En efecto, estamos hoy frente a la amenaza, ya no de una democracia de opinión que reemplazaría a la democracia representativa de los partidos políticos, sino ante la desmesura de una verdadera democracia de emoción; de una emoción colectiva a la vez sincronizada y globalizada, en la que el modelo podría ser el de un tele-evangelismo-postpolítico.
Después de los conocidos estragos de la democracia de opinión y de los delirios de la política-espectáculo, de la que la elección de Arnold Schwarzenegger al puesto de gobernador de California es uno de los últimos ejemplos, se pueden imaginar fácilmente los estragos de esta “democracia de emoción pública” que amenaza con disolver como el ácido a la opinión pública, en beneficio de una emoción colectivista instantánea, de la que abusan tanto los predicadores populistas como los comentaristas deportivos o los animadores de la rave-party.
(…) estamos aquí ante el límite extremo de la inteligencia política, puesto que la representación política desaparece en la instantaneidad de la comunicación, en beneficio de una pura y simple presentación.
—Paul Virilio: Ciudad Pánico
No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en lo otro. Bastaría, en definitiva, con maravillarse ante esta variedad de clases discursivas como se hace ante la de las especies animales o vegetales. Lamentarse de la “pérdida del sentido” en la postmodernidad consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo. Se trata de una inconsecuencia.
[El saber narrativo] une a su incomprensión de los problemas del discurso científico una determinada tolerancia con respecto a él: en principio lo acepta como una verdad dentro de la familia de las culturas narrativas. La inversa no es verdadera. El científico se interroga sobre la validez de los enunciados narrativos y constata que éstos nunca están sometidos a la argumentación y a la prueba. Los clasifica en otra mentalidad: salvaje, primitiva, subdesarrollada, atrasada, alienada, formada por opiniones, costumbres, autoridad, prejuicios, ignorancias, ideologías. Los relatos son fábulas, mitos, leyendas, buenas para las mujeres y los niños. En el mejor de los casos, se intentará hacer quela luz penetre en ese oscurantismo, civilizar, educar, desarrollar.
Esta relación desigual es un efecto intrínseco de las reglas propias a cada juego. Se conocen los síntomas. Constituyen toda la historia del imperialismo cultural desde los comienzos de Occidente.
—Jean-François Lyotard: La condición postmoderna
Por preferencia personal, por pobreza, por desconocimiento técnico, por estrategias de mercado o por lo que fuere, los filósofos franceses no utilizan el software conocido como Microsoft Word o, para el caso, ningún otro con similares funciones y capacidades. Es por esto que cuando un editor parisino les pide amablemente un ensayo, doscientas páginas, doscientas cincuenta digamos, en tipografía de doce puntos y sobre papel tamaño A4, a doble espacio y por una sola cara, ellos, siempre capaces, siempre dispuestos, siempre generosos, toman sus biromes o lapiceras y empiezan a volcar sus ideas sobre cuadernos o libretas, sin computadoras de por medio. Invariablemente producen piezas geniales, ensayos de una contundencia y una originalidad deslumbrantes, en los que cada frase, cada párrafo, cada capítulo se engarzan en una sucesión lógica y poética que podría considerarse perfecta. Invariablemente, también, calculan la extensión de tales piezas a ojo de mal cubero, y es por esto que el editor parisino, tras hacer pasar a formato digital dichos compendios de sabiduría y racionalidad, advierte que se han quedado cortos por veinte, treinta o cincuenta páginas. Los filósofos franceses, que han aprendido a esperar con aprensión el segundo llamado del editor, no han aprendido sin embargo a interpretar el pedido que ese llamado transporta de la manera más directa y sencilla, es decir, no consideran la posibilidad de expandir sus ideas, aclarar conceptos, introducir párrafos explicativos o digresiones que vengan al caso, hasta rellenar el espacio disponible: tal cosa llevaría a la destrucción de la magnífica orfebrería discursiva que han producido, sería una especie de crimen que los filósofos franceses son incapaces de cometer. Entonces, deprimidos, descreídos, rebeldes, se atiborran de sustancias lisérgicas y escriben un capítulo más, que entregan justo sobre la fecha de cierre.
