Ya se ha escrito, sin duda, demasiado sobre lo que pasó el domingo, es decir, sobre la arrasadora victoria del Frente para la Misma en las elecciones generales. Como siempre, siento que es un poco tarde para agregar algo pero, como siempre, siento también que hay cosas que no se han dicho tanto y valdría la pena considerar. Asi que aquí peco otra vez: una columna que no es columna, un post deshilachado, compuesto de retazos y apuntes mínimos. Es lo que hay; ustedes sabrán disculpar.
Los encuestadores nos han arruinado a todos. La mayoría de los análisis que se han escrito o formulado por la televisión a partir de las elecciones del domingo, pero también acerca de las primarias y de los comicios en la Capital Federal, por no hablar de otras muchísimas ocasiones, se centran en la excepcionalidad del apoyo logrado por Fernández: un 53% de los votos. Siete u ocho puntos más que en la votación anterior, en que fue ungida presidenta por primera vez, y un porcentaje récord desde la vuelta de la democracia, se repite de continuo.
Muchachos, está bien, todo eso es más que cierto, pero ¿no les parece que se exagera con las conclusiones? Si revisamos los porcentajes de votos obtenidos por los sucesivos presidentes desde 1983 nos encontramos con que la norma es que saquen más o menos el 50%, punto arriba, punto abajo: cosechan el apoyo de aproximadamente la mitad de la población. Hilar más fino que eso es fútil y puede derivar en una especie de statwank que nada aporta. Un punto porcentual de apoyo se gana o se pierde en un día y por factores no necesariamente profundos. Estoy segurísimo de que Ricardo Alfonsín perdió más de un punto a partir de su inexplicable reacción ante las preguntas de los periodistas en la mañana del mismísimo domingo, cuando la mayoría de la gente aún no había votado.
Lo que quiero decir es que el apoyo obtenido por Cristina no es tan excepcional. Lo que sí fue excepcional fue la victoria de Néstor Kirchner en 2003, luego de haber perdido en primera vuelta y de que Carlos Menem “se bajara” del balotaje. En la Argentina lo normal es que los presidentes ganen cómodos. No hay nada de extraordinario en el resultado del domingo a menos que se crea que dos puntos porcentuales (la diferencia entre CFK ‘11 y Alfonsín ‘83) son un mundo. No lo son. Entronizar al % es renunciar a una mirada profunda. Mal o pobre análisis político se puede hacer desde ahí.
Y eso que todavía no he señalado lo obvio: que buena parte de la diferencia obtenida por Fernández (porque más notable que su propio caudal de votos es la dispersión del voto opositor) se puede explicar por el cambio producido en el proceso electoral. Este año debutó en la Argentina el sistema de primarias, y con él se ha puesto en funcionamiento la espiral del silencio, ese artilugio mortal. La espiral ha girado furiosamente durante dos meses y ahora sabemos cómo se sienten sus efectos. (O mejor dicho, ese dispositivo ha girado siempre, está en funcionamiento perpetuo, pero hasta ahora sólo lo sabíamos los comunicadores y los sociólogos y politólogos, ya que su trabajo en el cuerpo social es, valga la redundancia, silencioso. La diferencia es que ahora ese giro se ha vuelto palpable. Ha impregnado el aire político de una apatía sin par en los últimos años, empezando por el derrotismo de la oposición. Los propios candidatos bajaron los brazos ante la evidencia de que se venía la paliza. Una reacción ante la falta de apoyo de la sociedad pero también, seguramente, una manifestación del trabajo de la espiral en ellos mismos: la noción de que ir contra la corriente es peor, sea cual sea el lugar donde está uno.)
Todo político opositor vive una contradicción esencial. Su trabajo consiste en desafiar la opinión de la mayoría pero, a la vez, necesita identificarse con esa mayoría tanto como sea posible. Cada uno lo resuelve a su manera y con diferentes grados de éxito*. Esto es ahora mucho más difícil, porque vivir en esa contradicción requiere que no esté muy claro hasta qué punto la mayoría es mayoría: siempre se puede explotar la ilusión de que el presunto consenso no es tal, de que los medios de comunicación mienten o falsean las tendencias, de que el que parece ir ganando en realidad va perdiendo o al menos lleva una ventaja muy pequeña. Las primarias destruyen toda ambigüedad. La contundencia del voto pone el juego de cada uno en negro sobre blanco.
