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Ahora sí: asoma un Nuevo Orden
Ben Laden contra el País de las Maravillas (2001)

 

Ya es un hecho aceptado que las épocas históricas son inauguradas por derrumbes o caídas. Si suele verse en la caída de Constantinopla el punto de entrada a la modernidad, no menos cierto es que el símbolo más exacto de esa entrada fue una cabeza real rodando por el suelo, en la Francia revolucionaria. En nuestros días, es más evidente que el pasaje de un estado de cosas a otro está marcado por el mismo tipo de cambios: a la caída del Muro de Berlín le sucedió el derrumbe político de la Unión Soviética, en lo que, se repitió hasta el cansancio, inauguraba un Nuevo Orden mundial, un orden gobernado por la expansión del capitalismo y sus ideales de libertad e individualidad a todos los confines del planeta.

Era un error. Doce años separan a aquel histórico noviembre en que el Muro dejó de existir de un derrumbe mucho más espectacular y sombrío: el de las dos Torres Gemelas del World Trade Center, las mismas que aparecían constantemente en las películas como un símbolo de lo norteamericano y que fueron aniquiladas en septiembre último de manera igualmente cinematográfica. Fue ésa la caída que inauguró un Nuevo Orden, silenciando las voces que celebraban el mundo unificado y el fin de la Historia. Es cierto que ya en 1991 la Guerra del Golfo demostró que la nueva distribución del poder no garantizaba la paz. Pero en ese momento fue vista como una anomalía. Saddam Hussein, se argumentaba, era un loco, alguien que no tenía idea de lo que hacía; el filósofo Jean Baudrillard llegó a decir que esa guerra nunca había comenzado. Sí, lo hizo con la intención de provocar al pensamiento, pero ya es llamativo que pueda habérselo planteado y es aun más llamativo que el libro, La Guerra del Golfo no ha tenido lugar, se convirtiera en un best-seller. En efecto, con un discurso común que hablaba de la integración planetaria y con la CNN haciendo una traza quirúrgica entre misiles y muertos, el público (o mejor: Occidente) tenía sus buenas razones para dudar de todo lo que veía.

El historiador Eric Hobsbawm afirmó que el siglo XX, que había empezado en 1914, terminó en 1992 con el derrumbe definitivo de uno de los dos polos que se disputaban el mundo. Pero sólo ahora hemos entrado definitivamente en el siglo XXI. El fin de la Guerra Fría fue el principio del cambio, pero el cambio verdadero lo marcó el fin de la posguerra. Hoy, la guerra vuelve a ser caliente; las calles de Manhattan han sido su escenario. Sin embargo, el enemigo es invisible. Golpea y retira la mano, con la velocidad del rayo divino.

¿Cómo se puede entender lo que ocurrió y saber lo que ocurrirá de aquí en adelante, en este nuevo mundo en el que ya nada puede darse por sentado? Es una tarea difícil, pero, entre los escombros de la vieja "estructura de poder global" que mantenía a raya los conflictos internacionales, ya asoman algunas evidencias.

Primer acercamiento: Bush y Ben Laden, a cámara partida

Un posible nivel de análisis es examinar de cerca a las figuras protagónicas de esta historia.

Por un lado está el presidente norteamericano, George Bush hijo. Se ha hablado repetidamente de su supuesta falta de capacidad para enfrentar circunstancias extraordinarias como ésta. Maneja el país más poderoso del mundo como si fuera una jurisdicción menor, dicen sus detractores; y enfrentó el peor atentado terrorista de la historia, que sacudió el corazón del poder económico mundial, como si todavía fuera un simple gobernador que enfrentara una catástrofe natural (la comparación pertenece a Dana Milbank, del Washington Post). Ese punto de vista pareció quedar ratificado en las horas posteriores al ataque, cuando, en medio de un discurso, el Presidente se quebró y George Bush padre, quien ocupara el mismo cargo hace una década, asumió con presteza el control de la situación. Ese otro Bush es un hombre curtido en estas lides: hace diez años, y a pesar de las críticas, salió airoso de la contienda del Golfo Pérsico.

Sin embargo, el titular de la Casa Blanca pronto se puso a la altura de la situación: sus apariciones públicas lo mostraron decidido e incluso temerario. "Están con nosotros o con el terrorismo", advirtió a todo el mundo. Y si bien las cámaras fotográficas suelen congelar su rostro en gestos poco adustos (pues este Bush es definitivamente más expresivo y emocional que los tres presidentes anteriores), su cambio de discurso es claro. Rozó incluso el fundamentalismo al que se opone, al bautizar a la represalia militar como "Justicia Infinita", nombre que después hubo que reemplazar por el de "Libertad Duradera".

