Oyola: "La maldad es algo innato en nosotros"

Sus gorras con visera, de esas que ponen a buen resguardo la mirada, llaman la atención en los encuentros literarios pero seguramente no desentonan en las calles del Gran Buenos Aires, el ámbito donde creció y donde también viven, luchan y mueren sus personajes. Del mismo suburbio que él desandó infinitamente habrán salido Manuel Ovejero (el Perro) y el Pastor Noé, los protagonistas de Chamamé, la novela editada en España que hace un mes le valió el primer premio Dashiell Hammett de Novela Negra en Gijón, galardón otorgado por los propios escritores del género, que comparte con el peninsular Juan Ramón Biedma.

El título del libro, que narra la historia de dos piratas del asfalto que intentan ajustar cuentas mientras otro pesado les da caza, también puede leerse a través de su pecho, en grandes letras que sólo morirán después que él. La literatura inscripta a fuego en el cuerpo: eso es Leonardo Oyola.

--¿Por qué te tatuaste en el pecho la palabra Chamamé?

--Me lo tatué para jurarme que terminaba la novela. Estaba pasando por el peor momento de mi vida: la muerte de un amigo cercano, perder el trabajo, separarme de la mamá de mi nene, quedarme sin casa... Fue la novela en la que estuve más disperso por todo lo que me fue pasando. También es el producto de haber hecho terapia por primera vez. Se me impuso obligatoriamente y agradezco la labor de mi psicóloga para lograr canalizar mis energías en la escritura.

--¿Creés que la escritura puede ser un método de autoayuda? Algo así como exorcizar los demonios, por usar una frase ya muy viajada.

“ Lo que veo, creo e impulso es la vuelta al género, a contar historias. Que no todo se agote en lo autobiográfico. La última verdad y lo que importa es el libro. ”

--Obviamente uno, cuando escribe, exorciza mucho de lo que ha vivido. El tema es cómo lo hacés. Yo necesito del género para explorar mi pasado. De esa forma agarro a mis diablos de sus cuernos buscando arrodillarlos. Otros, como Pablo Ramos en La ley de la ferocidad o Ariel Bermani en Veneno, se boxean mano a mano con sus demonios. Yo no puedo. No tengo esa fuerza. Necesito alivio, necesito volar. Necesito al género.

--En algún momento dijiste que sólo escribís para entretener. Pero ¿no hay también algo de denuncia social en tu narrativa?

--No adrede. Soy lo más fiel que puedo a las historias que narro y es ahí donde aparecen estos apuntes del natural. Para que exista ficción, para que el lector la crea, debe haber un asidero de verdad. Algo reconocible. Los mundos que retrato son tristemente célebres: se sabe muy bien lo que ahí pasa. Pero nos acostumbraron a mirar para otro lado. En lo mío no hay denuncia social, sólo una realidad haciendo más sólida una ficción.

--¿Qué creés que busca en tus novelas el lector medio, para quien los personajes son emblemas del temor cotidiano? ¿Qué pensás de los usos de la palabra “inseguridad”?

--Quienes eligen leer mis libros los completan con lo que ven, sienten y experimentan. No me creo autorizado para decir qué buscan. “Inseguridad” es una palabra tan maleable como antipática. Casi siempre está en boca de un político que se ufana del flagelo de la inseguridad pero que la fomenta como engranaje de un sistema donde él siempre va a estar a salvo y necesitando del desmadre.

--¿Sos consciente de que generás cierta identificación del lector con personajes moralmente rechazables?

--Si uno siente identificación con estos personajes, si como lector hincha por ellos, es porque pueden hacer lo que nosotros muchas veces quisiéramos. Mal que nos pese, su impunidad los hace auténticos. La maldad es algo innato en nosotros. Algo latente. Doblás en la esquina equivocada, alguien te aprieta donde no debía... Oí hace poco a Fernando Marías decir que él, como adolescente, había perdido la virginidad con El doctor Jekyll y Mr. Hyde; que lo que más lo atemorizaba era saber que todos podemos llevar dentro a alguien como Mr. Hyde, que es ni más ni menos que lo que somos en realidad. Marías decía que, con cincuenta años, tenía que declarar que había vivido más como Hyde que como Jekyll. Y yo, pensando en mi prontuario, tengo que confesar lo mismo.

Uno sólo puede suponer que el prontuario de Oyola no se inició con su primera novela, Siete & el Tigre Harapiento (Gárgola, 2005), finalista en el Premio Clarín hace cuatro años. Sea como sea, fue su primer rastro visible en la literatura argentina. Este año apareció en nuestro país Santería, editada por Negro Absoluto. Y en breve deberá agregar una nueva entrada a su registro de reincidencias: Sudamericana lanzará Hacé que la noche venga, otra novela ambientada en el mundo de “la calle” y con elementos de western.

--En general se te considera parte de la “nueva narrativa argentina” (NNA) o “Joven Guardia” de escritores. ¿Te sentís vos mismo parte de esa mentada nueva generación?

--El periodismo necesita poner rótulos; las editoriales, etiquetas. Eso es la NNA o Joven Guardia. Tengo 35 años. Soy argentino. Publico. Y me enorgullece ser parte de esta camada con gente como Félix Bruzzone o Selva Almada. Ahora bien, lo que veo, creo e impulso es la vuelta al género, a contar historias. Que no todo se agote en lo autobiográfico. Tenemos las mismas influencias históricas y culturales, manejamos los mismos códigos, sí. Pero la última verdad y lo que importa es el libro. El libro. Que te transmita cosas.