¿Cómo remontar esa corriente adversa? Cualquier intento de negar lo que ocurre sólo hunde más en el barro al candidato que lo intente, de ahí que las primeras denuncias de fraude hayan sido rápidamente retiradas de la pantalla. Es la espiral, el fantasma de Noelle-Neumann pisoteando las cabezas del segundo, el tercero, el cuarto.
Por supuesto que esta configuración no es independiente de las acciones de la oposición ni la exime de responsabilidad. Si hacer política es construir poder, llegar al voto es una meta esencial de los partidos. Las alianzas son necesarias para generar constelaciones de fuerzas, y no sólo de credibilidad. En este sentido la oposición ha actuado presa de una ceguera insostenible, por no usar términos más fuertes. Una cosa es que el gobierno elija como adversario a Clarín en vez de a un partido, otra muy distinta es que la oposición entre gozosa en ese juego y se pliegue absolutamente a su defensa sólo por considerarlo ubicado en la misma vereda.
Lo que ha unido a Francisco de Narváez con Elisa Carrió, a Ricardo Alfonsín con Fernando Iglesias, a Chiche Duhalde con Mauricio Macri, a Hermes Binner con Pino Solanas, no es la coincidencia programática que puede llevar a una coalición, sino la aparición continua en la pantalla de Todo Noticias. Estuvieron juntos en el espacio catódico, no en el de las urnas. Las conjunciones que se dieron a ese nivel, el que finalmente importa, fueron bastante terribles: UCR/Unión Pro, Das Neves/Duhalde. El acuerdo político cedió ante el discursivo.
Tomás Abraham dijo en 2007 que el hecho de que Daniel Scioli fuera candidato a gobernador era una claudicación de la clase política argentina. De entonces a esta parte hemos asistido a una prueba más contundente de esa claudicación: el político como accesorio de la televisión, como columnista invitado.
Obsérvese aquí la espectacular disparidad: la oposición le ha sido instrumental a Clarín, le ha dado múltiples voces y buenos argumentos en la defensa contra un gobierno de fauces abiertas. Clarín, en cambio, no le ha sido instrumental a la oposición: la ha dañado. ¿Por qué? Porque, como acabamos de decir, la cuestión no es meramente sumar credibilidad, sino sumar poder. Y la excesiva identificación de los partidos opositores con el grupo mediático les puede haber dado visibilidad y credibilidad, pero con eso no se ganan elecciones.
Hay que decir esto claramente: en lugar de formar alianzas de partidos, la oposición ha elegido aliarse con una entidad que no puede ser votada y es, por definición, nula en términos de representación política. He aquí la peor alianza imaginable para un partido que quiere ganar en las urnas.
¿Se advierte la ceguera?
Enfrentarse a “la corpo” más que a “la opo” fue una estrategia sagaz de Cristina y sus adláteres. Pero “la opo” no marcó límites y se ubicó en ese lugar terriblemente desventajoso. Fue en buena parte su culpa. Lo siento, pero alguien se lo tenía que decir, Ricardo.
Hablando de Ricardo, se puede esgrimir la idea de que fue el hijo de Raúl Alfonsín quien resultó más golpeado en estas elecciones, y no Elisa Carrió, cuya estrella ya se había eclipsado hacía rato. Lo que voy a señalar ahora bordea el cinismo, así que me disculpo de antemano, pero creo que es necesario explicitarlo porque muestra hasta qué punto lo mediático es, aquí y ahora, central a la política.
La idea que quiero formular y que resulta, repito, un tanto cínica, es la siguiente: la muerte de Néstor Kirchner fue el tiro de gracia para las esperanzas electorales de la oposición, y de Ricardo Alfonsín especialmente.
