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Joan Didion

 

Se ha comparado este rostro con el de alguna clase de insecto y puede ser. Se mantiene la forma de huevo anguloso, la proyección casi violenta desde el cuello ínfimo, la boca ancha que remata un triángulo simiesco. Pero lo que hace trizas esa idea son los ojos. Ojos que, de tanto ver más allá, han retrocedido. Retrocedido desde lo que asusta. Asustan. Debajo de ellos hay un vacío terrible. Caben muchas lágrimas en ese espacio.

Está esculpida en mármol o, mejor, trazada a lápiz. Trazada, sin duda, por sus propias palabras. La boca, dúctil, baja, el inquietante puente de la nariz, las cejas tiránicas bajo el flequillo de mechones candorosamente plastificados, todo lleva a esa mirada eterna, se diría eternamente gris.

No siempre fue así. Supo cultivar el look casual y fundirse en los mundos que retrataba. Fue una más, una mirada vibrante, una hoja en la corriente. Y sin embargo sigue habiendo en esa mirada una inteligencia casi alienígena: está bien. Esta mujer ha sido una extraña en nuestro universo, hasta lo que más conocía la ha sorprendido de manera implacable.

Así, dueña de los nombres del mundo, se la veía junto a las costas de Malibú, cigarrillo en mano, whisky a tiro y una mirada satisfecha de reojo. Click. Y ahora esos ojos, que han visto generaciones, han ido perdiendo generaciones por el camino. Click. Joan, mirándose y mirándonos para siempre.

Sebastián N. Lalaurette

(Retrato escrito a partir de las fotos de Didion publicadas en su último libro, The year of magical thinking.)