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En efecto, estamos hoy frente a la amenaza, ya no de una democracia de opinión que reemplazaría a la democracia representativa de los partidos políticos, sino ante la desmesura de una verdadera democracia de emoción; de una emoción colectiva a la vez sincronizada y globalizada, en la que el modelo podría ser el de un tele-evangelismo-postpolítico.
Después de los conocidos estragos de la democracia de opinión y de los delirios de la política-espectáculo, de la que la elección de Arnold Schwarzenegger al puesto de gobernador de California es uno de los últimos ejemplos, se pueden imaginar fácilmente los estragos de esta “democracia de emoción pública” que amenaza con disolver como el ácido a la opinión pública, en beneficio de una emoción colectivista instantánea, de la que abusan tanto los predicadores populistas como los comentaristas deportivos o los animadores de la rave-party.
(…) estamos aquí ante el límite extremo de la inteligencia política, puesto que la representación política desaparece en la instantaneidad de la comunicación, en beneficio de una pura y simple presentación.
—Paul Virilio: Ciudad Pánico
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