Se recuerda, tal vez, el “efecto Alfonsín": la muerte del padre (del “padre de la democracia", como se apresuraron a llamarlo algunos medios) generó una amplia corriente de simpatía hacia el hijo, que le fue beneficiosa* en términos de apoyo en la opinión pública. La gente recordó a Raúl Alfonsín, una figura que nunca perdió el afecto popular a cierto nivel, y la comparación fue inevitable: Néstor Kirchner construyó su propia imagen a expensas de la de su antecesor, ninguneó la labor de Alfonsín en la consecución de una democracia estable y sus acciones en pos del castigo de los represores de la dictadura. En el proceso de presentarse como adalid de los derechos humanos, obvió el Juicio a las Juntas y le insertó un prólogo irrespetuoso al Nunca Más. Con la muerte del líder radical, la gente lo recordó, recordó esas cosas, y la magnitud de la vejación se hizo evidente. “Ricardito", tal vez a regañadientes y obligado por sus asesores de imagen, hizo algunas alusiones sutiles a la imagen de su padre en sus spots de campaña y algunas apariciones públicas.
Pero vino el “efecto Kirchner". La corriente de simpatía viró violentamente y se hizo vendaval: el recuerdo de la épica alfonsinista fue reemplazado por la impresión de una épica actual, de un proyecto que marcaba el camino y hacía historia. Poco importa ahora si la descripción es atinada. Hablo del efecto emotivo, del sacudón. Con la muerte, Kirchner se volvió héroe, bronce, sangre. Game over.
No afirmo que haya sido ésta la clave de la victoria: probablemente el oficialismo habría ganado de todas maneras. Pero, al igual que en la pataleta 1, quiero subrayar que en la opinión pública, en la intención de voto, en el apoyo a movimientos e ideas hay siempre un componente de volatilidad, que la sociedad mediática exacerba.
Todo esto no debe dar la idea de que el gobierno no tuvo mérito alguno en la victoria. Sería absurdo hacer ese planteo. Es indudable que el kirchnerismo ha dado con la clave para satisfacer algunas necesidades profundas de la sociedad; ningún advenedizo supera la década en el poder, como lo hará el kirchnerismo si todo va bien (esperemos). Tiene en su haber medidas como la Asignación Universal por Hijo, la liquidación del sistema privado de pensiones o la anulación de las leyes de impunidad para los represores; y también una imaginería ideológica cuya falsedad de origen (se ha señalado repetidamente que Néstor Kirchner empezó a preocuparse por los derechos humanos cuando llegó a la presidencia) no anula su calado en buena parte de la población, a favor o en contra.* (De cualquier manera, todos los políticos construyen imágenes falsas de sí mismos y apelan a ideas en las que no necesariamente creen: así funciona la cosa, vayamos enterándonos. Pero tal vez Kirchner y Fernández llegaron a creer en lo que decían; a lo mejor se volvieron realmente setentistas, a lo mejor advirtieron que habían tocado un nudo que a ellos mismos les dolía, aunque nunca antes hubieran notado que estaba allí. Estas cosas nos pasan a todos.)
Ante un poder sustentado en bases tan fuertes, la esperanza de la oposición se cifra en hallar sus defectos intrínsecos, los puntos en que el ataque puede dar mejores resultados. Pero aquí también han fallado. Alfonsín y Narváez, los socios imprevistos, recurrieron a lo que al segundo le había dado resultado en su enfrentamiento contra Kirchner y Scioli en las elecciones legislativas de 2009: hacer foco en la problemática de la “inseguridad", en el sentido de “proliferación de delitos violentos". ¿Y por qué no? Es una objeción con base real, de alto alcance emotivo e ideológico: la clase media está siempre dispuesta a financiar con su voto los proyectos de quienes prometen ocuparse del problema.