Tal vez esta sobreactuación obstinada de Bush, forzada por la espectacularidad del atentado y por la fuerte presión pública, sea un factor determinante en la prolongación ad infinitum de la guerra. Fuentes oficiales de peso, desde el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, hacia abajo, han observado que la ofensiva terrestre no será fácil y que el enfrentamiento será largo y sangriento; otras voces han advertido que el conflicto puede terminar peor que Vietnam para los Estados Unidos. Pero Bush ya está en el juego y no piensa retroceder. A menos de dos meses del golpe, cuando todos los norteamericanos sienten el dolor de sus muertos y su orgullo y el terror de la amenaza biológica y los periodistas que esbozan críticas a la administración son despedidos, la población se lo reclama; pero dentro de un tiempo, cuando la tempestad haya amainado y las críticas se hagan oír, probablemente él siga reclamándoselo a sí mismo.

Por el otro lado está Osama ben Laden, el misterioso financista del terrorismo que declaró una guerra contra todo lo norteamericano. Ben Laden es inasible, furtivo; los custodios del Imperio han dicho que será casi imposible atraparlo. Es un mundo ancho, dicen, y se podría agregar: lleno de gente que simpatiza con él.

No hay mucho que decir de Ben Laden. Es un fundamentalista y no se detendrá tampoco. Ha lanzado al ruedo la Jihad, la Guerra Santa, y no es un ovillo que se pueda recoger fácilmente. Pero no es apresurado. Maquinó pacientemente su ataque y aseguró todos los detalles, sea por sí mismo o por terceros. Reivindica objetivos que comparte gran parte del mundo árabe, como su defensa de Palestina en el conflicto con Israel, y es un líder natural del fundamentalismo islámico.

Bush y Ben Laden no aparecerán, uno junto a otro, en dos paneles de la misma pantalla en el marco de un debate televisivo. Virtualmente, sin embargo, son esas mitades opuestas que resumen las filosofías enfrentadas en esta guerra: irreconciliables, pero muy parecidos, cada uno intenta imponer su propio sentido a una realidad caótica.

Segundo acercamiento: la nueva guerra

Es obvio que las características de los individuos, por encumbrados que sean, podrán llegar a explicar la persistencia del conflicto, pero no explican el conflicto en sí. Tampoco se puede reducir esta guerra a una guerra entre Estados. Los Estados nacionales ya no son los únicos actores en este juego; el esquema global de poder que garantizaba la seguridad colectiva mediante un sistema de "compensación de amenazas" entre los países importantes hace agua. Si Bill Clinton se preocupó por demostrar que los Estados Unidos no constituían una amenaza para el mundo y George Bush inició su gestión mediante la política del open for business, el ataque de septiembre obligó a virar rápidamente el eje de la administración y volver a demostrar, en una apelación al realismo más descarnado, quién manda en el mundo. Pero lo que hoy amenaza la seguridad mundial es una red de fuerzas invisibles, irreductibles al mecanismo clásico que tenía a los Estados como unidades. La respuesta focalizada sobre Afganistán responde a un requisito mediático de velocidad, y nada resuelve.

Se podría argumentar que el mundo es testigo de lo que ya Immanuel Kant había anticipado en La paz perpetua: las democracias (podríamos matizar: las democracias liberales) no hacen la guerra entre sí. Tampoco se pelean quienes comercian intensamente. Por lo tanto, la extensión de la democracia y de la interdependencia económica es una garantía de la paz. No sería extraño, entonces, que surja la tentación de mcdonaldizar el desierto para integrar a Afganistán al sistema económico global y neutralizar la tensión propia del desequilibrio cultural. Sería un expediente dudoso: el fenómeno de producción de talibanes (en el cual Norteamérica tiene una buena cuota de responsabilidad) no es un proceso reductible a cuestiones ideológicas, sino la resultante de un orden global que no cierra. Hay demasiados excluidos en el mundo, la economía globalizada es centrífuga; el "Nuevo Orden" tan celebrado no era sino un desorden que llevará un tiempo acomodar.

Sería muy apresurado decir que a partir del 11 de septiembre comenzó una oleada de "desglobalización", como la que inaugurara la Primera Guerra Mundial y que durara hasta el final de la Segunda. Hasta ahora, presenciamos un conflicto entre fuerzas integradoras y fuerzas reactivas que se resisten a la integración. Desde la Guerra Fría, las primeras no han dejado de llevar la delantera. Pero eso no significa que debamos desestimar a los sectores que apuestan en favor del surgimiento de hegemonías diferentes, como ben Laden, o del recorte de las funciones de los Estados para priorizar reclamos universales.

