel es hermoso, fíjense. Cuesta, ay, dieciséis euros con cuarenta: casi cien mangos nacionales. Es caro, ya sé, aunque el precio se ajusta a su tamaño y calidad de impresión. (Realmente no es caro… para los europeos.)
¡Ah, pero está la opción digital! Sin DRM, recuerden: un PDF o EPUB legible en cualquier máquina, sin rollos y para siempre. En este caso son dos euros con cuarenta (€2.40) que, además, pueden ser gratis si se registran ahora como usuarios nuevos, ya que el registro viene con cien puntitos (cinco euros) de regalo.
Acá, la lista de relatos y poemas premiados:
EL CAMINO DE LOS MITOS IV
(premiados del IV concurso “La Revelación")
RELATOS
1º “Jerome Perceval, el crítico voraz", Daniel Tubau
2º “Abajo, para siempre", Sebastián Lalaurette
3º “El huésped de Anníceris", Beatriz García Sánchez
4º “Elíptica de Saturno", Alejandro Martínez Turégano
5º “Anteo y la playa de los cobardes", David Villar Cembellín
6º “El laberinto", Alejandro Vázquez Ortiz
7º “Anacreonte de Teos", Alejandro Vázquez Ortiz
8º “Crono, Tulio y Urano", Eduardo E. Rosenzvaig
POES?�A
1º “Mares como ojos", David Villar Cembellín
2º “Los pies de Ulises", ?�ngela Gentile
3º “Carta de Ulises", Carlos Mazarío Torrijos
Y acá, un fragmentito (no el principio ni el final) de “Abajo, para siempre", el cuento aportado por un servidor:
—¡Tú! —vuelve a rugir. —¡Mi amigo!
Su voz es aún un gruñido salvaje, pero esa palabra la suaviza de una manera casi imperceptible, humanizándolo. Esta bestia agresiva, esta criatura de músculos formidables, reflejos de gacela y garganta de león, era, en efecto, mi amigo.
Se llama Enkidu y hemos compartido aventuras que los hombres cantaron durante siglos. Ahora, sin embargo, solo podría mencionar un puñado, e incluso éstas se me aparecen vagamente, casi sin nombres, rostros ni voces. Están enterradas en el abismo de mi cerebro, que ha surcado el mar del tiempo mientras las civilizaciones nacían y caían a su alrededor. Sumer, Grecia, Roma, China, Babilonia, Cuzco, Prusia, Israel, Britania, América, Europa, Rusia, Oceanía, Japón: lo he visto todo, he estado en todas partes, y no sé si he ganado algo.Quizás Utnapishtim mintió cuando me dijo que no podía darme la inmortalidad, que ese era un don que los dioses le habían otorgado solo a él y que no podía transferirlo. Creo que tal vez no quiso. Que entrevió que la vida perpetua en un mundo que se desgaja se parece demasiado a una maldición. Hasta es posible que él mismo desee este destino mortal: ¿soñará a veces, allá en su isla del lejano horizonte, que finalmente baja a la Tierra de los Muertos, tal como yo lo hago ahora?
Pero nada hay de deseable en esto. Yo habría demorado el momento definitivo de no haber sido por el tedio, el tedio atroz, y por la culpa de estar vivo. Jamás hubo un hombre que arrastrara la culpa por tanto tiempo. Y aquí, al final de todas las cosas, está el origen de esa culpa: el hombre al que le fallé un día de ya no sé qué milenio.
Enkidu.
No tengo excusas para ofrecerle.
¿Qué esperan para comprarlo, viejo?
Yyyyyyyyyyyy acá estamos con otro anuncio editorial: los tres volúmenes editados hasta ahora de El camino de los mitos (el primero y el tercero de los cuales incluyen cuentos de mi autoría) ya pueden conseguirse en formato digital. Son parte del catálogo que la editorial española Evohé está digitalizando y poniendo en la Red a una fracción del precio original, haciéndolos accesibles incluso para nosotros, pobres sudacas golpeados por el tipo de cambio.

Ahora están online las tres antologías con los premios del concurso de relato mitológico “La Revelación", que hasta ahora estaban disponibles en papel a unos veinte euros cada uno. El camino de los mitos I, que incluye mi cuento “Fábula Cero” y que ya estaba disponible en línea a € 7,50, ahora se puede bajar por € 2,40; el segundo volumen cuesta 2,10 euros, y el tercero, que incluye mi relato “H", sale € 2,50. Repito: en formatos PDF y ePub SIN DRM, con lo cual los archivos no quedan atados a una máquina específica.
