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Año: 2003
Director: Tim Burton Protagonistas: Ewan McGregor, Jessica Lange En una línea: Una joyita de Burton, que se reencuentra consigo mismo. |
Siempre es bueno ver cómo un cineasta de la talla de Tim Burton reencuentra el camino perdido. Después de esa malograda versión de El Planeta de los Simios, que no pudieron salvar ni el vestuario ni los efectos especiales ni la soberbia interpretación de Tim Roth, pareció que Burton, el maestro de la fantasía, había sucumbido a su propia importancia: con presupuestos millonarios a mano y garantía de éxito comercial, tal vez el hombre se había entregado por completo a la producción de vacuas alegorías sustentadas en la magnificencia visual. Era algo triste de ver.
Y era un error, como lo demuestra este Big fish, la historia de la relación entre un padre con alma de Peer Gynt y su hijo, un treintañero recién casado con los pies bien plantados en la tierra.
Burton elige el punto de vista correcto para narrar la historia: el de la duda. ¿Es un alegre farsante o un alegre aventurero el hombre que ahora, en sus últimos días de vida, persiste en la veracidad de las historias que contó durante décadas? ¿Cuál será el rostro de la muerte, el que augura la medicina o el que reflejó el ojo de una joven y vieja bruja? Nada se resuelve hasta el final. Y está bien.
Otra cosa: Big fish es un arma de destrucción masiva de lagrimales. Eso tampoco es malo. La emoción más simple, la que en otras producciones sería insanablemente cursi, aquí está redimida por la inocencia del relato. Lloren tranquilos, todo está permitido durante el par de horas que uno pasa en ese universo.
Sebastián Lalaurette