Pero es evidente que la idea ha quedado corta. La insistencia en el problema de la “seguridad” se sustenta en una reducción del concepto que ya hemos señalado (seguridad como escasez de hechos de sangre); en este punto el debate ya debería incorporar el concepto en un sentido más amplio. La seguridad económica, laboral, son también parte del universo afectivo de la clase media y de sus miedos (perder el trabajo, ver licuados los propios ingresos por la inflación, quedarse sin casa, sin comida, sufrir una herida y no recibir buena atención en el hospital, son temores válidos, inseguridades). La estrategia opositora de centroderecha ha quedado presa en un concepto demasiado delgado y se perdió la oportunidad de aprovechar sus múltiples resonancias.
Pues bien. Con la oposición en knock out técnico, la pelea que viene es interna. El periodismo ya se venía ocupando, y muy bien, de este tema, y en los próximos dos años, al menos, las pujas dentro del oficialismo seguirán siendo un tema dominante. Es la historia que viene. De eso iremos hablando también en este espacio, probablemente. O no.
Hasta aquí, mis pataletas. Acá abajo, en el cuadro de comentarios, las tuyas.
Pensaba escribir algo sobre el portazo del amigo y colega Daniel Riera el otro día en el CCEBA, pero otro colega amigo de la casa, Alejandro Agostinelli, ya lo hizo muy bien, así que me limito a linkear: pasen y lean (y vean, porque la cosa está filmada y colgada y embebida en ese mismo post).
Yo cubrí el desalojo del ex PADELAI en 2003; en ese momento estaba becado en Clarín. Fue, como tituló el diario al otro día, una batalla campal; recuerdo de la jornada, además de los hechos en sí, dos cosas que me llamaron la atención. Una es el rechazo que el nombre del diario producía entre las organizaciones que apoyaban la resistencia al desalojo. La otra, que los desalojados y militantes perseguidos por la policía se refugiaron en la sede de la Facultad de Ingeniería, en Paseo Colón, y que ese edificio resultó un límite inexpugnable para las, por utilizar la común expresión, fuerzas del orden. Cuando yo estaba en la facultad se había planteado la hipótesis de un conflicto semejante, recordé en ese momento, y la idea, bastante extraña para mí por entonces, de que la autoridad policial debía retroceder ante la académica, de que la casa de estudios era un lugar que garantizaba la seguridad y la paz. Pero nunca había asistido a la realización del conflicto en sí. Fue muy notable.
Esto es una digresión que no tiene que ver con el portazo de Daniel, salvo porque efectivamente puedo dar fe de que en ese momento todo el mundo, no sólo el gobierno de la Ciudad, decía que el edificio se venía abajo, y resulta muuuuuy llamativo que ahora se lo haya transferido y habilitado para actividades culturales. Mucha gente vivía ahí.
Del resto no opino porque la verdad que no estoy en tema, pero la verdad que hay que tener algunas cosas en su lugar para hacer lo que hizo Daniel. Sólo por eso ya me dan ganas de estar de acuerdo con él.
Saludos.
ACTUALIZACIÓN 8/9: Imperdible nuevo post rierano sobre el tema.
A veces el Día del Periodista pasa sin pena ni gloria. Otras, sin embargo, ocurre algo que justifica o provoca la reflexión sobre lo que significa, no el día, sino la profesión, esta profesión que hemos elegido quién sabe por qué o para qué y que a veces, no siempre ni demasiado, se parece a lo que creíamos que era antes de meternos en el baile. Una de esas veces fue hace tres años, cuando la muerte de Bernardo Neustadt trajo a colación (para quien quisiera pensar en ello) el tema del papel de los periodistas en la esfera pública/política y su variación en las últimas décadas, entre sus años de estrellato y su ocaso definitivo.
Ahora no murió nadie (nadie que resulte relevante para esta discusión, quiero decir, y que yo sepa), pero llegamos al 7 de junio en medio de dos debates que tienen mucho que ver con el papel de los medios en general y de la prensa en particular, con los posicionamientos de los periodistas, con su relación con las empresas que los emplean y con el Estado, que también emplea a algunos. Uno de esos debates ya está dando sus coletazos finales y es el que se generó con la visita de Beatriz Sarlo al programa televisivo oficialista 6 7 8. El otro, el virulento cruce de acusaciones entre dos figuras señeras de la profesión periodística en la Argentina, como lo son Eduardo Aliverti y Jorge Lanata, otrora compañeros y aliados ideológicos, hoy (por lo que se ve) enemigos acérrimos. Que se inscribe, a su vez, en la discusión sobre el tratamiento que los grandes medios le están dando al escándalo por las denuncias de corrupción en contra de Sergio Schoklender en su papel de apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.
