Contenido

Sidebar 2

This is the "Sidebar 2" container. You can place any widget you like in here. In the evo toolbar at the top of this page, select "Customize", then "Blog Widgets".
powered by b2evolution
Mayo 2012
Lun Mar Mié Jue Vie Sáb Dom
 << <   > >>
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31      
Soy Sebastián Lalaurette, escritor y periodista (acá tenés mi curriculum). Tengo dos libros publicados (uno, dos), escribo poemas y cuentos y siempre estoy luchando con una o más novelas inconclusas. Vivo en La Plata, donde dicto el taller literario Sangría Francesa.

Buscar

« Hoy presentamosEl sábado en la ex ESMA. Agenden. »Post al azar

Somebody call out my name

08.12.10

Permalink 03:32:00, por Sebastián Lalaurette Email , 801 palabras   Spanish (ES) utf8
Categorías: orbitando, música

Somebody call out my name

Ni siquiera voy a empezar a tratar de decir lo que John Lennon significa para mí. No podría. Son años, décadas de escucharlo, de pensar en él, de tenerlo como referencia en tantas cosas. No creo, por otra parte, que mi experiencia con John sea demasiado diferente de la de cualquiera. Ni que pudiera, en unas líneas apresuradas, decir algo que no se esté ya diciendo mil veces a lo largo y ancho del mundo, de palabra, en papel o vía bits, ahora que se cumplen treinta años de la noche en que lo asesinaron.

Sí puedo contar algo irrelevante, arbitrario y culposo, que, como los lectores fieles de este blog sabrán, es lo que mejor hago. Y es la historia (bueno, es una viñeta aislada, no sé si “historia” no será una palabra demasiado grande) de cómo llegué a John.

Le debo mi relación con John a una jovencita anónima que vi por la tele. Estamos hablando de fines de los ochenta o principios de los noventa, me parece; yo era por entonces un adolescente en busca, como todo adolescente, de algo que me diera sentido. Lo encontré así, del modo más artificial y deprimente posible: viendo la televisión, por ósmosis y por decisión consciente. Porque en el noticiero estaban pasando algo de no sé qué festividad de colectividades. O a lo mejor era de una colectividad en particular. Ya les digo, los detalles no los retuve, o no los supe de entrada. No soy un enamorado del noticiero.

Bueno, resulta que la notera (o el notero tal vez) estaba entrevistando a unas chicas vestidas con el atuendo típico del país que sea (¿podría yo, sin embargo, dar fe de esto, sin recordar el país?). Estaban todas, las tres o cuatro, o tal vez eran cinco, muy lindas, con vestidos azules y blancos (puede fallar) y cintas en el pelo. Al menos así es como las recuerdo; a lo mejor era todo diferente, ya les digo.

Bueno, resulta (repito) que estas chicas estaban hablando sobre sea cual fuere la actividad que se desarrollaba ese día y, claro, cada una tenía sólo unos segundos para hablar (esto era el periodismo de fines de los ochenta o principios de los noventa, antes de la explosión del cable, antes de las largas notas sin sentido, antes del “periodismo de vecinos", antes de las largas parrafadas con cámara fija en el rostro anónimo). Una de ellas, la última creo (¿pero quién sabe?), dijo lo suyo y luego remató con algo así como: “¡Aguante la paz!, ¡aguante John Lennon!".

Eso fue. O tal vez el comentario sardónico de mi viejo (¿o mi vieja era?) que se preguntó qué tenía que ver Lennon con lo que se estaba hablando. En este acto me confieso falsario: decidí, en ese mismo segundo, que yo también adoptaría la bandera lennoniana. Si había que tener un ideal ¿por qué no iba a ser el de la paz?, y si había que tener un ídolo, ¿por qué no iba a ser el de ese joven eterno, eternizado por las balas de Chapman? Creo que en ese momento no sabía lo de Chapman, pero sí lo de la muerte en relativa juventud, y asociaba la imagen de John a “Imagine", su canción emblema. Y el ideal era bueno, y la chica era linda, y mi viejo estaba en contra. ¡Perfecto!

Después llegué a conocer algo más sobre Lennon. Bastante más, para serles franco. Leí, contrariado, esa entrevista en la que afirmaba que “Imagine” y todo el asunto de la paz había sido algo pensado, rayano en el cinismo; lo vi, luego, relativizar esa afirmación. Conocí su costado más intelectual y también otro más salvaje; en todo caso, lo vi intuitivo, genial sin necesidad de mucho artificio, en contraste con Paul, el orfebre. De la figura de Lennon pasé a los Beatles (¿o fue al revés?) y me amigué con esa música que, de chico, no me gustaba simplemente porque les había gustado a mis padres. Pero en ese momento nada sabía. Fue la adopción más artificial posible de un ídolo, de un ideal.

Con los años, entonces, fui conociendo más a John y lo adopté “de verdad". Dejó de importar cómo llegué a él, salvo, claro, que le estoy y siempre le estaré agradecido a esa anónima jovencita que se salió de libreto frente a cámara. Salirse de libreto es lo mejor que uno puede hacer.

¿Sabría Lennon, podría imaginar cuando escribió esa línea, Somebody call out my name (John, John), que décadas después de su muerte seríamos millones los que lo invocaríamos con esa sílaba? Supongo que no. Aunque alguna vez había dicho que los Beatles eran más famosos que Jesucristo, y probablemente tenía razón. Para él las cosas estaban casi siempre claras.

Los dejo con John.

Compartir vía   Facebook Twitter Google Buzz Menéame email