Nuevamente, ésta no es una guerra entre Estados, sino entre dos sistemas: el capitalismo global, que se postulaba como el único viable en el marco del "fin de la Historia" mentado por Fukuyama, y otro completamente diferente, que Occidente no comprende bien. El orden westfaliano murió hace tiempo, pero este Nuevo Orden todavía no se define: puesta en duda ya a partir de la Guerra del Golfo, la definición que el "mundo civilizado" daba de él se probó lastimosamente inadecuada con el fin de la ilusión de inmunidad de los ciudadanos de todo Occidente. No son sólo los norteamericanos los que ya no se sienten seguros; cada nuevo caso de ántrax, cada avión derribado en cualquier parte del mundo, cada atentado suicida son la prolongación del terror diseminado eficazmente por quienes desataron la Jihad, aunque no sean sus ejecutores. Quienquiera que envíe una carta con esporas de ántrax a cualquier parte, y cualesquiera que sean sus objetivos, está colaborando indirectamente con Al-Qaeda y poniendo en cuestión, una vez más, la idea de la seguridad internacional.

Tercer acercamiento: el terror

Es que se ve ahora que el "Nuevo Orden Mundial" que comenzó en los noventa incorpora otros jugadores, con otras ideas sobre el mundo y con el acceso a todas las opciones tecnológicas necesarias para realizar movidas estratégicas. Occidente preferiría olvidar al fundamentalismo musulmán y con él a la amenaza terrorista, pero dos cosas lo impiden. La primera es que el fundamentalismo musulmán puede atacar directamente el corazón del poder financiero mundial y provocar miles de muertes instantáneamente sin que el Imperio sepa exactamente contra quién lanzar un contraataque. La segunda es que el fundamentalismo musulmán no es el único actor que rechaza el discurso único del capitalismo global: los ataques con ántrax, según empieza a verse, pueden ser obra de grupos terroristas norteamericanos, integrados por personas nacidas en los Estados Unidos, criadas por padres estadounidenses y formadas en el sistema educativo de los Estados Unidos.

Los terroristas suicidas impulsados por los preceptos coránicos no sólo ponen en peligro vidas humanas; también hacen tambalear los mismos cimientos de la idea de libertad en que se basa la vida norteamericana. El Congreso aprobó una "ley antiterrorista" que, básicamente, recorta libertades esenciales a la democracia liberal. Esto no hubiera sido posible antes del ataque. Como en Orwell, nadie puede confiar en su vecino: la irracionalidad de la autoinmolación, sumada a las características supersecretas de la trama que llevó al terrible desenlace en septiembre, puso de relieve que la seguridad es ilusoria. El panóptico foucaultiano muestra sus límites: se puede vigilar, pero no se puede castigar (porque el asesino entrega su vida a cambio de las que toma). Y no existen aún los medios para prevenir; no porque el asesino opere furtivamente, sino porque es producido por el mismo sistema, el que concentra el poder en una clase administradora global y deja fuera del juego a millones. Aunque existiera, como en Orwell, una gran oficina desde donde se controlaran todos los hogares del Imperio, la cuestión persistiría. Por eso el retroceso en las garantías de libertad: es un movimiento desesperado en busca de garantías de seguridad que son, vale la pena repetirlo, ilusorias.

Estados Unidos y sus aliados están enfrentando a un enemigo más importante de lo que habían pensado. La ejecución del ex comandante guerrillero Abdul Haq, que había ingresado en territorio afgano de incógnito alentado por los Estados Unidos, demostró que los talibanes pueden infiltrar fácilmente el territorio norteamericano, pero los Estados Unidos tienen dificultades para infiltrar Afganistán. Por otra parte, no era cierto que los talibanes controlaban solamente el 5% de la población afgana; hasta hoy, no ha habido revueltas populares ni otras reacciones contundentes, a pesar de las semanas de bombardeos ininterrumpidos, incluyendo objetivos como un local de la Cruz Roja y un depósito de alimentos atacados "por error".

Tampoco es fácil satisfacer a la opinión pública norteamericana, que ha visto por televisión, interminablemente, las escenas de lo sucedido el 11 de septiembre, las más terribles que haya vivido su país en por lo menos un siglo. Ya que el ataque a Pearl Harbor había sido una operación militar de características bien definidas, y el último ataque fue en cambio un atentado contra una población civil concentrada en torno del poder financiero mundial.

El enemigo es invisible, pero lo más revelador es que también puede ser interno. Esta guerra, la primera del siglo XXI (ya que la Tormenta del Desierto tuvo lugar en los últimos estertores del XX), dará tal vez una medida del cambio que se viene. Por un lado, el Imperio y sus aliados, que recurren a una combinación novedosa de técnicas de la vieja escuela (como la concertación de Estados nacionales contra un enemigo común) y de nuevo cuño (el uso de la información como instrumento principal de la guerra); por el otro, el enemigo premoderno (apoyado directa o indirectamente por sectores díscolos de Occidente), el asesino emboscado, el que no tiene nada que perder, el que señala la dimensión del hueco que deberá llenarse en la transición entre un orden mundial y otro.

Habrá que esperar a que se disipe el humo.

Sebastián N. Lalaurette