Hay también, como ya he dicho, otro material: un libro de relatos de Daniel Tubau, otro de Gisbert Haefs, la novela por entregas que mencionaba más arriba (que está escribiendo Manuel Valera), y pronto se sumarán, a las antologías sobre mitos, algunas goodies: relatos inéditos (uno pergeñado por este humilde servidor), epílogos y notas, y alguna otra cosa de la que todavía no puedo hablar. Pronto, espero, estará también disponible el cuarto volumen, que incluye otro texto mío, un cuento titulado “Abajo, para siempre", y que está por salir en papel.

EL CAMINO DE LOS MITOS
(premiados del I concurso “La Revelación")
1º “Aquiles melancólico", por Mariano Rodríguez
2º “Fábula cero", por Sebastián Lalaurette
2º “Gorgona", por Guillermo Pilía
4º “Cautivo de un hechizo", por Nestor Rubén Giménenz
5º “Las malas noticias de Hermes", por Luis Felipe Valencia Tamayo
6º “Perseo", por memoria de un viaje", por Carlos Lorente
7º “Penélope 2007″, por Yazmín Caram
8º “La visión de Ícaro", por Margarita Borrero
9º “El oficio de Hermes", por Ester Ruiz
10º “Te visitará la muerte", por Fernando Lafuente
EL CAMINO DE LOS MITOS II
(premiados del II concurso “La Revelación")
RELATOS
1º “El mesenio", por Luis Villalón Camacho
2º “La Nueva Teología", por Daniel Tubau
3º “Un lugar en el cielo", por José Ignacio Becerril Polo
4º “Olimpo", por Carlos Manuel Alba Ugalde
5º “La soledad lúcida del despertar", por Luza Roma
6º “Nerón", por Abelardo Leal
7º “La muerte de Alejandro", por Carlos Alberto Fernández
8º “Vox Vixen quería morir", por David Villar Cembellín
POESÍA
1º “Priapeas para Príapo III", por José Luis Najenson
2º “Como Barbo asusta a los muchachos", por Fulgencio Martínez
3º “A caricias sobre el vientre de Ariadna", por Lisardo Álvarez Gómez
3º “Priapeas para Príapo I", por José Luis Najenson
3º “Priapeas para Príapo II", por José Luis Najenson

RELATOS
1º “Alejandra de Troya", por María R. Gómez Iglesias
2º “Pantaleón Tarsillo, el Tempestario", por Rafael Ruano Cerdá
3º “Volver a Enna", por Beatriz García Sánchez
4º “El evangelio del Frigio", por David Villar Cembellín
5º “H", por Sebastián Lalaurette
6º “El corazón del héroe", por José Ignacio Becerril Polo
7º “Ayante", por Alejandro Vázquez Ortiz
8º “Griego sin excepción", por Luis Felipe Valencia Tamayo
9º “El chancho enorme", por Eduardo Elías Rosenzvaig
10º “El favor de Zeus", por Mercedes Rueda
10º “La Tivina Velada", por Luza Roma
10º “Los sueños de la amazona", por Ana Gómez
POESÍA
1º “Cronos", por María del Carmen Guzmán Ortega
2º “El Aleph", por Isbel González González
3º “Amantes", por María R. Gómez Iglesias
“Hacen todas estas cosas porque piensan que pronto me voy a morir. Pero yo tengo otros planes.” Ernesto Sabato dijo por televisión estas palabras (o unas muy similares) a propósito de todas las reacciones que había disparado su cumpleaños número ochenta. Era 1991 (la cuenta no es difícil, pero yo lo recuerdo porque por entonces empezaba a escribir poesía) y entre las salutaciones, homenajes, invitaciones y demás la prensa, siempre rápida para detectar y poner en escena conflictividades simbólicas, se apresuró a señalar una: entre quienes habían ido a visitar al escritor a su casa de Santos Lugares o le habían hecho llegar su reconocimiento no estaba el entonces presidente Carlos Menem, quien sí se había acercado a saludar a Juan Manuel Fangio, otra figura pública que había cumplido ochenta años ese mismo día.