--¿Qué autores definen hoy el corpus de la literatura policial argentina? ¿Cuáles son tus maestros?

“ Fernando Marías decía que, con cincuenta años, tenía que declarar que había vivido más como Hyde que como Jekyll. Y yo, pensando en mi prontuario, tengo que confesar lo mismo. ”

--Grandes maestros del género son Ernesto Mallo y Guillermo Orsi. Mallo por la saga de su Comisario Lascano (La aguja en el pajar y Delincuente argentino) y Orsi por sus novelas Sueños de perro y Buscadores de oro. Los dos son old school: mucha calle y manejo de códigos. En Gijón descubrí a Raúl Argemí, un compatriota radicado en Barcelona. Bastante curtido y bochinchero, un boxeador nato. Respeto mucho a Guillermo Martínez y Pablo De Santis; lo de ellos es más de ajedrez, de guante blanco. En El síndrome de Rasputín, Ricardo Romero tiene lo mejor de estos dos mundos: clasicismo, lo justo; y mucha mucha mugre.

--En varios momentos, Chamamé se vuelve una narración casi cinematográfica. ¿Reconocés influencias del cine en tu literatura? ¿Qué directores o películas te marcaron más en ese sentido?

--Sería deshonesto de nuestra parte negar la influencia que tuvieron en nosotros como narradores el cine y la televisión. Me gusta mucho Scorsese, las de gangsters de Brian De Palma, el Luc Besson de Subway, Nikita y El perfecto asesino; Tarantino, obvio. Carpenter, Johnny To, John Woo. Soy fanático de Leonardo Favio y de los westerns.

--¿Qué actores podrían interpretar a los personajes de Chamamé si se filmara?

--Tendrían que ser actores desconocidos. Actores que tengan hambre de dar lo mejor en lo suyo y de darse a conocer prácticamente por asalto, haciendo justicia a la novela. Así funcionaría a full.

--En la novela visitás un tópico ya transitado en el género: la pérdida entre los delincuentes jóvenes, los "pibes chorros", de un cierto código moral por el que se rigen los ladrones y asesinos de antaño. ¿Realmente suscribís esa teoría o creés que los personajes que la sustentan están equivocados?

--Todo es tan frágil. Todo está tan patas para arriba. Hay una canción de Iron Maiden que se llama ¿Puedo jugar con la locura? Bueno, para mí los códigos sirven para algo fundamental como el respeto. Viene un tipo y te afana. Te querés matar. Lo querés matar. Pero si vino, te afanó y se fue, da gracias. Todo lo que te llevó se recupera. La vida no. Eso es poder jugar con la locura. Ahora bien: viene un tipo, te afana y te pega un tiro o se zarpa con tu mina. Ahí se va de tema. ¿Por qué los pibes no manejan códigos? No creo que eso sea patrimonio exclusivo de los pibes. El tema pasa por la falopa. Cuando ése es tu Dios no respondés a nada más que a la frula. Ni siquiera a vos. ¿Podés jugar con la locura? No lo sé. No quiero saberlo.

--A pesar del título, casi todo lo que suena en Chamamé es rocanrol. ¿Por qué?

--Porque es la música que a mí me marcó. Si se llama Chamamé es por una declaración que creo que hizo el Chango Spasiuk: “Del folclore, el chamamé es lo más punk”. Además, en guaraní significa “improvisar, hacer algo sin plan”, que es lo que les pasa a mis personajes.

--Si estuvieras en la situación del Perro (pisando el acelerador de un auto, persiguiendo a un ex compañero del que querés vengarte y, a la vez, perseguido por un ex presidiario que quiere vengarse de ambos), ¿qué música pondrías en el estéreo del auto?

--A diferencia del Perro, creo que no sería capaz de escuchar nada. Y como el Perro, lo que haría sería dejarme llevar por mi furia, por la bronca. Ahí no hay margen para otra cosa que no sea la rabia.

Sebastián Lalaurette
Agosto de 2008

"Somos narradores, no bloggers"

Como tantos otros escritores argentinos, Leonardo Oyola tiene un blog (su nombre, Tigre Harapiento, remite a su primera novela, un policial de ambientación decimonónica). No se reconoce, sin embargo, como una molécula activa en ese entramado hipertextual que vincula a otros jóvenes autores entre sí y con sus audiencias cibernéticas a partir de citas, comentarios y exposición de textos literarios en progreso.

--¿Qué papel creés que juegan los blogs en el mundo de la literatura?

--Tengo un blog para difundir lo que hago y ciclos y libros que me interesan de otros colegas. No admito comentarios. No posteo en el sentido clásico que le dan los bloggers locales. En Tigre Harapiento no van a encontrar un diario íntimo ni reflexiones mías sobre política o fútbol. Me parece un error subir al blog el work in progress de lo que uno está laburando. Creo que el tema pasa por la ansiedad y por la inmediatez de respuestas que genera el postear. Existe una urgencia de saber qué es lo que opinan los demás de nuestros textos, pero en un espacio como el blog no hay una verdad sobre lo que escribimos y sobre el rumbo de nuestras escrituras. En ese aspecto, para mí, el blog es sólo un placebo. Y, en mi oficio, es algo que resta. Somos narradores, no bloggers. Hay una diferencia.

--¿No creés, entonces, que los blogs estén generando una nueva forma de narrativa o modificando las ya existentes, como sugieren algunos?

--No. No lo creo. Insisto: el blog como literatura es sólo un placebo. Hay que volver a contar historias. Hacemos ficciones. Si los diarios íntimos son literatura, el blog podría verse como literatura sólo por el aggiornamiento de la forma del diario íntimo.