Del mutuo pase de facturas no voy a hablar, pero sí conviene anotar su existencia: no es habitual que dos referentes históricos del periodismo vernáculo se fustiguen a través de los medios masivos en forma tan agresiva (la cosa no es de ahora, por cierto). Tanto en el cruce Sarlo/Barone como en la batalla Lanata/Aliverti salen a relucir pasados imperfectos, traiciones, reacomodamientos, omisiones culposas en los curriculums. No importa el contenido específico de lo que esta gente se acusa de haber hecho o no hecho en tales y tales años, pero sí las nociones que subyacen a tales enfrentamientos. Porque para que puedan darse, para que puedan ser reproducidos y amplificados y tomados como objeto de debate serio, tienen que apoyarse en ciertos presupuestos, y esos presupuestos también deberían ser sometidos a juicio.
Late, primero, en el fondo de estas acusaciones la noción de que un periodista es un ser capaz de decidir serenamente y sin ningún tipo de condicionamientos dónde va a trabajar y para quién. Sólo así puede sostenerse con cierto asomo de contundencia, como si se hubiera sorprendido al otro en una falta, la frase “vos estuviste en tal diario en tal año". Para que esto sea una falta tiene que estar la posibilidad cierta, racional, de optar por un medio u otro según los propios intereses y la propia inclinación ideológica. La imagen que conjuran estos entredichos es la de un profesional que no necesita un trabajo con urgencia, que puede permitirse esperar hasta que el menú de ofertas laborales sea de su agrado; la de un trabajador privilegiado, capaz de anteponer la elección de jefes y compañeros al pago del alquiler, el gas y las expensas.
Son pamplinas, por supuesto. Un tornero no elige en qué fábrica trabajar: entra donde lo tomen, porque respondió a un aviso clasificado o porque un amigo suyo trabaja ahí o porque conoce al dueño de la empresa o por lo que sea. Un maestro recién recibido no especifica a qué escuela quiere ir a dar clases: se presenta a concursos y actos públicos y es feliz si logra tomar las horas disponibles en alguna que no le quede demasiado lejos. Ningún analista de sistemas anda pispeando los sistemas de diferentes empresas y luego decide de cuáles se va a hacer cargo. ¿Por qué debería ser diferente con los periodistas? Un periodista trabaja en el medio en el que consigue trabajo. Así es al menos hasta que el talento, el trabajo duro y la suerte le permitan hacerse un nombre propio y rechazar las ofertas laborales que no le interesen en favor de los trabajos en los que sí se sienta cómodo. Como en cualquier otra profesión, bah. Parece mentira que haya que andar aclarando esto.
De esta realidad (de que el periodista es un asalariado sometido a las reglas del mercado de trabajo, como cualquier otro) se desprenden varios corolarios, la mayoría de los cuales son obvios y no los voy a mencionar. Uno de ellos es que la ideología de un periodista no tiene por qué coincidir con la línea editorial del medio en el que trabaja. De hecho, es muy habitual que los periodistas pasen de una empresa a otra, y en estos pases no juega para nada el factor ideológico: hay quien pasa de un diario afín al gobierno a otro que es fuertemente crítico, o a la inversa; quien hace carrera en la televisión privada y luego desembarca en la estatal; y hay trayectorias que vuelven, años de trabajo en un medio de clara tendencia izquierdista, luego una etapa en un diario conservador, y una vez más a los medios progresistas. Es lo más natural del mundo.