En cuanto se conoce un poco Twitter, se entra en la lógica del encadenado. (…) El principio del encadenado establece una especie de equivalencia: la firma de alguien real certifica el blog desde donde se linkea a una noticia falsa, a una habladuría o al Facebook de propaganda de un funcionario. La presencia en la web (sic) no responde a las leyes de producción de la información ni de difusión de la opinión acostumbradas hasta hace diez años. Es otra lógica, más parecida a la dinámica del rumor. Un periodista, un funcionario, un político, un particular que ha logrado que su nombre sea reconocido dice algo. Lo toma de la radio, de lo escuchado a medias en un pasillo, de lo que le contó un amigo, de lo que le conviene que se sepa, y lo convierte en hecho. A partir de ese momento deja de discutirse su carácter fáctico, las intenciones que están detrás del dato comunicado o las consecuencias que se quieren provocar con aquello supuestamente sucedido. Las cosas se dan por ciertas, como sucede con el rumor, que es expansivo y no tiene en cuenta el valor de verdad de aquello que se difunde. El encadenado potencia esta lógica del rumor al multiplicar lo mismo en varios lugares que parecen ser diferentes. Produce un circuito que es más autorizado y creíble que cualquier otro porque convalida la idea de que los medios establecidos (los anteriores a la web [sic]) invariablemente ocultan algo. El rumor desenmascara esos ocultamientos y se ajusta bien a las teorías conspirativas que son un modelo interpretativo predilecto.
Finalmente las contradicciones no importan. Internet las plancha. Mañana puede ser falso lo que se dijo hoy, pero ese “hoy” ya no existirá mañana. A la aceleración que domina la prensa audiovisual, internet (sic) le ha impuesto un ritmo de olvido verdaderamente alucinante: es una gran memoria colectiva que parece Alzheimer.
Y lo celebra como cualidad. A nadie se le ocurre continuar con la serie de diez tweets que ayer absorbieron la atención durante veinte minutos. Si alguien tuviera esa ocurrencia se colocaría fuera de la temporalidad del medio. Internet penaliza con verdadera saña el estatuto de outsider. Precisamente porque se trata de una tecnología de punta que valoriza el juvenilismo prestigioso en las sociedades contemporáneas, el outsider es estigmatizado como un tradicionalista arcaico que no entiende el presente.
—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010
Para muchos teóricos, Celebrityland es un lugar de juego y de esparcimiento al que sus públicos recurren pero en el que no creen. En un sentido esto es así: el público tiene una vida y pueda (sic) comprobar que en ella no rigen las reglas que acepta para la televisión que mira unas cuantas horas por día simplemente para distraerse. Pero en otro sentido, Celebrityland tiene influencia. En primer lugar, porque ese tipo de esparcimiento lúdico habla de sus consumidores y de las destrezas que poseen o están dispuestos a comprometer tanto en el ocio como en otro tipo de actividades.
En segundo lugar, porque el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades, las preferencias, los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples. Celebrityland mantiene abierta una gigantesca escuela de aprendizajes y lo que se aprende allí luego no se emplea sólo en ese ámbito hechizado, no concierne sólo a sus estrellas aristocráticas o plebeyas ni a sus súbditos y seguidores. Como un campo magnético, expande su zona de influencia a casi todo lo que sucede en otras esferas. La política, por supuesto, también la política.
En tercer lugar porque, y aquí voy al centro de la cuestión que me interesa ahora, es un modelo que pesa sobre la política hasta un punto que muchos políticos son casi únicamente celebrities (para riqueza y provecho de sus asesores de imagen).
—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010
Ha habido quienes, en el debate producido en la emisión del 24 de mayo del programa televisivo oficialista 6 7 8 (sobre el que ya he escrito algo, como todo el mundo), creyeron ver en algunas de las cosas que dijo Beatriz Sarlo la afirmación de que los medios “no influyen en la opinión pública” o, peor, de que “no influyen en la sociedad". Digo “creyeron ver” pero en algunos casos sería más apropiado decir “eligieron ver", ya que he comprobado, a través de la discusión vía Twitter con un puñado de periodistas profesionales (uno de ellos “columnista político” de la cadena CN23), que lo que dijo Sarlo es mal citado adrede, a través de un proceso de “interpretación” (estoy siendo amable) basado en lo que conocen de Sarlo y las intenciones que le atribuyen.
Por cierto, las citas textuales de lo que dijo en el programa están acá y el video relevante es éste. Cualquiera que le preste la mínima atención a lo que Sarlo efectivamente dijo sabe que no dijo que los medios no influyen en la sociedad. Para “interpretar” eso hay que suponer: primero, que la única forma de influencia es la incidencia política; segundo, que la influencia sólo puede ser permanente y cotidiana; y tercero, que “a veces inciden y a veces no” significa “no inciden nunca".
Por si hacía falta, sin embargo, aporto esta cita del último libro de Sarlo, el que acababa de publicar cuando fue invitada a 6 7 8, el programa al que le dedica un capítulo entero. Lo hago, no porque sea intelectualmente novedoso ni particularmente interesante, sino como una prueba adicional de que pensar que Sarlo cree que los medios no influyen en la sociedad es una pavada absoluta.
Me retiro.
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