Era muy, muy fácil caer en esa simplificación. Menem ya había jugado al fútbol por tevé, había hecho referencia a los inexistentes libros de Sócrates, se presentaba ya como una figura en ocasiones casi cómica, pero además había indultado a los militares del Proceso, los mismos que habían sido juzgados en los primeros años de la democracia. Las víctimas que dieron su testimonio en el Juicio a las Juntas también aparecen en el Nunca Más, el informe elaborado por la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (CONADEP), presidida por Sabato. Sin duda hubo razones políticas para que Menem eligiera no visitar a Sabato: el encuentro habría sido duro, simbólicamente costoso. No es que le interesaran más las carreras de autos que la literatura. O tal vez sí. Poco importa.
Por esos días le escribí una carta a Sabato. Yo tenía dieciséis años y había leído varios libros suyos: El túnel y Sobre héroes y tumbas, pero también Uno y el universo, Heterodoxia, Hombres y engranajes, El escritor y sus fantasmas. Yo fui fan de Sabato antes que de Tolkien: leía sus divagaciones filosóficas (o antifilosóficas, si vamos al caso) a una edad a la que debería haber estado leyendo novelas de aventuras. Por eso soy así. Pero divago.
En la carta (escrita a máquina con la perversa intención, no siempre ejecutada, de que todas las líneas tuvieran la misma longitud de modo que el margen derecho fuera uniforme) me presentaba humildemente: le confesaba a Sabato que había leído “muy pocas de sus obras” (no eran tan pocas, por lo que veo, pero mi afán de totalidad no se terminaba en las líneas de escritura a máquina) y le rogaba que me permitiera visitarlo y tomar un café con él. No recuerdo mis palabras exactas: era la época en que uno escribía en papel y enviaba sin quedarse con una copia de lo escrito. Pero me mostraba educado y, tal vez, admirativo al punto de la torpeza. De hecho, “Admirado maestro” eran las palabras que encabezaban el texto. En fin, pecados de juventud.
Sorprendentemente, me respondió. Su carta sí la conservo, aunque no la tengo a mano ahora. Fue muy amable en su rechazo: me explicó que estaba teniendo problemas de salud y no estaba recibiendo visitas, me dijo que no le exigía a nadie que leyera sus libros y mucho menos todos, y se disculpó por no teclear la carta él mismo: la estaba dictando, no recuerdo a quién. Tenía algunos errores de puntuación la carta, y sospecho que en sus disculpas se entrevía un afán suyo de pulcritud extrema. Habiendo sido primero un científico, no extraña que lo incomodara la imperfección del instrumento, fuera quien fuera. También me hablaba de su hermano muerto.
Ahora se murió él, sin llegar a los cien. Se adelantarán todos los homenajes del caso, se desempolvarán las necrológicas escritas hace veinte, quince, doce años, diez, siete, cinco. Muy poco ha cambiado en estos años que valga la pena consignar allí, salvo algo que también señalaron los medios: que Néstor Kirchner incurrió en una injuria aun mayor que la de Menem al lanzar la edición conmemorativa del Nunca Más, la que ahora mismo se puede hallar en la Feria del Libro (el jueves la hojeé para comprobarlo). Kirchner le insertó a la obra un prólogo que desautoriza el original de Sabato, al combatir la llamada “teoría de los dos demonios” que… pero divago nuevamente.
Por cierto, la imagen de Sabato ha ido variando para mí en estos años, se ha ido complejizando. Muchos no le perdonan ciertos encuentros, ciertas palabras. Son narraciones sueltas, basadas en una foto, una anécdota inverificable o, por el contrario, en testimonios periodísticos y en textos firmados por él. Yo no llego a decidir qué pensar porque me falta el contexto: no hay quien dé cuenta del ambiente, del aire en el que ocurrieron esas cosas. Ya no podré preguntarle.
De todas maneras ahí está la noticia: Sabato se murió un sábado, a menos de dos meses de llegar a la centena. Quedan sus libros, todos los que leí y los que aún me quedan por leer. Quedan esas fotos que lo muestran siempre igual, con grandes anteojos y una expresión a veces sonriente pero siempre trágica. Queda el Nunca Más como testimonio apabullante.
Y quedamos nosotros, todavía preguntándonos qué hacer con su figura.
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