No. Lo que debe leerse en las estocadas de Barone a Sarlo o de Aliverti a Lanata, y viceversa en ambos casos, es la comprobación de que no tienen sentido. No lo tienen, por cierto, cuando se les buscan “pecados” de juventud: los diarios o canales en que trabajaron cuando eran licenciados recientes y totalmente desconocidos. Sí, tal vez, cuando se refieren a las opciones que han tomado últimamente, ahora que todos son grandes nombres y pueden darse el lujo de decir “Ahí no voy".
Pero hay más. Porque lo que ahora se está discutiendo abiertamente en la televisión, y también en el resto de los medios masivos, es la cuestión del posicionamiento político de los periodistas. ¿Está bien o mal que se expliciten las propias posiciones políticas? ¿Hasta qué punto trabajar en determinado lugar condiciona la visión de la realidad? ¿Es deseable la objetividad? ¿Es posible? ¿Se puede uno mantener neutral, frío, alejado de los hechos? (Aliverti diría que sí, salvo en ocasiones excepcionales en que uno debe hacerse cargo de sus entrañas, movidas por la revulsión, y éste es uno de esos casos. El problema es que lo dice siempre. O, mejor dicho, cada vez que quiere atacar a un colega. En ese momento utiliza su asco, su indignación moral, para descalificar al otro. Niega que sea posible asumir un lugar de santidad, pero en la práctica lo asume y demoniza a los demás: no somos, dice en referencia a sí mismo, la misma mierda que ellos. A esto ha llegado esa mente preclara. Es el nivel de argumentación que maneja.) Esta discusión se da ahora en la esfera pública amplia, no se limita a la academia y a los círculos que rodean estrechamente a la profesión: todo el mundo opina de esto, sabe al menos de qué se trata, y eso es saludable.
No es eso lo que preocupa aquí. Lo que preocupa, lo que más debería preocuparnos a nosotros, pobres periodistas sometidos a todos los vaivenes habidos y por haber (políticos, económicos, culturales, incluso a los vaivenes semanales de la opinión pública y el rating), es que, aun cuando estas discusiones sean saludables, ocurren a destiempo. El debate sobre el rol de los medios y los periodistas se da, por un lado, en momentos en que la esfera de la comunicación pública ha estallado en un millón de fragmentos (blogs, microblogs, pequeños medios digitales), y, por el otro, en una época de declive muy marcado en el interés por todo lo que se ubica fuera del espectáculo. El resultado es que el concepto de “noticia” se ha vuelto relativo y los estándares de la profesión periodística (no sólo los éticos, sino también los de calidad o excelencia) se aplican sólo a un pequeño subconjunto, cada vez más reducido, de la información reclamada por un público poco fiel. Por tanto, estos cruces acalorados se plantean en términos de espectáculo, no son vistos por la mayoría como algo “realmente” importante. Finalmente, se trata sólo de periodistas, de tipos que se arrogan el dominio de la verdad cuando tal cosa (dicen, errados) no existe.
El mayor problema de la prensa hoy, la nube más negra en el horizonte, no es la presión del Estado ni la autocensura ni la condición comercial de los medios, sino el fantasma de la irrelevancia. Vivimos en un mundo que ya no nos reclama. Pronto desapareceremos, y no está claro que algo bueno vaya a ocupar nuestro lugar.
Hasta entonces, y mientras duremos, feliz día, colegas.
Pido perdón por el título de este post, que promete lo que no es. No se trata de hablar de “el niño” en general ni de “la política” en general tampoco. “El niño” en este caso soy yo, pero con ocho, nueve años, y “la política” es la idea de la competencia electoral en una democracia. En cuanto al copyright… ya se verá.
Vale la pena recordar en este punto que tengo treinta y seis años y que, por lo tanto, asistí a la recuperación democrática a los ocho, con las elecciones de octubre de 1983, o tal vez a los nueve, con la toma del mando por parte de Raúl Alfonsín en 1984. Esos años fueron muy raros para mí, porque no lograba acostumbrarme a la idea de que no había nada que temer: me resultaba incomprensible que la gente festejara el advenimiento de un presidente democrático como si fuera irreversible, cuando en cualquier momento podían aparecer unos tipos armados y sacarlo y volver a dominarnos por el terror a todos. Para mí, por entonces, el poder de las armas era absoluto, y ninguna otra cosa tenía posibilidades de oponérsele.
Pero divago. Lo que quería mencionar en este post es otra cosa, que responde a la misma ingenuidad infantil ante la política pero tiene más que ver con los mecanismos propios del juego democrático, más allá de lo formal. Y es la cuestión de las campañas o, más precisamente, de las promesas políticas.
El Sebastián de ocho o nueve años, consumidor de Mafalda y de Tato Bores, le daba vueltas y vueltas al tema de las promesas políticas y no podía comprenderlo. Más precisamente, lo que no podía comprender es cómo los políticos podían querer formular promesa alguna, si todo lo que prometieran podía ser también tomado por los otros, que lo prometerían a su vez, o, peor, por el gobierno, que tenía la posibilidad de implementar las acciones prometidas antes de las elecciones, anulando así a los competidores.
Yo me preguntaba, por ejemplo, qué sentido tendría prometerle a la gente que uno iba a bajar un impuesto (no creo que pensara en esto particularmente porque no sé si a esa edad entendía los impuestos o me interesaban, pero en fin) si todos los demás candidatos podían avivarse y prometerlo también. Dado que no existen los derechos de autor en el ámbito de las promesas políticas, y por lo tanto tampoco el copyright, esto no podría ser discutido por nadie, razonaba yo (aunque en términos menos técnicos): cualquier candidato acusado de “copión” podía simplemente argumentar que tomaba la idea porque le parecía buena, lo mejor para el país. O el gobierno, habiendo oído una idea tan buena, podía apresurarse a implementarla. Y, en mi razonamiento, esto era cierto: limitar la posibilidad de los candidatos de hacer propuestas concretas porque otro ya las había hecho antes, ¡o del gobierno de beneficiar a la gente aplicando buenas medidas!, sería malo, muy malo, para los políticos y para el electorado.
Pero esto nos dejaba con un sistema contradictorio, en el que a los candidatos les convenía no prometer mucho para luego sorprender, ya sobre la elección (¡o después!), con propuestas originales, radicales. Sin embargo, esto me parecía dañino, ya que, en un sistema así, todos los candidatos serían forzosamente más o menos iguales.
No creo que estuviera tan errado en esto aunque, por cierto, a mi pensamiento le faltaba complejidad. Me paraba en dos presupuestos erróneos: el primero, que existía un “bien común” único y fácil de conocer y, por lo tanto, que las medidas de gobierno podían dividirse entre las que beneficiaban a la gente y las que no, o ubicarse en una escala en la que había mejores y peores medidas de acuerdo al bien que produjeran; el segundo, que la gente vota a los candidatos políticos por sus propuestas.
Sin embargo, algo de todo lo que yo pensaba sobre el tema (y realmente le daba vueltas y vueltas; estaba obsesionado por la contradicción) podría ser traducido a la realidad y de hecho lo es, ya que a la hora del análisis político esos factores deben ser considerados. Por ejemplo, cuando se dice que un candidato gira hacia la izquierda o hacia la derecha o que “cambia el discurso” para ampliar su base de apoyo, básicamente lo que se está diciendo es que empieza a apropiarse de las promesas de otros, a decir lo que los otros ya han dicho, para que una parte de la gente lo vea con simpatía. Es como robar promesas, propuestas, pero sin la parte de la originalidad.
Por otra parte, a todos los gobiernos se les señala en algún momento (en términos de talento, de humildad, de cintura, de descaro, de pragmatismo o de lo que sea) que se han apropiado de alguna propuesta o bandera de la oposición, quitándole así argumentos. Recuerdo cuando Álvaro Alsogaray le decía, a un Bernardo Neustadt que lo interrogaba sobre la práctica desaparición de la UCeDé, que el partido no ganaría jamás una elección, pero que sus propuestas ya habían ganado al ser implementadas por el gobierno menemista y que, por lo tanto, sus adeptos no tenían motivos para quejarse. A Cristina Fernández la implementación de la asignación universal por hijo le trajo el apoyo de un sector de la izquierda.
Los motivos para la queja existían, por supuesto, porque la competencia electoral es una competencia por el poder, no por mejorar las condiciones de vida de la gente. Y aquí venía la otra parte del razonamiento del pequeño Sebastián, que era realmente muy pesimista. Para él, las campañas estaban lejos de ser carreras de ideas entre personas bienintencionadas con ganas de llegar al gobierno para dedicarse a hacer todo lo que habían prometido antes, sino entre personas que se afanaban por hacer las mejores promesas para captar apoyos pero que, una vez obtenido el poder, no tendrían ninguna obligación de cumplirlas.
Un análisis, en fin, desprovisto de toda sutileza. Y sin embargo… sin embargo no estoy, hoy, con treinta y seis años, demasiado seguro de que todo el sistema no resulte básicamente incomprensible.
Para muchos teóricos, Celebrityland es un lugar de juego y de esparcimiento al que sus públicos recurren pero en el que no creen. En un sentido esto es así: el público tiene una vida y pueda (sic) comprobar que en ella no rigen las reglas que acepta para la televisión que mira unas cuantas horas por día simplemente para distraerse. Pero en otro sentido, Celebrityland tiene influencia. En primer lugar, porque ese tipo de esparcimiento lúdico habla de sus consumidores y de las destrezas que poseen o están dispuestos a comprometer tanto en el ocio como en otro tipo de actividades.
En segundo lugar, porque el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades, las preferencias, los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples. Celebrityland mantiene abierta una gigantesca escuela de aprendizajes y lo que se aprende allí luego no se emplea sólo en ese ámbito hechizado, no concierne sólo a sus estrellas aristocráticas o plebeyas ni a sus súbditos y seguidores. Como un campo magnético, expande su zona de influencia a casi todo lo que sucede en otras esferas. La política, por supuesto, también la política.
En tercer lugar porque, y aquí voy al centro de la cuestión que me interesa ahora, es un modelo que pesa sobre la política hasta un punto que muchos políticos son casi únicamente celebrities (para riqueza y provecho de sus asesores de imagen).
—Beatriz Sarlo: La audacia y el cálculo.
Kirchner 2003—2010
Ha habido quienes, en el debate producido en la emisión del 24 de mayo del programa televisivo oficialista 6 7 8 (sobre el que ya he escrito algo, como todo el mundo), creyeron ver en algunas de las cosas que dijo Beatriz Sarlo la afirmación de que los medios “no influyen en la opinión pública” o, peor, de que “no influyen en la sociedad". Digo “creyeron ver” pero en algunos casos sería más apropiado decir “eligieron ver", ya que he comprobado, a través de la discusión vía Twitter con un puñado de periodistas profesionales (uno de ellos “columnista político” de la cadena CN23), que lo que dijo Sarlo es mal citado adrede, a través de un proceso de “interpretación” (estoy siendo amable) basado en lo que conocen de Sarlo y las intenciones que le atribuyen.
Por cierto, las citas textuales de lo que dijo en el programa están acá y el video relevante es éste. Cualquiera que le preste la mínima atención a lo que Sarlo efectivamente dijo sabe que no dijo que los medios no influyen en la sociedad. Para “interpretar” eso hay que suponer: primero, que la única forma de influencia es la incidencia política; segundo, que la influencia sólo puede ser permanente y cotidiana; y tercero, que “a veces inciden y a veces no” significa “no inciden nunca".
Por si hacía falta, sin embargo, aporto esta cita del último libro de Sarlo, el que acababa de publicar cuando fue invitada a 6 7 8, el programa al que le dedica un capítulo entero. Lo hago, no porque sea intelectualmente novedoso ni particularmente interesante, sino como una prueba adicional de que pensar que Sarlo cree que los medios no influyen en la sociedad es una pavada absoluta.
Me retiro.
Comentarios recientes
en cinco pataletas
en cinco pataletas